Newseum: crónica de un fracaso anunciado

No todos los días cierra sus puertas un museo en Washington, la capital del país más próspero del planeta. Y si tenemos en cuenta que se trata de una institución dedicada al periodismo, una actividad que las sociedades modernas valoran como pilar de la libertad y la democracia, el cierre, que tuvo lugar el último día de 2019, es aún más llamativo… y llama a la reflexión.

Bajo el título To do: Skip Newseum Opening – Why you should boycott journalism’s monument to itself, Jack Shafer de la revista cultural Slate, advertía ya en 2008:

One of the most expensive museums ever built, according to the New York Times’ Kit Seelye, the Newseum contains 250,000 square feet of exhibit space, including 15 theaters, 14 galleries, two broadcast studios, a “4-D time-travel experience,” interactive computer stations by the score, 50 tons of Tennessee marble, a three-level Wolfgang Puck restaurant, a food court, and 6,214 journalism artifacts together weighing more than 81,000 pounds (“Wonkette’s” slippers, the hotel door from the Watergate break-in, a decommissioned KXAS-TV news helicopter, Rupert Murdoch’s first wife, etc.)”.

En similar sintonía, Michael Hitzik, laureado con el Premio Pulitzer y columnista de Tecnología y Negocios en Los Angeles Times, escribía hace pocos días en una nota titulada: Farewell to the immense, disappointing Newseum:

We are taught from an early age not to speak ill of the dead (unless we write obituaries), so I suppose I should hold my tongue about the demise, probably permanently, of the Newseum.
But it’s too difficult to avoid remarking on how valuable a resource the institution could have been to journalists and historians, and how the overbuilt edifice on Washington’s Pennsylvania Avenue, just blocks from the White House, fell short of its potential.

Hemos seleccionado estas dos citas que marcan el nacimiento y la caída de este emprendimiento faraónico porque no sólo brindan una panorámica de lo sucedido con el Newseum, sino que dejan entrever la preocupación por el modo en que estuvo concebido y por el vacío que en realidad nunca supo o nunca pretendió llenar.

Fue concebido como una celebración grandiosa no del periodismo, sino de las noticias en sí. No del trabajo y los esfuerzos de los periodistas sino de (algunos) de los hechos que los periodistas estadounidenses cubren. Y así, se llenó de objetos más destinados a espantar o entretener que a comprender la realidad y la complejidad de la actividad periodística.

La repetición de cientos de portadas de diarios del 11 de septiembre de 2001 mostrando una y otra vez el horror de las Torres Gemelas a punto de caer, acompañadas de los deseos de venganza expresados en titulares igualmente horribles, rodeando los restos retorcidos de la antena de uno de los edificios, parecían estar destinadas no a comprender el valor de la información sino a perpetuar hasta la náusea el sentimiento de pavor colectivo. Una sala enteramente destinada a la exhibición de decenas de dibujos o fotografías de las mascotas (gatos, perros, caballoso u ovejas) de los presidentes estadounidenses, desnudaba lo banal que puede llegar a ser la prensa cuando se condena a sí misma a regodearse en lo irrelevante.

Y junto a toda esa parafernalia de feria, muestras realmente valiosas como las dedicadas a las coberturas de prensa del Movimiento por los Derechos Civiles en los años ‘50 y ‘60, o a los sucesos de Stonewall, o a la Guerra de Viet Nam, apenas permitían atisbar el valor que el Newseum pudo haber tenido si sus administradores no hubieran estado demasiado obsesionados por la desproporción, el coleccionismo, y el lucro desmedido.


Pero quizás la mayor carencia de la institución haya estado en la falta de interés por promover una comprensión real de lo que está sucediendo hoy frente a nuestros ojos. Las redes transformadas en cajas de resonancia de falsedades cuidadosamente elegidas y mentiras programadas para sustituir lo que alguna vez se llamó información veraz, empresas gigantescas que se han hecho cargo de vehiculizar la comunicación para alimentar los intereses de quienes compran sus servicios, audiencias acríticas que cada día se atrincheran sin saberlo en información hueca que confirma lo que ya creen, sectores cada día más amplios del público que no quieren dudar, periodistas que no se forman para comunicar sino para repetir lo que se les indica.

Todos esos temas, cruciales hoy, habían quedado fuera del edificio que ahora será definitivamente vaciado y utilizado para mejores fines, porque más de 1.000.000 de vistantes anuales que pagaban una entrada de $25.00, no fueron suficientes para hacer que a alguien le interesara mantenerlo abierto. Y es esa falta de interés lo que motiva que hoy, aquí, estemos hablando de un museo del periodismo que acaba de cerrar. Algo que, como decíamos al comienzo, no es habitual.

Es que como deja de manifiesto Michael Hitzik en la nota citada, un museo del periodismo sí es necesario. Y no sólo en Washington. También aquí, y en todas partes. Son necesarias instituciones, en cada país, en cada ciudad, capaces de proveer herramientas de análisis de la información, alentar la curiosidad y el ansia por saber más acerca de lo que sucede alrededor nuestro, atesorar experiencias, mostrar cómo se hace y cómo se debe hacer el periodismo honesto. Contribuir a la formación de un público interesado y de periodistas capaces de respetarlo. Construir democracia. Es decir cumplir, sin estridencias, los objetivos que el Newseum no cumplía.


Esta nota forma parte de los materiales de trabajo del Proyecto Cuéntame.2 – www.latinasentoronto.org/cuentame2/

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