Boris Johnson: Encender la mecha, cerrar los ojos, y cruzar los dedos.

Sería imposible entender el Brexit sin observarlo como una resaca imperial en los dos sentidos etimológicos del término: los desperdicios de todo tipo que quedan en la costa cuando se retira la marea, o los malestares que sufre por la mañana quien ha cometido demasiados excesos la noche anterior.

El Imperio Británico, aunque de él a mediados del siglo XX ya quedaran sólo malos recuerdos, parece generar aún un fervor considerable entre algunos habitantes de las islas. Y ese fervor por las glorias idas y la sensación de que todo lo perdido sigue allí, al alcance de la mano, que para un mortal de otras latitudes pueden resultar naif, para una buena parte de la ciudadanía inglesa parecen ser parte constitutiva de su identidad.

Una vez que eso se comprende y se lo coloca en el casillero de los nacionalismos xenófobos, se puede comprender también que más de la mitad de los votantes británicos hayan pensado que era verdad lo que se les decía hace dos años: que si se retiraban de la Unión Europea gozarían de las mismas ventajas que si permanecían, pero además no perderían nada ya que el resto de los europeos son una carga para ellos.

El mensaje de quienes como el partido ultraderechista UKIP y la parte más conservadora del Partido Conservador acaudillada por el hoy Primer Ministro Boris Johnson promovían el Brexit, no fue más complejo ni elaborado que eso: “Nosotros somos mejores. Los males que podemos estar sufriendo se van a solucionar cuando nos separemos de los que no son como nosotros y cuando no permitamos que sigan entrando a nuestro país hordas oscuras y harapientas que vienen de otro lado.


En aquel momento sirvieron de poco las advertencias. Mucha de aquella gente fue impermeable a quienes demostraban que los argumentos y las cifras presentadas por los Brexiters eran totalmente falsas y que además era falso que el proceso de dejar la unión sería sencillo y rápido. Lejos de preocuparse por la posibilidad de estar siendo engañados, más de la mitad de los votantes británicos, manipulados por campañas apoyadas en las redes sociales y lo que hoy conocemos como propaganda basada en Big Data, escucharon sólo lo que deseaban escuchar, y creyeron todo aquello que les reforzaba sus propias creencias. Y lo siguen haciendo.

Pero además (y esto debería servirnos de advertencia también aquí, en Canadá) una buena parte de los votantes jóvenes, precisamente aquellos que debían ser los más interesados en la permanencia en la Unión ya que son quienes más la necesitan y se benefician de ella, pensaron ese día que ir a votar era una molestia innecesaria y se quedaron en casa.

El resultado lo conocemos todos… La sorpresa cuando se conocieron los resultados, y el llanto de quienes habían comenzado a verse a sí mismos como europeos. La renuncia de Cameron, el ascenso de Theresa May, el apoyo de Trump, las bravuconadas de Farage, las interminables rondas de negociaciones con una Unión Europea que a veces ha visto casi con alivio poder desembarazarse de un socio tan necio, tan cínicamente voraz y tan incapaz de resolver qué diablos quiere, la sensación cada vez más extendida de que nada de lo que sucede tiene sentido, las empresas que se llevan sus casas matrices hacia el continente, la amenaza de que Escocia, que nunca fue demasiado feliz siendo británica finalmente hará ahora lo que hubiera querido hacer hace siglos, la sospecha de que Irlanda del Norte, para sobrevivir al Brexit, se unificará con su hermana mayor del sur, el peligro de que España devuelva a los jubilados ingleses que se han ido a tomar sol a Andalucía y encima les reclame Gibraltar. Eso y alzas de precios, reducción de las exportaciones o colapso del mercado de trabajo, son algunas de las posibles realidades a las que algunos ingleses empiezan a mirar a los ojos, mientras otros se empecinan en seguir mirándose en el espejo astillado y polvoriento de las viejas reliquias imperiales y en seguir creyendo que son excepcionales.

Finalmente, cuando todos los plazos y las prórrogas se habían terminado y Theresa May se resignó a aceptar que nada de lo hecho en dos años tenía ningún valor para alcanzar un acuerdo, y mientras Jeremy Corbin y los laboristas todavía estaban haciendo lo imposible por encontrar una idea, llegó a terminar de desfacer aquel entuerto un hombre providencial. Un fanático extravagante e irascible dispuesto a que Inglaterra deje la Unión Europea sin que se haya alcanzado ningún acuerdo, es decir alguien dispuesto a encender la mecha, cerrar los ojos, y cruzar los dedos. Boris Johnson.

Afortunadamente no todas las historias con xenófobos rubios y recalcitrantes terminan mal y en estos días, algo de sensatez y esperanza parece haber llegado a Westminster aunque sería imposible predecir cuánto les dura. Después de un movimiento audaz, legal pero peligrosamente parecido a un golpe de estado institucional, como fue el anuncio de que se cerraría el Parlamento por tres semanas para que nadie entorpeciera su determinación de concretar el Brexit sin acuerdo (algo que decididamente lo erotiza al punto de haber prometido morir en una cuneta antes de aceptar que el plazo del 31 de octubre se prorrogue), Johnson recibió SEIS derrotas parlamentarias en el lapso de SEIS días, perdió la exigua mayoría de un voto que conservaba, expulsó a 21 parlamentarios de su propio partido (entre ellos al nieto de Churchill) por no acompañarlo en sus dislates, vio como su propio hermano Jo Jonhson, Ministro de Negocios, renunciaba al cargo y cómo hacían lo propio la Ministra de Trabajo y el Speaker John Bercow, hartos ambos de sus políticas a las que definieron como vandálicas… Y ni siquiera pagando esos costos y amenazando con no respetar la resolución del Parlamento que lo obliga a pedir una nueva prórroga a la Unión Europea, ha conseguido la mayoría necesaria para concretar un llamado a elecciones que quizás le hubiera permitido hacer realidad sus sueños de hacer volar todo por los aires.

Lo ha seguido intentando. Y dado que no podrá conseguir las mayorías que necesita porque la oposición lo considera un mentiroso serial, parece estar dispuesto a que su propio partido vote una moción de censura en su contra. Eso, hacerse censurar a sí mismo e incluso firmar él mismo su propia censura (una idea de Dominic Cummings, una especie de Rasputín del siglo XXI que lo mal aconseja) le permitiría convocar a elecciones. Y lo realmente gracioso de todo este drama surrealista ¡¡es que tiene posibilidades ciertas de resultar triunfante, revalidar su mandato y salirse con la suya!!

Sería terrible para los británicos, por supuesto, pero cabe preguntarse si siendo eso lo que buscan no sería eso lo que deberían obtener.

Mientras tanto la situación se complejiza día a día. En primer lugar, nadie puede estar seguro de que Boris Johnson aceptará cumplir con lo que debería hacer la próxima semana de a cuerdo a lo resuelto en el Parlamanto: enviar una carta a Bruselas pidiendo una prórroga del plazo. En segundo lugar, podría, según ha sugerido su peligroso gurú , enviar dos cartas. Una pidiendo la prórroga y otra aclarando que su gobierno no la desea. Y en tercer lugar, la Unión Europea, que no confía ni en Boris Johnson ni en que la oposición británica tenga algo muy diferente para ofrecer si la prórroga se concede, comienza a dar señales de no querer hacerlo.

Shame on you!, gritaban a coro los parlamentarios, en medio de escenas caóticas con empujones e insultos en el momento del cierre de Westminster el día lunes pasada la medianoche mientras mostraban pequeños carteles escritos a mano con la palabra Silenced, e incluso un grupo de MPs trató de revivir ¡una escena de 1629! cuando el Speaker fue sujetado a su silla para evitar el cierre de las sesiones. Pero nada de eso, que se puede ver en YouTube y resulta sumamente aleccionador a la hora de comprender qué no debería ser un Parlamento, parece ser suficiente como para impresionar a un personaje como Johnson.

El Brexit ha resultado ser un escándalo en si mismo y un desafío para la política inglesa que sus protagonistas no están demostrando ser capaces de enfrentar con seriedad.

Como decía el columnista de The Guardian John Crace pocas horas antes del cierre del Parlamento:

“It was just another humiliation in a day of humiliations for Boris Johnson. Just a few weeks ago, he’d been mistaken for a statesman of substance in his meetings with Emmanuel Macron and Angela Merkel. In his press conference with Irish Taoiseach, Leo Varadkar, he had been exposed as a weak, incompetent, deceitful fraud. A prime minister so desperate for power he is not even trusted by his family or friends. A man of such needy narcissism that he can only say what he thinks his audience wants to hear and is crushed under his own contradictions.

His defeat in the Grieve humble address was his fifth. One more was to come before the night was out. History in the making. Johnson had gambled and failed abjectly. He had imagined prorogation and a general election as a brilliant play. His finest hour. Instead he was only further diminished. Hubris, thy name is Boris.”

Lois es una conocida reportera que fue capaz de desempeñar tareas típicamente masculinas en una época en la que las mujeres aún estaban limitadas a la esfera doméstica y totalmente apartadas de la esfera pública. Y si bien se trata obviamente de un pseudónimo utilizado por alguien que no desea ser reconocido/a, en Correo estamos orgullosos de sus colaboraciones.