El futuro impredecible y la tentación de sumarnos a la jauría

Los seres humanos no somos buenos a la hora de pronosticar, es decir predecir lo que sucederá. El futuro es algo que no se nos da.

Tendemos a proyectar lo que ya sabemos que ha ocurrido previamente, sumándole algunas novedades que no son otra cosa que nuevas proyecciones. Y luego, por lo general, ocurre otra cosa.

Podemos sí acumular datos del pasado y del presente para visualizar una tendencia y sacar conclusiones del tipo: “si todos los factores que llevaron a tal situación siguieran operando del mismo modo, es muy posible que suceda tal cosa”. Pero luego nos encontramos con que esos factores no continúan actuando como lo hacían antes, y se suman otros que no habíamos tenido en cuenta, con el resultado de que nuestro pronóstico se transforma en una caricatura y una demostración más de que el futuro nunca es lo que habíamos pensado que sería.

Allá por 1910 Argentina celebraba el Centenario de su independencia en medio de un auge económico que situaba a ese país entre los de mayor crecimiento y desarrollo, con una clase dirigente orgullosa de sus riquezas, todopoderosa, y satisfecha de si misma y oleadas de inmigrantes europeos que encontraban en aquel país (o esperaban encontrar) todas las oportunidades que no habían tenido jamás en el suyo. Para su edición de Mayo de aquel año una de las revistas más leídas realizó un concurso entre las mentes más brillantes de la época, que debían describir cómo sería el país 100 años después, en 2010, y cuáles serían los avances tecnológicos que se producirían en los años por venir.

El sinnúmero de disparates con cierta racionalidad que es posible encontrar en las páginas de aquella edición es asombroso y puede llegar a ser muy divertido.

Uno de los que mejor muestra la incapacidad que aún las personas mejor preparadas demuestran a la hora de imaginar el futuro, es el de alguien que, puesto a pensar cómo sería el avance en las comunicaciones, imaginó que entre Europa y América habría, en 2010, conductos submarinos a través de los cuales, dentro de bolas de hierro similares a balas de cañón, viajarían la correspondencia y los periódicos, que cruzarían el Océano semanalmente, en menos de 48 horas.

Ocurre que en nuestro cerebro, los circuitos de la imaginación y los de la memoria no actúan por separado. Las estructuras cerebrales que nos permiten imaginar (algo que quizás nuestra especie hace por primera vez en el largo proceso de la evolución) están construidos en base a las estructuras que nos permiten recordar, de modo que se puede decir que somos incapaces de imaginar nada que, de algún modo, no esté almacenado en nuestra menoria.

En la antigüedad, cuando se trataba de imaginar un ser peligroso y mortal, se lo “construía” con cabeza de león, cabelleras de culebras, alas de águila o pezuñas de cerdo. El diablo, lo más maligno que alguien pudiera imaginar, tenía patas y cola. A nadie se le ocurría imaginar algo similara a un virus ya que nadie pudo recordar un virus antes de que el primero fuera descubierto.

Por eso cuando alguien en 1910 enfrentó el desafío de pronosticar los avances de las telecomunicaciones, no pudo hacer otra cosa que realizar una mezcla absurda de tecnologías que ya existían (el correo, la imprenta y las armas de fuego). Su mente era incapaz de imaginar una sucesión de avances como el telégrafo, la radio, la televisión, el telex, el fax, el correo electrónico, o las actuales redes sociales, porque aunque en nuestra vida diaria utilicemos el concepto “futuro” como si el futuro fuera algo que podemos prever o anticipar, no sabemos qué es lo que realmente ocurrirá, hasta que ocurre.

Cuando a principios de 2019 el Grupo de Lima se presentaba en sociedad como un grupo de países con sistemas democráticos ejemplares que estaban dispuestos a ensayar una intervención militar para hacer llegar ayuda humanitaria a una Venezuela en ruinas y sumida en el caos, y cuando se realizaban los preparativos para que la jauría vencedora colocara en el poder a un hasta entonces desconocido diputado que se había autoproclamado como presidente legítimo de su país, nadie podía haber anticipado la serie de acontecimientos que se desencadenaría en los meses siguientes.

Rechazos multitudinarios, en las calles o en las urnas, a las políticas económicas implementadas en los mismos países que se habían presentado a sí mismos como ejemplares. Violaciones a los Derechos humanos por parte de quienes decían defenderlos. Crisis humanitaria reflejada en que varios de aquellos países que estaban dispuestos a intervenir militarmente y auspiciaban el bloqueo económico de un país ya debilitado y en crisis, son los que hoy, a dos meses de declarada la pandemia, ostentan el mayor porcentaje de víctimas de Covi-19, culpa de su propia desidia y bloqueo mental.

Es que podemos imaginar el futuro, pero somos pésimos pronosticadores…

Lo que sí podemos hacer son ejercicios del tipo “¿qué estaría ocurriendo ahora si…?” y preguntarnos ¿qué estaría ocurriendo ahora, (en Venezuela, en Ecuador, en Perú, en Brasil, en Chile o en Canadá) si a los males de una intervención armada con alcances continentales como la que pocos meses atrás algunos inconcientes imaginaban y deseaban, se le hubiera sumado ahora la pandemia? ¿Quién tendría el valor de contar las muertes?

No podemos prever el futuro ni sabemos qué pasará mañana o el año próximo, pero hay algo que sí es posible. Podemos ser cuidadosos. Podemos no sumarnos alegremente a las jaurías siempre dispuestas a linchar en nombre de alguien más fuerte. Podemos aprender de lo que otros han sufrido, ponernos en sus zapatos, y no caer en la tentación de jugar con las vidas ajenas.