Arde el pulmón del planeta y una mariposa aletea cerca nuestro

INCENDIOS EN LA AMAZONÍA - FOTO: EXTINTION/REBELLION ESPAÑA

EDITORIAL DE LA EDICIÓN DEL 29 DE AGOSTO DE 2019

Los devastadores incendios en la selva amazónica que estos días han sido portada y titulares de los medios de prensa en todo el mundo vienen a sumarse a la lista interminable de hechos que nos abruman a diario.

Esos hechos pueden ir desde los desvaríos de un personaje al que en determinado momento se le ocurre comprar Groenlandia y dos horas después intensifica una guerra comercial suicida y dañina para todo el mundo, hasta tragedias tremendas como la de El Paso. Esos hechos pueden ir desde la situación de las personas sin hogar en Canadá que ven cómo se les colocan barreras para que no puedan descansar en ningún lado hasta el desastre de proporciones planetarias que está teniendo lugar en la Amazonía en estos días.

Entre 2004 y 2014 Brasil había tomado medidas en contra de la deforestación indiscriminada e ilegal llevada adelante por empresas que destruyen centenares de kilómetros cuadrados de selva cada año para dedicarla a cultivos de soja o el pastoreo. Esas actividades, que se concretan mediante el asesinato y el despojo de los habitantes legítimos de dichas tierras y a costa de la destrucción de lo que se ha llamado con razón “el pulmón del planeta”, nos afecta a cada uno de nostros sin que importen las fronteras.

Las notas de páginas centrales de esta edición de Correo son apenas algo de todo lo que se podría decir al respecto.
Pero lo que nos importa destacar en este editorial es que, en un mundo crecientemente interrelacionado, las decisiones absurdas y faltas de todo respeto con el medioambiente que se perpetran en cualquier lugar del mundo, nos dañan a todos. Y que ese daño no es algo que nos ocurrirá en un futuro indeterminado sino que está ocurriendo ya mismo y se agravará si no tomamos conciencia de ello.

Durante la olvidable administración Temer se comenzaron a desmontar las regulaciones que buscaban proteger a la Amazonía, pero a partir de la llegada de Jair Bolsonaro al poder en enero de este año, la permisividad y complicidad del gobierno con quienes queman, destruyen y matan está alcanzando grados inconcebibles. Así lo han entendido Alemania y Noruega, que han suspendido la entrega de los fondos con los que contribuyen anualmente a la conservación de la Amazonía. Y así lo entiende Francia que acaba de comunicarle al resto de la Unión Europea que no aprobará el preacuerdo comercial con el Mercosur debido a que el presidente brasileño le ha mentido reiteradamente a la comunidad internacional.

Las sanciones de ese tipo, a primera vista, son compartibles. Pero suele suceder que sus efectos terminan recayendo en las poblaciones más empobrecidas y vulnerables de los países afectados y no en los responsables de los incumplimientos que se intenta castigar. Sin contar que muchas veces los responsables son precisamente empresas cuyas casas matrices están ubicadas en los países centrales.

La situación paradójica es que termina siendo un personaje como Jair Bolsonaro el que acusa a quienes ahora le niegan ayuda de tener actitudes injerencistas y colonialistas. Por supuesto las tienen. Pero no parece ser él el mejor posicionado para indignarse por algo que en los hechos avala y prohija.

Lo deseable, probablemente, sería que las áreas de especial significación para la humanidad, como la Amazonía o el Ártico (por poner sólo dos ejemplos paradigmáticos), sin dejar de estar bajo la soberanía de los países que hoy la detentan, tengan además colaboración, estructuras de gestión y sobre todo controles a cargo de un organismo de gobernanza mundial como la ONU.

Del mismo modo en que no parece razonable que Brasil pueda decidir por si y ante sí transformar el pulmón del planeta en una pradera humeante en donde pasten cebúes para poder vender carne a menor precio que Australia o Argentina, tampoco parece razonable que en el uso que se le da al Ártico sólo tengan injerencia los países que lo rodean.

Solucionar esos temas no será sencillo. Y quizás llegar a acuerdos de soberanía y gobernanza compartida lleve más tiempo del que tenemos disponible. Pero son temas que nos afectan a todos y que serán determinantes para quienes vienen detrás nuestro.

Mientras tanto, es necesario que no olvidemos que, como indica un viejo proverbio, cuando aletea una mariposa cerca nuestro, podría estar desencadenándose un tsunami del otro lado del mundo que luego, inevitablemente, nos afectará de modo imprevisible.. Nuestro planeta no será igual después de este desastre… que no será el último.


Repercusiones de nuestro número anterior y un compromiso

Cuando al momento de editar los contenidos del número anterior de Correo decidimos dedicarle al menos la mitad de la publicación a los terribles sucesos de El Paso, lo hicimos con el convencimiento de que no se trataba simplemente de otro asesinato en masa en un país en que eso ya se ha transformado en parte de su paisaje social.

Se trataba de una matanza perpetrada en el lugar preciso en el que se tocan dos universos: el universo latino/hispanoamericano y el universo de la América anglosajona. Y la historia nos muestra que las fronteras, especialmente cuando son artificiales -y esa lo es en grado sumo-, son zonas sensibles. Pueden ser zonas de contacto, integración y solapamiento, pero también se transforman con increíble facilidad en zonas de fricción, amargura y conflicto. Del mismo modo en que no se colocan muros en las fronteras sin que sufran los habitantes de uno y otro lado, tampoco se asesina gente en una frontera sin que las consecuencias sean, en el mediano plazo, impredecibles. Y dada la situación de extrema violencia, xenofobia, amor por las armas, y supremacismo desbocado que la actual administración ha prohijado con especial ahinco, podemos perfectamente temer que esos hechos se repitan. En ese tipo de contextos (como nos recordaba una de las notas del número anterior) sobran los varones inseguros pero ansiosos de servir a su patria asesinando personas indefensas.

De todas formas, tomada esa decisión, restaba esperar cual sería la repercusión que tendría en nuestros lectores el encontrarse con una edición en la que la mitad de sus páginas estuvieron dedicadas a un sólo tema… y ustedes, como esperábamos, lo entendieron. Y sólo cabe decir que no sólo nos enorgullecen los comentarios recibidos sino que son una orientación acerca de cómo tratar este tipo de temas en esta nueva etapa de Correo. A fondo, multiplicando las perspectivas y sin ahorrar palabras.
Ese es el compromiso que mencionamos en el título con respecto a nuestra línea editorial en general. Pero ese también es el compromiso en relación a todo lo que sucede en esa frontera que amenaza seguir siendo un lugar en el que los peores aspectos de las políticas de exclusión y falta de respeto a los más elementales Derechos Humanos, confluyen.

Mientra escribimos éstas líneas, el gobierno de
los EEUU ha anunciado nuevas medidas para
permitir la detención de las familias y niños indocumentados durante más tiempo del permitido por las normas constitucionales. De acuerdo a lo anunciado, se pone fin al llamado Acuerdo de Flores que desde 1997 establecía medidas de protección elementales (básicamente salud y períodos de detención con límites máximos) para los niños migrantes no acompañados o para aquellos que son separados de sus madres y padres al llegar a la frontera.

Esto significa, para las familias que piden refugio en los pasos fronterizos entre EEUU y México, mayores injusticias, desgajamiento familiar, y períodos de detención, a la espera que se abran sus casos, sin límite alguno.

Las autoridades no fundamentan las nuevas medidas en razones del buen funcionamiento del sistema inmigratorio, sino en el hecho de que los castigos de esas personas y en particular de esos niños oficiará de elemento disuasor para otras personas que aún tengan intención de solicitar refugio. Pero eso, influir en la conducta de unas personas a través del sufrimiento que se le causa a otras, como han advertido una y otra vez representantes del Partido Demócrata estadounidense y del gobierno mexicano, coincide peligrosamente con las definiciones clásicas de terrorismo.