Lo previsible, lo anhelado y la incertidumbre

Finalizadas las primeras vueltas de la elecciones generales en Bolivia, Argentina y Uruguay, se completa un mes en el que, en el tablero político, social y geo-político de América del Sur, se han registrado movimientos importantes que habrán de tener influencia en todo lo que sucederá en la región en los próximos años.

Los resultados y sus posibles repercusiones parecen confirmar -aunque con matices- que pese a los errores y las carencias de los gobiernos que protagonizaron hasta hace algunos años la llamada “década progresista”, la restauración de las políticas conservadoras en lo social y en lo económico que parecían estar instalándose con fuerza en la región, se tambalea fruto de su propia ineficacia.

Bolivia y la cuestionada permanencia de un presidente indígena

Pese a las dudas generadas a partir de una interrupción en el recuento de votos y a las consiguientes denuncias de fraude de la oposición, el recuento final parece determinar el triunfo en primera vuelta de Evo Morales.

El primer presidente indígena del continente obtuvo casi el 47% de los votos y un margen levemente superior a los 10 puntos respecto a su principal opositor. La interrupción del conteo, que el organismo electoral justifica en la demora con la que llegan los datos de los circuitos rurales y de montaña ha provocado protestas de la oposición, y preocupó a la OEA y a un grupo de países que podríamos identificar como el reducto más duro del Grupo de Lima. Frente a eso, está prevista una auditoría internacional que analizará si los resultados publicados por el gobierno tienen o no validez.

Mientras tanto, vale decir que el hecho de que Evo Morales, a pesar de que su apoyo ha mermado considerablemente respecto al 64% que obtuvo en 2009, haya sido capaz de lograr, tras 14 años de gobierno, una votación cercana al 50% no puede sorprender.

Bolivia, durante sus años de gobierno, ha vivido una estabilidad política mayor a la que tuvo a lo largo de toda su historia como país independiente, y un crecimiento social y económico basado en un proceso de nacionalización de la economía extraordinariamente exitoso. Y lo característico del proceso boliviano (en claro contraste con lo que ha sucedido por ejemplo en Chile) es que el crecimiento económico ha sido acompañado por una notoria mejora de los índices de igualdad y disminución de la pobreza.

Evo Morales, que de confirmarse los resultados conocidos gobernaría ahora sin las mayorías parlamentarias que tuvo hasta el presente, deberá plantearse que las reelecciones indefinidas no son los mecanismos ideales para el funcionamiento de una democracia sólida, tendrá que moderar el peso del extractivismo en la economía boliviana y deberá prestarle más atención a la preservación del medioambiente. Pero sin que se pueda desconocer la urgencia de esos desafíos, el contraste entre un modelo socioeconómico plurinacional e inclusivo como el que se lleva adelante en su país, y los modelos centrados en el libremercado y la desigualdad que van mostrando sus debilidades en países vecinos, es notorio. Y explica una continuidad previsible.

El anhelado festejo de los más

Hace muchísimo tiempo… digamos hace un año y medio, los dados parecían echados. En América del Sur se había conformado una especie de cuadrilátero de hierro conformado por un Sebastián Piñera que se hacía fotografiar en la frontera entre Colombia y Venezuela como un cruzado de la ayuda humanitaria, un Jair Bolsonaro y un Iván Duque que recién estrenaban sus retóricas guerreras y un Mauricio Macri que, aunque ya estaba demostrando una impericia alarmante, recibía, gracias a la influencia de Donald Trump, el mayor préstamo que el FMI haya otorgado en toda su historia ya que, como se dijo sin ambages, era necesario cerrarle las puertas al populismo. Por aquellos días, “todas las opciones estaban sobre la mesa” para terminar con el régimen venezolano y una Argentina alineada debidamente era una pieza importante en un tablero en el que se comenzaba a hablar de intervenciones armadas inminentes.

Parece que desde aquellos días de triunfalismo conservador hubieran pasado años y no unos pocos meses. Tanto Piñera como Duke han visto en estos días temblar el suelo que pisan y seguramente moderarán sus ímpetus, pero los resultados del 27 de octubre en la primera vuelta de las elecciones en las que Alberto Fernández obtuvo el 48 % de los votos frente al 40% de Mauricio Macri, no sólo han cambiado el escenario social y político de la República Argentina sino que serán determinantes en el futuro próximo de todo el continente.

El país que heredan él y Cristina Fernández nunca estuvo tan endeudado ni desindustrializado, el deficit fiscal, pese al sacrificio al que se ha sometido a una parte muy importante de la población, no ha disminuído, y si no ha habido un estallido similar a los vividos en Ecuador y en Chile en estos días, se debe a que existe en el país un entramado de ayudas sociales denostado por asistencialista, pero razonablemente eficiente, que no ha permitido que el 40% de pobreza que deja Macri se transformara hasta ahora (como en el pasado ocurría) en una hoguera abrasadora.

Por ahora y pese a que cuatro de cada diez votantes -un apoyo que será decisivo en el futuro- respaldaron al protagonista del mayor desastre sufrido por el país en períodos democráticos, los cientos de miles de personas que festejaron el 27 de octubre en las calles el retorno de una fuerza progresista al poder, lo hicieron con razón. La razón de los que supieron esperar.

El triunfo no fue todo lo claro que esperaban y no tendrán mayorías parlamentarias o territoriales contundentes. Lo que los espera será duro. La salida del marasmo no es segura. Pero triunfó la política sobre el management y la perseverancia sobre el marketing político y judicial. Y en lo que tiene que ver con Latinoamérica, triunfó una línea de gobierno más preocupada por la paz del continente que por hacer volar todo por los aires para rapiñar el petróleo ajeno. Y eso no es menor.

Desde Uruguay, la segura incertidumbre

El resultado de las elecciones argentinas era previsible y ya estaba anunciado. Y también estaba anunciado que el Frente Amplio en Uruguay volvería a resultar triunfador en la primera vuelta con aproximadamente un 40% de los votos totales, por lo que debería enfrentar un ballotage en noviembre. El desgaste propio de 15 años de gobierno, un esclerosamiento de las propuestas, y la novelería de las clases medias necesitadas de ilusiones de mayor crecimiento, mayor consumo, y mayor seguridad, hacían extremadamente improbable que la izquierda obtuviera más del 50% de los votos como hasta ahora sucedía, y accediera a un nuevo período de gobierno.

El país con mayor PBI per cápita y mayores niveles de igualdad y mejores índices de calidad democrática de América Latina parece haber decidido probar suerte con una coalición de partidos de centro derecha y derecha casi extrema, que se coaligarán para darle un giro de 180 grados a lo conocido hasta hoy. Y en eso consiste la democracia bien entendida:
en la posibilidad de la derrota. Si el resultado de noviembre es el que cabe sospechar, habrá una transición en paz como ya es costumbre en el país, se vivirá una experiencia que habrá de ser evaluada dentro de 5 años y la izquierda deberá abocarse a un proceso de renovación generacional y programática imprescindible. Lo único que queda por hacer es afrontar la incertidumbre, cruzar los dedos, y esperar que lo sucedido en la otra orilla del Río de la Plata no se repita en un país demasiado pequeño y demasiado vulnerable como para soportarlo.