A pesar de mis raíces mexicanas, antes del verano pasado yo no conocía mucho sobre lo que los turistas clasifican como la típica experiencia de viajar a México.

Cuando uno los escucha, se imagina las playas azules de Cancún o del Cabo San Lucas, unos tacos y, quizás, los famosos sitios arqueológicos de Chichen Itzá.

Por mi parte, imaginaba estos viajes recordando las visitas familiares que hicimos al estado de Guanajuato. Tenía la imagen de mis primos y tíos recibiéndome en la terminal de autobuses, de las gorditas de queso que me recibían en la casa de mi tía y, como siempre nos quedábamos ahí, las memorias que nos unían a la vida cotidiana de mis familiares.

Aun así, siempre tuve la curiosidad de experimentar el clásico viaje a Cancún del que me contaban mis amigos y que hice el verano pasado.

Junto a mis dos tías, mi hermana y mamá, nos fuimos en un viaje de una semana y nos quedamos en la zona hotelera de Cancún la mayor parte del tiempo. Aunque muchos de mis conocidos nos recomendaron quedarnos en un hotel todo incluido para poder tener la seguridad de que siempre tendríamos dónde comer y actividades para hacer, decidimos quedar en un Airbnb para poder vivir la vida más natural del lugar. En la semana que estuvimos ahí, casi no descansamos. Aprovechamos para probar las sabrosas marquesitas, un postre tradicional de la región, ir a los mercados, y pasar todo el tiempo posible en el agua calentita del mar.

Ya estando en el área, también aprovechamos para unirnos a muchos de los tours pasándonos de nacionales del país. Fuimos a Chichen Itzá, Tulum y un tour que le recomendaría a todos: la Isla Mujeres.

Este tour fue mi favorito por lo pura que fue la experiencia. Mi familia llego en camión a una dársena llena de barcos enormes de dos niveles, cruceros y, a un ladito, unas lanchas pequeñas con dos marineros nativos. Ahí es donde empezó nuestro tour. Salimos de la dársena y nos llevaron directo a ver las famosas esculturas debajo del agua. Luego fuimos a un área apartada pero calmada del mar donde nos dieron la opción de bajar de la lancha para disfrutar lo que llaman una experiencia “única”.

De los tres grupos que iban en la lancha, solo mi hermana y yo aceptamos la oferta. Nos dieron gafas para nadar pero, para mi sorpresa, no nos dieron ningún equipaje formal de snorkel. Mi hermana y yo nos metimos al mar acompañadas por el capitán de la lancha, y así -cada una agarrando sus hombros- nos llevó a ver un naufragio, arrecifes de coral, muchas especies de peces, y hasta a buscar conchas del mar en un área no muy profunda.

Fue una experiencia única y nos llevamos muchísimos recuerdos. Al final de todo el viaje salí muy agradecida de que habíamos decidido buscar nuestro propio camino en Cancún y pudimos gozar de unas actividades inolvidables. Ya estoy planeando mi próximo viaje a México y no se dónde voy a parar esta vez, pero espero poder seguir conociendo más de este lindo país. Les recomiendo a todos que también se animen a hacer el viaje.

Allison López Hernández
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Estudiante de Biología en la Universidad de Toronto. (México y Guatemala)