TIAR, urgencias neo-con y pujos guerreristas: un modelo para des-armar

Esta nota podría comenzar con estupor, indignación y con una pregunta ¿los 16 países que para resolver el conflicto institucional en Venezuela activaron en estos días el mecanismo del TIAR (por primera vez en 72 años) de verdad están dispuestos a provocar una guerra en América Latina? Los presidentes que se han atrevido a tanto ¿serán concientes del daño que le están haciendo a toda nuestra región?

Pero como la indignación y el estupor merecen ser explicados si uno desea encontrarle respuesta a esas preguntas, veamos primero qué es ese TIAR del que en estos días tanto se ha hablado.

El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca es un pacto de defensa mutua firmado en 1947, tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Fue en su momento una clara señal de que Estados Unidos asumía el poder hemisférico y significó el antecedente inmediato de la Organización de Estados Americanos, fomalizada sólo 6 meses más tarde.

Según su artículo 3.1 (…) un ataque armado por cualquier Estado contra un País Americano, será considerado como un ataque contra todos los Países Americanos, y en consecuencia, cada una de las Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva (…)

Se trata de un pacto del que no todos los países integrantes de la OEA son firmantes y en distintos momentos se han retirado de él algunos de sus miembros: Ecuador, México, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Perú (que se reintegró posteriormente) y en estos días anunció su retiro Uruguay por razones que veremos luego.

Una de las principales características del tratado es que aunque fue invocado 20 veces durante los años 1950 y 1960 y durante la Guerra de las Islas Malvinas, en 1982, nunca fue puesto en acción. Es decir que en los 72 años de existencia del TIAR nunca se consideró que un país miembro hubiera sufrido un ataque armado. Lo que, obviamente, no significa que no los haya habido, sino que en la mayoría de los casos (podemos recordar, por ejemplo, la invasión a República Dominicana en 1965) el agresor era, precisamente, el principal socio del acuerdo.

Lo que hace particularmente difícil de entender la situación que se ha planteado en este momento en relación con Venezuela es, en primer lugar, que el país se separó delTIAR en 2014 y sus autoridades en ejercicio no sólo no han solicitado sus reincorporación sino que la rechazan de plano. Quienes sí han promovido que Venezuela se reintegre al tratado son algunos líderes opositores encabezados por el Presidente de la Asamblea Legislativa Juan Guaidó, pero aunque éste haya sido reconocido como autoridad legítima por una cincuentena de países, el resto de los 150 integrantes de las Naciones Unidas le han negado ese reconocimiento y, como es público y notorio, no ejerce poder efectivo alguno.

En segundo lugar, lo que ensombrece aún más la situación que se vive en este momento, es que los países firmantes del TIAR que han aprobado la activación del mecanismo para el caso de Venezuela (16 en 22) aducen que este país representa una “amenaza potencial para la región”, cuando lo que debe existir según el propio Tratado es un “ataque armado” en contra de un país determinado.

Para colmo, todo sucede en un momento en que una parte importante de la oposición y el gobierno, bajo el auspicio de Noruega y otros países de la Unión Europea, intentaban alcanzar acuerdos básicos que permitieran una salida negociada al conflicto y es por ese cúmulo de irregularidades que el procedimiento ha sido denunciado por otros países de la OEA no firmantes del acuerdo, como México y Bolivia, así como por países que lo integran, como Perú y Uruguay, que acaba de abandonar el Tratado en desacuerdo tanto con lo resuelto como con las razones esgrimidas.

La urgencia y sus pujos

Aquí cabe hacer un alto y aclarar que la mayoría de quienes se han expresado en contra de la aplicación del TIAR a Venezuela, no lo hacen reivindicando el régimen de Nicolás Maduro sino que cuestionan tanto la legalidad de lo resuelto como su pertinencia, ya que la posibilidad de desatar una guerra en la región tendría resultados sociales, económicos y medioambientales devastadores para todas las partes implicadas e incluso para aquellos países que no tuvieran intervención directa en el conflicto. Se trataría de replicar en la región la situación que se vive desde hace décadas en Medio Oriente, con idénticos resultados. Miseria, dolor, catástrofe ecológica, rapiña y dilapidación de los recursos naturales, y flujos migratorios incontrolables.

Entonces, cabe preguntarse ¿por qué? y ¿por qué de esta manera? Y aunque sería muy difícil responder, podemos tener en cuenta que uno de los dos gobiernos que impulsaron esa aplicación urgente y desasosegada del mecanismo del TIAR es un gobierno “en fuga” (el de Mauricio Macri en Argentina, que se va con un 70% de desaprobación del electorado) y otro es un gobierno crecientemente aislado, como el de Jair Bolsonaro en Brasil . Y que ambos han desarrollado relaciones cuasi-carnales con un Donald Trump al que se le está iniciando un proceso de impeachement que aunque seguramente no tendrá efectos inmediatos, sí lo debilitará enormemente.

Este desordenado afán por hacer historia de la peor manera, podría explicarse por los escasos éxitos de una agenda neo-conservadora para América Latina que no ha conseguido afianzarse debidamente y que ve cómo sus principales liderazgos pierden terreno de modo acelerado. Ejemplo de ello es el Grupo de Lima, que lamentablemente Canadá integra, que se deshilacha y pierde jerarquía en la medida que su mayor apuesta (un Guaidó autoproclamado) no parece contar con los apoyos que 6 meses atrás se le adjudicaron tan livianamente.

Esa situación, sumada a que el seguramente próximo presidente argentino, que asumiría su cargo en menos de tres meses, ha dejado en claro que su gobierno sólo apoyará soluciones pacíficas y negociadas al conflicto venezolano, y que haya tenido ya conversaciones en ese sentido con Perú, España, Uruguay, Bolivia y México, nos podría explicar la urgencia y la desprolijidad con la que se han manifestado estos pujos guerreristas.

Con independencia, ya se ha dicho, del juicio que nos merezca el gobierno de Nicolás Maduro (y en el caso de quien escribe ese juicio es negativo), estamos frente a dos proyectos, dos modelos de relacionamiento interamericano diferentes. Y uno de ellos amenaza con una guerra inútil e inconducente a pueblos que no la merecen. Es un modelo que tendríamos que ser capaces de des-armar, entre todos, cuanto antes.