La historia de Willian Pacho no comenzó en el césped inmaculado de París, sino en el polvo de Quinindé.
En esmeraldas, la provincia más pobre de la costa norte ecuatoriana, dio sus primeros pasos y cuentan que casi al mismo tiempo aprendió a patear el balón.
Creció en el barrio El Blanquito, en una casa humilde, donde su madre lavaba ropa ajena para poder alimentar a sus hijos.
El hambre de gloria de Pacho nació en el barrio Luz de América, en Quinindé, donde el futbol representa una salida de la pobreza, y llegaba a entrenar con zapatos viejos pero con una convicción inquebrantable y carácter forjado a la medida de su origen.
Su camino al éxito significó una lucha constante contra el rechazo y la adversidad. A los 14 años, fue desechado por el equipo Liga de Quito, una prueba que lo dejó destrozado, pero su mentor, Byron Cedeño, nunca dejó de creer en él.
Sin embargo, el sacrificio más grande lo vivió al inicio de su carrera profesional: cuando parecía que la vida le abría las puertas anchas del éxito, le puso otra prueba a su determinación.
El 2 de noviembre de 2019, Pacho gozó de la oportunidad más anhelada, debutó con Independiente del Valle sin saber que, en ese mismo momento, su madre perdía la batalla contra el cáncer.
Sus hermanas le ocultaron la noticia para protegerlo, y el impacto fue devastador. En homenaje a ella, desde entonces lleva el dorsal 51, la edad a la que esta falleció.
Poco tiempo después dio el salto a Europa, y el denuedo y su talento recibieron el premio de un recorrido expedito hasta llegar al PSG, con quien ha ganado la Champions League.
Con la misma fuerza con la que superó la pobreza y el dolor, ahora se prepara para representar a Ecuador en el próximo Mundial. Él constituye la historia viva de que los sueños se construyen desde abajo, con esfuerzo y sacrificio.










