Tierra fértil

Cuento ganador del primer premio del XV Concurso “NUESTRA PALABRA” 2021

—Tráiganlo ya y quítenle la venda de los ojos. Arrástrenlo si es necesario, pero si se ha cagado lo limpian, no quiero oler su inmundicia.

Al fondo del terreno se escuchaban los gemidos de dolor, quejidos que el aire tomaba y les traía hasta los oídos. Era como si el mismo suplicio pudiera viajar invisible, desde detrás de los árboles de plátano y mango que se daban salvajes, porque esa bendita tierra lo único que necesitaba para producir era que alguien dejara caer la semilla de algo, un escupitajo con el hueso era suficiente para que aquí y allá se levantaran las matas y los árboles, como si regresara el desprecio con una bendición.

Ninguno de los hombres reaccionó. Esperaron a que alguno, el más valiente o con sangre fría se pusiera en movimiento para ir a sacar al infeliz, pero el patrón enojado tuvo que repetir la orden. —Cabrones ¿qué esperan ahí paradotes como estatuas? —vociferó.

Rubalcaba, que era el más antiguo de los trabajadores, vio al hombre y adivinó en sus ojos la urgencia.

—Voy patrón. Simon échame una mano —dijo y se encaminó seguido del otro que no quería ver al quejumbroso.  Desde que Simon empezó a trabajar con don Lauro no había dejado de tener remordimiento. No todo era tan aberrante como esto, pero había días en que las cosas resultaban más serias y este era uno de esos.

Simon fue el que le siguió los pasos al quejumbroso. Le encomendaron que aprendiera todos sus movimientos; a dónde iba cuando abandonaba su casa, a qué horas comía, dónde y con quien hablaba, quién era su mujer y a qué escuela iban los hijos. También le dieron cartas cerradas para que se las dejara en la puerta.

—No las vayas a abrir, que no son para ti —le dijo el patrón.

 Sabía, que, por su propio bien, era mejor seguir las órdenes de don Lauro. Se había dado cuenta de que no le gustaba que lo ignoraran, su palabra era ley y si no, ahí estaban Rubalcaba y los otros para traer a los que no comprendían este simple hecho y hacerlos entender.

—Este hueso salió duro de roer —dijo Simon—  hasta parece que le gusta que le peguemos. Ya no le quedan uñas y los dedos rotos parece que no le preocupan.

—Tan necio, porque si hubiera hecho caso hasta una plata se habría ganado y ahora ya no le va servir de nada el orgullo —dijo el otro con voz indiferente.

A pesar del tiempo que llevaba bajo las órdenes del patrón todavía no se acostumbraba a estas cosas; al olor de la sangre, a las caras hinchadas, a la carne macerada a golpes.

 —Qué la chingada — Expresó Rubalcaba al entrar al cuartucho y sentir el olor mezclado de sangre y excremento. Soltó una patada seca al tipo que yacía en el piso y mandó al ayudante a que trajera la manguera.

—Rápido, Simon, hay que echarle agua a este pendejo y quitarle el olor a caca.

Simon salió a buscarla, abrió la llave y antes de regresar tomó un sorbo. Tenía la boca seca y la adrenalina le alborotaba los nervios. Le temblaban las manos. Trató de recomponerse para que el otro no se diera cuenta de la zozobra que lo corroía. Quiso entregar la manguera.

Rubalcaba quitó la mano, le ordenó que lo manguareara y Simon, muy a su pesar, porque para él, aquel tipo ya estaba más allá del dolor, empezó a golpearlo.

 Rubalcaba se exasperó y golpeó a Simon en la cabeza,

—No, grandísimo animal, échale agua para que deje de oler a cagada — ladró furioso.

El chorro de agua fue limpiando al tipo, su sangre y excremento se mezclaban con el líquido diáfano y lo enturbiaban, escurría hacia una coladera que había en el centro. Los hombres miraban el remolino que se formaba en el drenaje y el cuerpo que se sacudía involuntariamente.

Escucharon un último gemido, como una plegaria de alivio. Entre dientes el hombre parecía delirar, seguía diciendo no, no, no. Sus últimas fuerzas se evaporaban en negativas.

—Ya le dije que no, Don Lauro, no insista por favor, no, no… mil veces no.

Levantaron al pobre tipo del suelo y lo llevaron arrastrando hasta que estuvo frente a don Lauro.

—Cuál es tu decisión— preguntó el viejo.

—La misma, mi tierra no se vende —respondió con palabras entrecortadas el hombre.

Un balazo le atravesó la frente, salpicando de sesos a los que lo sostenían.

—Entiérrenlo en la milpa —dijo Don Lauro.

Cuando lo llevaban a sepultar Simon notó que detrás del cadáver quedaban dos surcos, no muy profundos, por donde arrastraban los pies del difunto. Quizás después ahí crecerían flores o árboles frutales.