Desde Makénéné a la NBA. Relato de un milagro

Si alguien siente curiosidad por saber la razón por la cual Pascal Siakam, una de las estrellas en ascenso de los Raptors juega con el número 43 en su camiseta, la respuesta conduce hacia su familia y hacia su historia personal. El 4 es por su padre y sus 3 hermanos varones, en tanto que el 3 es por su madre y sus dos hermanas mujeres. Y esa historia tiene algunas características aún más curiosas que el número 43.

Pascal, nacido hace 25 años en Douala (Camerún), fue el menor de los cuatro hijos varones de Victorie y Tchamo Siakam. Su padre, Tchamo, que era por entonces alcalde del municipio de Makénéné, preocupado por el porvenir de sus hijos, siempre quiso que los tres mayores siguieran alguna carrera deportiva que les asegurase poder vivir en el exterior, y entre sus aspiraciones estaba la de que alguno de ellos pudiera algún día jugar en la NBA. En tanto, como seguidor de la fe católica, destinó al menor de ellos al sacerdocio y fue así que Pascal ingresó a un Seminario a los 11 años de edad.

Mientras el héroe de nuestra historial se resignaba a su preparación en aquel colegio muy duro y exigente al que llegó a aborrecer, y mientras soñaba secretamente con ser algún día jugador de fútbol y seguir los pasos de la estrella del momento, Samuel Eto’o, sus hermanos mayores comenzaron a satisfacer los sueños de su padre.

Así, Boris, Christian y James viajaron a los EEUU para estudiar y jugar al baloncesto, Pascal se destacaba en el seminario pese a que los estudios religiosos no lo atraían, y todo hubiera seguido su curso de no ser porque ocurrió un milagro.
En 2011, cuando sólo le restaba cursar un año para graduarse, Pascal pasó algunos días de ese último verano junto a algunos amigos en uno de los campamentos que la NBA organiza en Africa (Basketball Without Borders).

Allí, el jugador camerunés Luc Mbha, que por entonces militaba en las filas de los Houston Rockets, percibió que, pese a que Siakam no había desarrollado las cualidades técnicas necesarias para ese deporte, sus condiciones físicas excepcionales (tanto por su altura como por su agilidad) lo ubicaban en una posición de destaque.

Por esa razón, el muchacho fue invitado al año siguiente a una instancia similar en Sudáfrica a la que aunque dudoso aún, decidió asistir y en donde algunos enviados de instituciones deportivas norteamericanas se interesaron en él.

De ese modo, aquel muchacho alto y delgado que estaba a punto de seguir la carrera sacerdotal, obtuvo la bendición familiar, olvidó su viejo interés en el fútbol, viajó a Texas en donde un College se ofreció a continuar formándolo y se dispuso a ser él quien cumpliera los sueños de su padre: llegar algún día a la NBA.

Los comienzos, según cuentan quienes lo conocen, fueron duros. Y a su desconocimiento del inglés se le sumaba que su altura y sus condiciones físicas no hacían ninguna diferencia cuando se trataba de competir con sus nuevos compañeros. Todos eran altos, todos eran ágiles y todos jugaban mejor que Pascal.

Y posiblemente fueron esas circunstancias las que produjeron el jugador excepcional que es hoy. Se acostumbró a los entrenamientos interminables, a que siempre todo le requiriera más esfuerzo que a los demás y que cada logro fuera para él un salto hacia nuevos desafíos.

En 2014 la muerte de su padre lo
tuvo a punto de abandonar aquel esfuerzo pero tanto sus entrenadores como su familia insistieron en que ahora tendría un nuevo motivo
para seguir adelante y ya en 2016, cuando fue elegido el Freshmen of the Year de la Western Athletic Conference, la suerte estaba echada.

En 2016 se afincó en Toronto, se convirtió en el primer rookie de los Raptors en salir como titular en la opening night desde que Jonas Valanciunas lo hiciera en 2012, y fue titular durante 34 encuentros consecutivos. Pese a eso, no todo fue fácil y Pascal Simankas ha debido seguir esforzándose aúun más que el resto de sus compañeros para estar en el sitial de preferencia en el que hoy lo vemos…