Canadienses de Primera, de Segunda y Tercera

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PASTOR VALLE-GARAY*

 

Hará un poco más de cincuenta años llegué este país. Desembarqué del vuelo en el aeropuerto Malton en Toronto, un edificio horroroso y frío con aspecto de corral de vacas. No existía Pearson International todavía. Era de noche. Hacía un frío infernal. Venía solo, a pasar la Navidad con mi esposa canadiense que llegó antes en otro vuelo con nuestra hija Jacqueline.
El agente de aduanas fue muy cordial, ameno y aburrido. Vio que no traía pasaporte nicaragüense pero sí le mostré mi tarjeta verde de los Estados Unidos. Eso era más que suficiente. Me hizo preguntas sobre mi educación universitaria en San Francisco, California, de donde provenía. Se sintió satisfecho con mis credenciales académicas de los Estados Unidos.
Me preguntó si me gustaba Canadá. Le respondí que no sabía, que acababa de llegar por vez primera y que lo único que sentía era mucho frío. Me preguntó si me gustaría vivir acá. Le respondí con un indiferente “¿Por qué no” a modo de broma. Volvió a sonreír. Sacó una tarjeta plomiza de su escritorio. Escribió algo, la estampó y me dijo “¡Bienvenido a Canadá!” Era mi tarjeta de residencia. Nada menos. Aún la guardo. ¡Genial! Para mis adentros pensé ¡Joder! Este país acoge a cualquiera sin más ni más.” Y me fui.

 
Cinco años más tarde postulé por la ciudadanía canadiense. Inmediatamente, y después de muchos años sin tener pasaporte nicaragüense que se me había negado por razones políticas, obtuve mi pasaporte canadiense. Ahora sí podría votar y viajar adonde me diese la real gana.
Así fue.

 
Lo más importante, sin embargo, sería que podría votar, un derecho extraordinario en una sociedad demócrata y acogedora en donde, aparte de su recatada y de una súper privada población anglosajona, el ciudadano común apreciaba que el derecho al voto era algo sacrosanto, aún cuando lo ejerciera a la muerte de un obispo.
Me sentí orgulloso de ser canadiense. Voté en cada elección posible y establecí buena amistad con líderes políticos como Ed Broabent (NDP), con el ex Premier de Ontario Bob Rae cuando era del NDP, con Margaret Trudeau durante tres días para la filmación de un documental sobre Cuba y una entrevista con Fidel, a la cual no se apareció. Pero nos divertimos. ¡Varadero siempre ha sido espectacular!
Cual no es mi susto ahora al descubrir que en Canadá hay dos grupos que no pueden votar. Uno de ellos son los muertos, que en paz descansen. El otro los canadienses que por un motivo u otro están fuera del país durante las elecciones. Supongo que Stephen Harper, el retrógrado dinosaurio que dirige nuestros destinos lo quiere así.

 
En 2011, solamente el 62.1% votó en las elecciones canadienses. Al resto no le importó un comino. Quizás por ello el Primer Ministro Harper no considere esencial el voto de los canadienses que viven y trabajan en el exterior y que no pueden venir aquí a votar.
Más interesante aún es que en 2010 se calculó que más de 2.8 millones de canadienses vivían fuera de Canadá. La cifra incrementaría si se tomase en cuenta a las familias de estos expatriados. En su mayoría ese segmento de la población también paga impuestos en Canadá.
Como ciudadanos de este país es inconcebible que no tengan derecho a votar aunque vivan en el extranjero. Aparte de ello es inmoral y seguramente inconstitucional que en una democracia en la cual, a pesar de pagar impuestos, se les niegue el derecho a votar.
Esto es de trogloditas. El gobierno conservador ha decidido sin más ni más en la creación de ciudadanos de segunda y tercera clase y no de una nación que el mes pasado fue denominada la nación más deseable para vivir en el mundo. Aquí hasta los prisioneros pueden votar. Sin embargo a el o la Oficial en Jefe Electoral de Canadá y el o la Asistente en Jefe Electoral de Canadá y a los expatriados en general no se les permite votar en las elecciones federales.
¡Ridículo, Sr. Harper!

 
* Analista político, nicaragüense, radicado en Toronto. Senior Scholar, Universidad de York.