El deseo, la política y el cómo de la espera

EL DESPERTAR, Bailarina Catalina Duarte ante carros de la policía en Santiago de Chile-25 de octubre | María Paz Morales

Cuentan que cuando los cristianos de Tesalónica se enteraron de que Cristo había prometido volver y que su regreso implicaría el comienzo de una nueva vida, sin dolor y si mal, le preguntaron a quien les estaba entregando aquel mensaje, San Pablo, cuándo sucedería aquello, a lo que él les respondió: “¡No han entendido nada, lo que importa es el cómo de la espera!”

Ríos de tinta ha provocado aquella respuesta de San Pablo a lo largo de los casi 2000 años que nos separan de ella, pero quien esto escribe no pudo evitar recordarla cuando vio la foto de una joven chilena, aún no salida de la adolecencia que, con un fondo de figuras casi indescifrables envueltas en una neblina color naranja de gases lacrimógeneos, levanta un cartel que reza (parafraseando una conocida canción romántica): “Lo quemaría todo porque renunciaras”.

Lo quemaría todo porque renunciaras

Los levantamientos juveniles, al menos desde la década de los ‘60 del Siglo XX, que es el tiempo que los vio nacer, han tenido una riqueza dialéctica notable y el caso chileno no sólo no es la excepción sino que ya resulta un caso paradigmático, pero vale la pena detenerse en lo que esa chica le dice a un interlocutor -que no la escucha porque no está allí- cuya presencia es no obstante inocultable.

Ante todo sorprende el lugar en el que la joven está situada. El lugar físico es la plaza pública, un lugar en el que se espera que se produzca sociabilidad y sentido de pertenencia, pero que ha sido transformada desde hace más de un mes en una arena en la que cada día combaten puntualmente dos mundos diferentes y antagónicos que se disputan no el territorio sino el futuro.

Por un lado se ven gentes de paz y en no pocas ocasiones familias con niños y mascotas, junto a cultoras y cultores de una rabia desencantada y casi vandálica que sólo el neoliberalismo más extremo pudo haber prohijado, como diría otra canción: “a fuego lento”.

Frente a ellos, una policía militarizada que le ha sacado con perdigones de plomo al menos uno de sus ojos a 300 jóvenes, que ha violado a decenas de chicas, que ha matado, que ha impedido que los médicos atendieran heridos, que ha atropellado con sus vehículos impunemente a personas que cruzaban la calle, y que ha exhibido una crueldad similar a la de sus antecesores de la dictadura, pero esta vez sin esconderlo y sin pretender que lo que hacen tenga algún sentido mayor al de infligir sufrimiento, causar miedo y darle tiempo a un Presidente que parece tonto.

Pero sorprende además el lugar simbólico en el que se sitúa la joven, ya que como veíamos más arriba, se dirige de modo personal a alguien que no la escucha, del mismo modo que en el discurso romántico de la poesía se le habla de amor a alguien siempre ausente.

Ella no resguarda lo que dice en un plural auto-protector. No se expresa bajo el amparo de un colectivo que le aporte contundencia y poderío a lo que reclama, sino que habla desde su mínimo fuero personal. No hay una firma, no hay una sigla, no hay nada que la ayude a ser convincente, sino que nos muestra y nos enrostra, simultáneamente, desvalimiento, impotencia, y una radicalidad amorosa e incendiaria.

Y, vale notarlo porque quizás esto sea lo principal, no amenaza sino que advierte. No le dice a ese interlocutor vacío que lo quemará todo, sino que lo quemaría. Y es en esa delicadeza del condicional que quizás los hispanohablantes difrutamos como pocos, que radica el poder de su advertencia. Porque su discurso es el discurso del deseo y no el de la política. Y hay momentos históricos en que si esas dos moscas no se atan por el rabo, todo se va al garete.

Deseo y política

Escribía hace unos días el analista chileno Flavio Quezada Rodríguez, del Instituto Igualdad:

«Luego de un mes de masivas movilizaciones que cuestionaron el orden establecido, Chile tendrá, por primera vez en su historia, una constitución democráticamente gestada. Sin la exigencia del pueblo en ese sentido habría sido imposible. El pueblo triunfó. La ciudadanía tomó consciencia que los cambios que buscaba requerirían establecer bases nuevas de entendimiento desde las cuales desarrollar la práctica democrática. En concreto, que alcanzar mejores pensiones, crear un sistema de salud solidario, devolver el agua a las personas o una estructura tributaria más justa requerirían una nueva constitución, pues el texto actual opera como el candado de un modelo abusivo. Es la constitución del abuso.»

Su análisis parece y es razonable, pero no tiene en cuenta uno de los mayores desafíos que deberá enfrentar en el futuro la sociedad chilena.

Tuvieron que esperar a que esto sucediera. Dejaron que se tensara la cuerda y prefirieron creer que no se les rompería en las manos. Se negaron a pensar con tranquilidad lo que hoy tienen que enfrentar con urgencia. Creyeron en el milagro de que una sociedad pudiera desarrollarse de verdad sin igualdad y sin que nadie reclamara su parte. No estaban cuando la rabia y el deseo se colaron por mil rendijas para ocupar una trinchera de la que la política había desertado.

Ahora el deseo y la rabia están allí. En el cuerpo y en las actitudes de esos jóvenes que una vez que hayan vuelto a sus casas y a sus quehaceres ya no serán jamás los mismos. Serán como aquellos cristianos de Tesalónica que estaban menos interesados en el “cómo de la espera” (que no otra cosa es la política) que en el “cuando” del cumplimiento de la promesa de un mundo mejor (que es lo que todos merecemos).

Se les podrá decir, con San Pablo, que no entendieron nada. Y eso, incluso, podría ser cierto. Pero han despertado y difícilmente se los pueda dormir otra vez con los mismos cuentos con los que durmieron a sus padres: que el que no triunfa es un flojo, o que cuando el dinero fluye a las manos de los ricos luego se derrama y gotea encima nuestro.

Quizás (casi se podría decir “ojalá”) alcance con las reformas que se anuncian (el agua, las pensiones, la enseñanza y la salud como derechos de todas y todos, una nueva constitución, y la promesa de que cuando el tiempo pase y estos jóvenes de hoy tengan hijos, no habrá un pusilánime feroz que les haga lo que hoy les hacen a ellos y les quite los ojos.

Pero la pregunta que queda flotando en el aire es ¿qué haría la política y cómo responderían las instituciones si se encontraran con que mañana, ya mismo, el deseo y la rabia pidieran más? Si pidieran algo que no esté en sus manos dar… La felicidad, sin ir más lejos…