En 1918 los hombres no podían esperar… Hoy los negocios tampoco esperan

En la imagen, un grupo de hombres jovenes, algunos de ellos aún uniformados y todos ellos con las mascarillas que hoy nos resultan tan familares, ocupa las gradas del campo deportivo del Georgia Tech, hace 102 años.

Acaba de concluir la Primera Guerra Mundial en la que han muerto unos 17 millones de personas en Europa, y está recorriendo el mundo la llamada “Gripe Española” que, por supuesto, no era “española” sino que había comenzado en los EEUU silenciosamente tres años antes. Los contagios se habían comenzado a detectar en 1917 entre los soldados en los frentes de batalla de aquella guerra cruel y absurda y aunque se había extendido como un reguero de pólvora, su existencia había sido silenciada en los dos bandos en conflicto para que el enemigo no detectara debilidades. Así de peligrosos suelen ser los criterios con los que se transmite la información cuando se permite que estén en manos inadecuadas.

Luego, el virus retornó a Norteamérica con los soldados que regresaban y que inmediatamente contagiaban a sus familias, y se expandió por el resto del planeta, matando a aproximadamente 50.000.000 de seres humanos. Aquellos acontecimientos, conocidos hoy como “la pandemia olvidada” fueron motivo de una nota de dos páginas en una de las ediciones de Correo al inicio de la crisis del nuevo coronavirus, en la que quisimos recorrer algunas de las enseñanzas que aquella pandemia nos dejó.

Y una de las principales enseñanzas que podemos recoger de aquella hecatombe sanitaria, es que fueron precisamente las ciudades que no tomaron medidas de contención de los contagios con suficiente rapidez o las ciudades que relajaron esas medidas antes de tiempo las que sufrieron el mayor número de víctimas.

Volvamos a la foto… vemos mascarillas pero no vemos el distanciamiento interpersonal que hoy sabemos que resulta imprescindible. Y no podemos culpar a aquellos hombres por no saberlo. Pero lo que sí sabían con seguridad, es que se había recomendado no asistir a espectáculos masivos. Pero aquellos hombres en 1918 (como los grupos de inadaptados que hoy reclaman con armas en la mano en los EEUU su derecho a ir a la peluquería, o como las señoras que golpean cacerolas en Bs. As. reclamando su derecho a viajar a Europa en cuanto se abran los aeropuertos) no sabían esperar.

En tiempos de zozobra e incertidumbre, el poco poder que algunos grupos que se sienten por sobre los demás pueden expresar, es su poder a que no se los haga esperar. El temor a lo desconocido y el pavor a no ser diferentes se vuelve urgencia por tener derechos que, en realidad, no son derechos sino privilegios.

Hoy sabemos que entre los principales focos de contagio de la “gripe española” en los EEUU, estuvieron los espectáculos deportivos a los que los hombres (en 1918 casi exclusivamente hombres blancos de clase media) pensaban que tenían derecho.

Hoy las cosas han cambiado. Sabemos más. Somos más cuidadosos. Las políticas públicas de protección de la salud que adoptan los estados no son prescindentes y “bussiness friendly” como lo eran cien años atrás y por otra parte, los deportes han dejado de ser sólo un espectáculo en el que importa lo que sucede en el campo de juego y han comenzado a ser un descomunal negocio en el que lo que realmente importa es lo que pasa dentro del cerebro de los espectadores. En ese profundo interior en el que juegan los deseos y las aspiraciones de quienes sin poder ser estrellas, tienen la posibilidad de verse reflejados en quienes sí lo son.

La necesidad que tienen los adictos al deporte por adquirir información acerca de los últimos detalles de la maravillosa y ejemplar vida de sus ídolos, comprar merchandising colorido e inútil, sumar su propio ruido al ruido circundante, consumir calorías excesivas mientras se admira lo que hace alguien cuya dieta es estricta, son una de las características del mundo moderno, en el que la adolecencia tiende a perpetuarse en cada uno de nosotros, de mil formas, y eso podría llevar a que muchas gente comenzara a verse acosada por la sensación de que “no puede esperar”.

Por esa razón las principales ligas de fútbol europeas han presentado estrictos protocolos de seguridad ante las autoridades, que incluyen como elemento esencial que en las primeras fases, los espectáculos se desarrollarán sin público en las gradas. Son medidas que nos muestran que lo que está pasando no es en vano y que tanto quienes organizan los certámenes y espectáculos como las autoridades encargadas de regularlos, están actuando con seriedad.

Por esa razón también, la necesidad de los hinchas de “estar allí” comienza a ser cubierta con ficción y tecnología que, por supuesto, alguien pone a nuestro servicio a cambio de nuestro dinero.

Por sólo 17 dólares y enviando una fotografía por Whatsapp alquien puede emocionarse sabiendo que una gigatografía que lo representa estará allí, donde antes estaba él (o ella).

Y como si esa saludable pero absurda ficción no fuera suficiente, está a punto de salir otra app que recogerá en tiempo real los gritos de aliento o los insultos que el fanático quiera compartir con las jugadores, con el árbitro, con otros “aulladores virtuales”, o simplemente con el ancho ciberespacio que nos circunda.

Todas esas voces, sus desesperaciones, sus cánticos triunfales, su algarabía y su enojo, serán instantáneamente superpuestas en una única banda de sonido que se propalará por los altavoces del estadio. De esa forma, según se anuncia, no sólo los jugadores podrán simular que se sienten alentados, sino que las mismas personas que han enviado sus voces, podrán saber que sus fotografías, mecidas por la brisa en las tribunas, las escuchan.

Volveremos sobre este tema, ya que en tiempos tan tristes como los que nos toca vivir, no hay que desperdiciar oportunidades de sonreir, como ésta.

Lois es una conocida reportera que fue capaz de desempeñar tareas típicamente masculinas en una época en la que las mujeres aún estaban limitadas a la esfera doméstica y totalmente apartadas de la esfera pública. Y si bien se trata obviamente de un pseudónimo utilizado por alguien que no desea ser reconocido/a, en Correo estamos orgullosos de sus colaboraciones.

2 COMENTARIOS

  1. Mente sana en cuerpo sano, muchos de esos fanatico/as tienen la mente llena de espuma.
    y el cuerpo lleno de cerveza, usando los deportes para identificarse y mostrar en manada
    las “bondades del ejercicio fisico” en especial el de doblar el codo.

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