¡Feliz año nuevo!

Estamos a las puertas del año 2026, y este umbral temporal no es solo un cambio de calendario: también representa, en la psicología humana, la apertura simbólica de un nuevo espacio interior. El inicio de un año siempre activa una dimensión profunda de expectativas, donde el futuro se percibe como territorio aún no explorado y, por tanto, cargado de esperanza.

Como seres humanos, por ahora confinados a este lugar llamado Tierra, experimentamos cómo nuevas emociones comienzan a abrirse paso en nuestro interior. En este tránsito, casi todos albergamos deseos similares: cambios reales, el fin de los conflictos, la superación de los individualismos, de los egoísmos y, sobre todo, de las guerras que siguen marcando el rumbo del mundo.

En mayor o menor medida, existe un esfuerzo colectivo por mitigar las diferencias y permitir que algo nuevo emerja. Las libertades, al menos en el imaginario, se proyectan hacia el futuro como una promesa posible, una esperanza que aspira a llegar también a nuestros corazones. Esa es, sin duda, la dimensión positiva que acompaña la llegada de un nuevo año.

Sin embargo, para que esa esperanza se materialice, no basta con el deseo. Es necesario algo más profundo: que la humanidad se ponga verdaderamente en marcha y aprenda a caminar unida. Hace falta que todos rememos en la misma dirección, que comencemos a valorar al otro como valoramos nuestra propia vida. Colocar de forma intencional al otro en el centro —reconociendo que posee espíritu, dignidad y sentido, al igual que uno mismo— es la base de cualquier cambio real y duradero.

Estamos aquí para valorar el mundo, nuestras relaciones y abrir un nuevo futuro. Pero ese futuro no se abrirá de manera gratuita. Exige una acción consciente, ilimitada en compromiso, sostenida en el tiempo y acompañada de sacrificio. Basta observar los grandes cambios de la historia para comprender que nada nuevo ha surgido sin esfuerzo.

Si verdaderamente deseamos un mundo distinto, debemos romper con la retórica hipócrita y formalista que hemos normalizado. Hemos construido un mundo aparentemente correcto en las formas, educado en el discurso, pero vacío en el fondo y, precisamente por ello, profundamente peligroso. Esta realidad no es ajena a nuestra responsabilidad individual: tiene que ver con la contribución cotidiana de cada uno de nosotros.

El ejemplo más evidente de esta hipocresía se refleja hoy en el ámbito político y social. ¿Cómo puede entenderse que Estados Unidos cuestione a Venezuela por sus procesos electorales mientras interfiere en los de Honduras? Esta contradicción expone una práctica de manipulación que debe ser abandonada si aspiramos a vivir plenamente como seres humanos.

No debemos olvidar que quienes están “arriba” reflejan, en muchos casos, lo que también somos “abajo” en nuestras pequeñas decisiones diarias. Para que ese anhelado “feliz 2026” sea verdaderamente feliz, es imprescindible cambiar nuestro modo de vida, revisar nuestras acciones y asumir, sin excusas, la responsabilidad que nos corresponde en la construcción del mundo que decimos desear.

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