La humanidad encapsulada en un film maravilloso

Ante todo


Dado que estamos enfrentados a comentar un film excepcional y usted seguramente ya escuchó hablar de él, comencemos por lo esencial: no siga perdiendo su tiempo y si todavía no vio Parasite véala ya. No se asiste a una obra maestra todos los días ni todos los años. La vida cultural de nuestro tiempo no regala ocasiones como ésta a menudo, y no hay por qué desperdiciarlas.
Además, usted podrá reencontrarse con encuadres propios del expresionismo alemán, escenas dignas del neorealismo italiano de post-guerra y con personajes que no desentonarían en una tragedia griega. Todo eso por el precio de una entrada al cine, es algo maravilloso.
Una vez dicho lo anterior, le proponemos un ejercicio previo que nos puede ayudar a ubicarnos en la excepcionalidad de la historia que el cineasta coreano Bong Joon Ho nos narra.

Los de arriba y los de abajo


Todos hemos visto alguna temporada o algunos episodios de Downton Abbey o Upstairs, Downstairs y podemos recordar el tipo de vínculos que mostraban aquellas series entre los ricos y sus sirvientes, vínculos que si bien eran laborales, suponían una serie de relaciones más profundas. Ante todo, se trataba de relaciones no sólo económicas sino fundamentalmente morales, que estaban mediadas por los mayordomos principales o el ama de llaves, que por ser los “mejores” de los de abajo, tenían el privilegio de lustrar las botas de sus amos, hablar con ellos mientras los vestían, y en ocasiones, informarles alguna verdad incómoda que no querían conocer.
Los que habitaban el submundo de la mansión y sólo penetraban en el mundo superior para cumplir con sus tareas, eran fieles y su fidelidad se daba por descontada. Esa fidelidad estaba basada en un respeto reverencial, incluso en los casos en los que el respeto no era merecido, en la aceptación de los valores derivados de la desigualdad y la riqueza, y en el reconocimiento de que, con muy pocas excepciones, las diferencias sociales no podían desconocerse sin que todo el edificio social se viera puesto en peligro.
Los de arriba, por su parte, eran conscientes de su compromiso moral con la inocencia servil de los de abajo. Sabían cómo mantenerlos en el límite exacto entre la indigencia (siempre posible para los descarriados) y la servidumbre honesta, segura y redentora. Sabían darles lo necesario para que nada de aquello a lo que podían aspirar (muy poco) les faltara, haciéndoles saber que el mundo que estaba por fuera de esa relación de vasallaje, era duro y peligroso.
Y ese mundo, afortunadamente para ellos como protagonistas pero también afortunadamente para nosotros como espectadores, aparecía sólo fugazmente. Algunas escenas de guerra, los independentistas irlandeses, las primera mujeres intentando obtener autonomía, apenas perturbaban un orden social que suponía ante todo un acuerdo: ignorar la realidad exterior todo lo humanamente posible. La realidad, en Downton Abbey, era el fondo sobre el cual la narración (el cuento de hadas) transcurría.

Los de dentro y los de fuera


Lo que separa a Downton Abbey de Parasite es lo que separa el capitalismo intrínsicamente injusto pero aún optimista de fines del Siglo XIX, del neoliberalismo desregulado de hoy. En Parasite la realidad, la exclusión, el hacinamiento, la falta de perspectivas, la inutilidad de hacer planes, la necesidad de desplazar a quienes están a nuestro lado para que quede algún mínimo lugar para nosotros, y la posibilidad siempre presente de que se nos descubra como impostores simplemente porque todo es una impostura, no es el fondo de la narración sino su misma esencia.
Una familia vive en la humillación constante de saberse en el sub-mundo de una pirámide social en el que malviven millones de personas que son, como ellas, innecesarias e inviables. Lo que los diferencia del resto de quienes están como ellos condenados a vivir en el margen sucio y sin esperanzas de una ciudad que los ha desechado, es que encuentran milagrosamente una vía de escape: ir ocupando tareas de servicio en el hogar de una familia adinerada y razonablemente cool, desplazando a quienes todavía tienen la suerte de tener un trabajo.
Y lo hacen bien. Son agradables, modernos, inteligentes, eficientes, imaginativos, y saben adaptarse a sus nuevos roles. Hay una profunda amoralidad en lo que hacen, pero mientras los perjudicados o los engañados son personas ubicadas dentro de ese sistema que a ellos los ha condenado a estar por fuera, hay algo así como un soplo divino que los inspira, los ayuda y los protege.
La familia que invaden, no es exactamente rica sino que disfruta de una existencia cómoda y segura. No son la aristocracia de Downton Abbey, sino apenas gentes que disfrutan la suerte de estar dentro. Trabajan, cuidan su casa, se drogan moderadamente, adoran a sus hijos, tienen un erotismo parecido al de todo el mundo, les molesta el olor de los pobres porque los pobres huelen mal, necesitan ayuda y tienen cómo pagarla, se dejan cuidar…
Y si el film terminara allí, podría haber sido una comedia de Hollywood medianamente exitosa o haberse transformado en un serie de Netflix con dos o tres temporadas que repitieran lo mismo una vez a la semana.

La tragedia y la esperanza


El denominador común de las tragedias griegas, es una transgresión a ciertos límites impuestos por los dioses, provocado por la hibris (la desmesura) del protagonista. No haber respetado ese límite que el protagonista no sabía dónde estaba, es lo que lo condena. No se trata del pecado tal como lo conocemos en la moral cristiana, sino de algo diferente: el orgullo que ciega; el no haber caminado con cuidado de no pisar donde no se debe.
Y en Parasite, una vez que la comedia dio de sí todo lo deseable, surge la hibris y se desata la tragedia. Quizás lo que condena a los protagonistas de Parasite no es lo que han hecho sino haber cambiado. Hay una escena fugaz en la que no tienen, para con un pobre desgraciado que orina en su ventana, la tolerancia que tenían antes … y ese es el tipo de cosas que puede desatar la ira de los dioses. Pero esta es sólo una interpretación personal de quien escribe esta nota. Lo cierto es que al día siguiente sobrevendrá el diluvio y se comenzarán a abrir puertas que conectan distintas desesperanzas y ubican a los personajes (a todos) ante realidades para las que no estaban preparados.
Hay momentos en los que las mujeres parecen estar a punto de aportarle sensatez al desenlace pero algo sucede que no lo permite. El amor de quienes han comenzado a sentir amor no los redime. El mandato masculino de buscar una solución a los problemas sólo los agrava. Los protagonistas no parecen confiar en ningún momento en la posibilidad de salidas colectivas. Hay siempre alguien -o algo- que estaba más abajo, que reclama su derecho a subir hundiendo a otros.
Pero aún así, y a pesar de todo lo que en las escenas finales se pierde o se esconde, la humanidad encapsulada en el film de Bong Joon Ho muestra que aún cuando no se pueda salir, se puede soñar con hacerlo, se puede imaginar otra realidad, se puede creer, ingenuamente.