Por: MONICA PERCIVALE

Últimamente los derechos de los fetos son tema de actualidad en muchos rincones del planeta. La Provincia de Ontario no es ajena a ello y por mas que los representantes del partido conservador cómodamente instalados al mando en Queen’s Park, pretendan alguna que otra vez, con enredos semánticos y jugando a una especie de teléfono descompuesto, que el tema está laudado, no ha de sorprender a nadie que llegue el nefasto día en que tales señores reabran la discusión legal y terminen coartando el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro propio cuerpo. Discusión básica si las hay.

Pero, siguiendo con el título de esta contribución, el tema son los derechos del feto. Efectivamente, se trata un grupo cuyas características los hace ideales para que con ellos se enarbolen banderas. Simplemente porque los fetos no exigen ni esperan nada.

A diferencia de los presos y de los que sufren problemas de adicción, no acarrean complicaciones morales. No les genera ningún resentimiento la condescendencia con la que se los trata, como sí sucede con los que padecen la pobreza crónica y sufren a diario y en la mayoría de los casos de por vida sus consecuencias. Tampoco se quejan si las referencias que de ellos se hacen no son políticamente correctas.

No se asemejan a las viudas, ni exigen que se cuestionen las dinámicas patriarcales. A diferencia de los huérfanos, no necesitan dinero, educación, o servicios de salud.

Como no son inmigrantes no acarrean la mochila de la raza, religión o cultura que resulta extremadamente molesta para tantos. Los fetos son tan generosos que hasta permiten que aquellos que abogan por sus derechos puedan sentirse orgullosos de sus acciones, sin tener que crear ni mucho menos mantener ninguna relación con ellos.

Y lo más interesante es que una vez que nacen uno se puede olvidar de ellos, porque ya no pertenecen al grupo por el que se lucha.

Se puede estar a favor de los fetos, sin que dicha lucha implique ningún riesgo para la posición social, de poder, riqueza o privilegio que ostente el que tan fervientemente grita para salvar vidas que aún no lo son olvidándose de la vida que las alberga.

No se requiere tener que alterar estructuras sociales, pedir disculpas ni pagar por daños a nadie.

En resumen, son el grupo perfecto para defender y querer sobre todo si al mismo tiempo se proclama el amor a Jesús, pero se rechaza a los que respiran.

Presos, inmigrantes, los enfermos, las viudas, los huérfanos, todos aquellos que la misma Biblia menciona, todos sin excepción, son sacrificados por los derechos del feto, pero fundamentalmente las mujeres, la vida de nosotras es la que menos vale para los grupos que irónicamente se autoproclaman a favor de ella.

Habrá quien esté pensando que mis palabras son demasiado duras, y hasta quien en un esfuerzo por negarles veracidad, en tono de insulto, me tilde de feminista. Concuerdo con ambas categorizaciones, porque la batalla que enfrentamos es dura y porque la derrota significa la muerte de cientos de miles de mujeres que dejarían de acceder al derecho básico de decidir sobre su cuerpo sin que ello implique poner en riesgo su vida y su futura fertilidad. Feminista si, por necesidad y no por capricho. Porque de lleno creo que el feminismo tiene como concepto básico que las mujeres somos seres humanos.

Y no pretendo que tengamos más derechos que los hombres. Solo los mismos.

*Periodista y trabajadora social uruguaya, residente en Toronto.