Pasaba los fines de semana del invierno en mi cabaña del lago, en Devil Mountain, y me gustaba salir en las madrugadas del mes de diciembre a contemplar la caída de las Gemínidas con mi telescopio. El frio hibernal no invita a tan paciente trabajo pero, con un ratio de más de un centenar de estrellas fugaces por minuto, la observación anual de aquel fenómeno se había convertido para mí en un rito lleno de magia y fascinación. Una noche poco exitosa, con el termo de café todavía medio lleno, me dirigía de regreso, cruzando el bosque y pensando en el fuego de chimenea que encendería en la cabaña.
Una alteración en el ambiente llamó mi atención. De repente dejó de correr la brisa, el más funesto silencio se adueñó del paisaje y un resplandor brillante se entrevió en la profundidad del bosque. Inmediatamente tuve la certeza de que aquella situación no era normal. Sentí un empujón, como si el viento intentase absorberme hacia el lugar del que había venido aquel resplandor, pero acto seguido aquella ráfaga cambió de dirección y me embistió sin piedad, haciéndome caer al suelo. Atontado, hice un esfuerzo por incorporarme, pero sin perder de vista la densa arboleda, pues una especie de niebla de una densidad rojiza surgía del bosque generando una luminiscencia fantástica.
Me pregunté si algún fragmento meteorítico hubiera podido caer en la zona, pero no había escuchado ningún ruido. Me adentré entre los árboles mal que bien, gracias a las raquetas de nieve que llevaba calzadas. Toda la vida animal del bosque se había esfumado. Yo tenía la impresión de estar entrando en una realidad velada a la que no pertenecía, y se despertó en mí el instintivo convencimiento de estar a punto de presenciar algo que nadie debería ver.
A medida que la profunda arboleda me engullía, el resplandor de la niebla se fue concretando en una suerte de pulsación escarlata, totalmente antinatural, que de forma intermitente cegaba mi vista. Me sentía mareado y cerca del vértigo pero, por tanto, no podía dejar de avanzar al encuentro de aquella inverosimilitud. El paisaje se volvía más insólito a medida que avanzaba y de repente me di cuenta de que la inclinación de los troncos de los árboles se volvía cada vez más acentuada, hasta que, cerca ya del epicentro de aquel misterio, los árboles estaban casi tumbados en el suelo, en una inusual disposición concéntrica, como si el origen de toda aquella situación hubiese sido algún tipo de potente explosión, aunque algo así parecía imposible.
La densidad del aire en aquella zona empezó a ser desagradable y la espesa niebla no me permitía determinar el origen de aquella enfermiza pulsación, aunque tuve la impresión de que venía de algún tipo de agujero en el suelo. La cabeza me daba vueltas y necesité hacer un esfuerzo para adaptar mi respiración a la pesadez del ambiente.
A sabiendas de que estaba cerca de averiguar qué estaba pasando, saqué una pequeña linterna de mi bolsillo, con la intención de ayudarme a ver por dónde pisaba al caminar. En un punto en que la nieve del suelo se volvía de un gris casi negruzco, me detuve al observar que ante mí el suelo se hundía en una especie de hoyo o cráter, del cual emergía la pulsante luz roja que me había guiado hasta allí. Estando ya tan cerca de aquel improbable fenómeno, la intensidad de la luz me pareció insoportable y, al mismo tiempo, sentí cómo la incesante pulsación de luz empezaba a hipnotizarme.
No podía moverme. Toda mi voluntad, todo mi carácter, luchaban por liberarse de aquella esfinge de luz que -ahora lo sabía- no podía tener un origen natural. Fuese lo que fuere aquello, tenía que ser algo artificial y probablemente peligroso, quizás dotado de algún tipo de radiación dañina.
Para mi asombro, en mitad de la densidad y de la luz, algo empezó a moverse. De repente mi mente se liberó de esa ensoñación y me puse a correr lo más rápido que pude hacia la salida del bosque, evitando en todo momento mirar atrás, convencido de que algo me estaba persiguiendo.
El camino hasta la cabaña me pareció eterno. Al llegar vi que algunos de los cristales de las ventanas estaban rotos y que la mecedora todavía se mecía ligeramente a causa de la onda expansiva que antes me había tirado al suelo. Me dirigí directo al teléfono, con la sola idea de llamar a la policía y a los servicios de emergencia. Mientras una voz respondía al otro lado de la línea, mi voz se quebró al ver que, envuelta en la roja niebla, la horrible figura que me perseguía me estaba mirando a través de la ventana, y que su cara era la mía.
Miguel Vararte
Escritor, guionista, pintor y dibujante español residente en Burdeos, Francia.










