El pasado Julio, mientras coordinaba la División en Español de la Maratón de Novela de Muskoka, vi algo que no se refleja en las pantallas: nueve escritores hispanohablantes de Canadá, de países originarios distintos, unidos en torno a una lengua, una pasión, un pulso común, mezclados con más de veinte angloparlantes. Durante esa semana no fue necesario defender a nuestros países. No necesitábamos leer un artículo de un periodista de Nueva York o de Japón para saber quiénes éramos y que hacíamos.
Pero mientras disfrutaba de la camaradería de la diversidad a través de la literatura, presencié algo que me entristeció: un patrón de deslegitimación desplegándose contra equipos hispanohablantes. Y aquí está el problema: no es nuevo. Y lo peor: no vino solo de “afuera”.
Zygmunt Bauman escribió sobre el “miedo líquido”—ese sentimiento difuso y perpetuo que los medios cultivan, transformando hechos en dudas que dañan y perduran. La famosa “grieta”. En 2026, vemos cómo funciona en tiempo real: no se trata de opiniones deportivas individuales. Se trata de cómo un relato falso, repetido suficientemente en plataformas influyentes, se vuelve “LA” verdad pública.
El patrón es reconocible: un equipo juega bien, gana, y aparece la narrativa deslegitimadora: “El torneo fue comprado.” “Los árbitros estaban arreglados.” “No merecían ganar.” Y aquí está lo más terrible: esos relatos no vinieron solo de medios no-hispanohablantes. Vinieron de todos lados. Incluso de los hermanos latinoamericanos.
Millones de personas—distantes de los estadios y sin información directa—asimilaron estas narrativas alimentadas por el código como hechos. No porque fueran verdaderas, sino porque fueron omnipresentes. Porque es más fácil consumir la “información” de las redes, que una verdad incómoda: que un país de Hispanoamérica puede jugar, ganar, y merecer un lugar.
Porque aquí está lo que duele en el alma: cuando una persona o un equipo gana con esfuerzo, sacrificio y maestría, cuando una carrera entera de trabajo se destroza por la ansiedad ante un premio, la respuesta es la duda sistemática. Es decir: “Tu victoria no es real. Tu éxito es fraudulento. No mereces estar aquí.”
Eso es violencia narrativa. Es un tipo de exclusión que no siempre usa palabras explícitas, pero que funciona: deslegitimar, dudar, negar. Y cuando el patrón afecta a un país o varios en Latinoamérica, se convierte en un ritual de descalificación que es un reflejo de cómo nuestras culturas son vistas globalmente.
Y aquí viene lo más incómodo: nosotros, los hispanohablantes en Canadá, somos parte de ese público que consume estas narrativas. Algunos de nosotros las repetimos. Las compartimos en nuestras redes. Les damos crédito porque aparecen en medios que “se ven” confiables, porque circulan en el idioma que compartimos.
Eso es lo que los algoritmos han logrado: fragmentar nuestra capacidad de discernimiento. Ya no pensamos. No nos reconocemos en la victoria del otro. A veces, hasta festejamos su descalificación. Y mientras lo hacemos, nos colocamos del lado de todos los que nos pusieron en contra—no solo los de afuera, sino también los de nuestra propia lengua.
José Hernández escribió en el Martín Fierro palabras que resuenan hoy con una urgencia que quizá ni él imaginó:
«Los hermanos sean unidos
porque esa es la ley primera;
si entre ellos pelean, los devoran
los de afuera»
Tristemente en este 2026, descubrimos que “los de afuera” no son solo los que no hablan Español: “los de afuera” somos nosotros mismos cuando no nos defendemos. Cuando un periodista mexicano deslegitima a Argentina. Cuando un crítico colombiano celebra la derrota de Brasil. Cuando nos dejamos convencer de que la victoria del otro es fraudulenta.
Hernández no hablaba de política. Hablaba de supervivencia y de una verdad elemental: la división nos debilita.
Porque cuando defendemos a Argentina no es un acto de patriotismo político. Es un acto de resistencia contra la mentira sistemática. Es un acto de hermandad con todos los que comparten nuestra lengua y nuestra vulnerabilidad común.
Y eso, en 2026, es revolucionario. Es, como dijo Hernández hace casi dos siglos, la ley primera: que los hermanos sean unidos. Porque solo así, congregados en nuestra lengua, reconociendo nuestras victorias comunes y rechazando que todos nos dividan, nos salvamos de ser devorados.

















