¡Ay, Papa Francisco!

LEONEL ABAROA BOLOÑA*

 

A finales de Febrero del pasado año, Benedicto XVI renunció al papado de la Iglesia Católica Romana. Menos de dos semanas después, una asamblea electiva designó al argentino Jorge Mario Bergoglio, entonces Arzobispo Cardenal de Buenos Aires, como el nuevo sumo pontífice. Desde entonces, Francisco I ha dado de qué hablar, casi cada semana.

 

Recuérdese su negativa a mudarse a los aposentos papales; su forma de vida humilde y contrastante con la de sus predecesores; sus constantes alusiones a la pobreza que afecta a tantos seres humanos; su compasión hacia personas con discapacidades físicas o mentales; su actitud hacia personas de otros credos religiosos y, quizás lo que más ruido ha causado desde entonces, sus memorables palabras sobre personas de orientación homosexual, “¿Quién soy yo para juzgar?”.

 

Por otra parte, Francisco no ha cuestionado, menos aún rechazado, parte alguna de la doctrina de la Iglesia Católica Romana. En particular, el papa Francisco ha reiterado su oposición a la contracepción del embarazo, al aborto, al matrimonio de parejas del mismo sexo, o su adopción de menores. Más aún, Francisco ha reafirmado las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana en cuanto a la obligatoriedad del celibato para el clero de la iglesia y la exclusión de mujeres del ministerio ordenado.

 

Aún en tan poco tiempo desde su elección, Francisco se las ha arreglado para incitar críticas en la misma iglesia Católica Romana y, de forma más visible aún, por ejemplo, entre algunos obispos y fieles en los Estados Unidos de América. Y esta oposición, probablemente, tenga muy poco que ver con las palabras y acciones del Papa Francisco, como tal, y sí mucho que ver con el efecto que tienen en el discurso más conservador de algunos sectores de la iglesia norteamericana y, en consecuencia, el efecto que tienen en la vida política de los Estados Unidos.

 

¿Qué sucede? Que los temas del aborto, la contracepción y el matrimonio de personas del mismo sexo se han convertido en puntos candentes de la política interna norteamericana, y temas obligados para quienes aspiran a ser electos a éste o aquel cargo político. La iglesia Católica Romana en los Estados Unidos reúne al 25% de la población de aquel país, y todo lo que diga y haga Roma tiene ecos casi inmediatos en el debate político norteamericano.

 

Para quienes han basado su afiliación o aún liderazgo político, en una supuesta obediencia a la enseñanza moral de la Iglesia Católica Romana, lo que Francisco dice y hace no puede ser menos que preocupante.

 

El reciente Sínodo Extraordinario de Obispos sobre la Familia produjo documentos que, si bien reafirman la doctrina social de la iglesia, también se hacen eco de las ideas del papa Francisco sobre, por ejemplo, la dignidad de las personas de orientación homosexual y el lugar que pueden ocupar dentro de la familia de la Iglesia.

 

Para quienes temas como este se han convertido en punta de lanza de campañas políticas, esto es más que suficiente para insinuar, y aún afirmar, que el Papa Francisco no es, realmente, tan católico como se podría pensar. Y discúlpeme el lector este salto lógico, pero de la misma forma, durante la campaña presidencial del 2008, hubo muchos que sugirieron que Barack Obama no era, realmente, tan “americano” como podría parecer –y ahí siguió la comedia alrededor de su certificado de nacimiento.

 

El Papa Francisco I es bien católico, y bien romano. Pero Francisco no es conveniente para el discurso y los intereses de, por ejemplo, los sectores más conservadores en la Iglesia Católica Romana de los Estados Unidos. Y eso tiene consecuencias.

 

*Cubano, doctor en Teología –, University of St. Michael’s College /Universidad de Toronto. labaroa@yahoo.com