BESOS… ¡Y reconocimiento!!

REFLEXIONES DE CONTRATAPA

DÍA DE LA MADRE: ALGO MÁS QUE FLORES

Quedó atrás otro Día de la Madre. Quedaron atrás los regalos, las flores, los besos, los almuerzos en familia o las cenas fuera, las tarjetas agradeciendo amor o renovando vínculos de afecto y dado que nos hemos propuesto que Correo sea un vehículo real de comunicación entre ustedes y nosotros, nos dijimos ¿por qué no? ¿Por qué no dedicar un espacio en mayo para hablar de un tema que todos conocemos pero del que se evita hablar y que, además, afecta especialmente a nuestra comunidad? ¿Por qué no hablar de lo que sucede con las madres que cuidan a otras madres… o a sus padres… o a ambos?

EQUIPO EDITORIAL

Puede ocurrir a cualquier edad pero por lo general sucede cuando las mujeres estamos llegando o hemos pasado hace muy poco los cuarenta. Y aunque se trata de situaciones que han existido siempre, hay algunas características de las sociedades modernas que maximizan el impacto y pueden transformarlo en algo que marca un antes y un después en nuestras vidas.

Un día sucedió algo que sabíamos que sucedería alguna vez pero hasta ahora hemos tratado de vivir como si pudiéramos evitarlo. Mamá comenzó a tener olvidos y nos han advertido que se trata de un Alzheimer ya bastante avanzado. Y hace unos días se perdió. Fue la primera vez, pero ahora sabemos que no podrá volver a salir sola. Nunca más.

Papá se cayó. No se ha caracterizado por ser muy hábil con sus cosas y desde que mamá murió tenemos que ir una vez por semana a ordenar un poco su casa y hacerle las compras, pero a su edad los huesos ya no sueldan bien y tendremos que llevarlo a casa porque no podemos pagarle a alguien que vaya todos los días y lo asee o lo bañe. Por ahora, vamos a buscarle acomodo en el cuarto de los chicos.

Puede ser el Alzheimer, ese resbalón que ha terminado en una fractura de cadera, una diabetes mal atendida que provocó la amputación de un pie, los efectos de décadas de tabaquismo o de mamá o papá comiendo con demasiada sal… pueden ser muchas cosas. Pero hay algo que caracteriza a la casi totalidad de esas situaciones y lo marcan con claridad las estadísticas. El peso de todo lo que vendrá, caerá casi inevitablemente en una mujer. Una hija, una hermana menor,  o la esposa de un hijo. Alguien que verá su carrera profesional obstaculizada, alguien que deberá trabajar menos horas, arriesgándose a perder un buen trabajo, o verá limitadas sus posibilidades de encontrarlo, si lo busca. Alguien que, muy probablemente, está a su vez cuidando uno o dos hijos a los que ya no podrá dedicarles todo el tiempo que necesitan. Alguien que, cuando llegue a la edad de retiro, verá que su pensión es menor a lo esperado, porque las tareas de cuidados no se contabilizan como parte de la trayectoria laboral. Son amor y por lo tanto, no cuentan.

El envejecimiento poblacional de los países desarrollados como Canadá, trae consigo una serie de efectos no deseados, que se pueden solucionar cuando existe una mayor conciencia sobre el costo personal y social que acarrean. Uno de esos efectos y uno de los más perversos es el que tratábamos de graficar en los párrafos anteriores.

De acuerdo a estadísticas publicadas esta semana por The Globe and Mail las mujeres se hacen cargo de una persona de edad de su familia en una proporción más de 3 veces mayor a la de los hombres. El 43% de ellas debe abandonar su trabajo. El 15% ha debido recortar su horario y el 10% tuvo que renunciar a una promoción significativa para su futuro profesional. Y la casi totalidad es madre y padece de lo que hoy se llama Caregiver Stress En nuestra comunidad, que tiene una de los porcentajes más altos de mujeres cabeza de hogar y de empobrecimiento femenino, el problema de las mamás que se ven atrapadas en esas situaciones tiene un impacto mayor, que repercute luego en el bienestar y el desarrollo de los restantes miembros de la familia. A ese tema le dedicaremos la atención que merece en próximas notas.