Del pasado incierto

A Eréndira Corona

«…ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada sabemos con certidumbre —ni siquiera que es falso».

 Jorge Luis Borges (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” – 1940)

Recuerdo su sombra monumental contra el cielo rojizo de la escollera, con la espalda apoyada en una enorme roca, la caña de pescar en una mano y el cigarrillo en la otra. A veces, la roca se estira sobre él semejando un pico de águila o de cóndor. Recuerdo también que no fumaba, que pescaba con el sedal enrollado en una lata y acaso no era tan alto. Recuerdo la paz de su mirada compasiva, las palabras lentas y precisas. Recuerdo (creo) que no se llamaba Álvaro; que acaso no tenía nombre, sólo un apodo como Charrúa o Barragán, algo impersonal que más que nombrarlo se antojaba un adjetivo.

Creo recordar que habló de semiótica, de palabras falaces que representan conceptos distintos para cada quien y rara vez repetimos con idéntico significado. Lo veo o lo sueño diciendo que, según el interlocutor, el contexto y hasta el estado de ánimo, palabras como verdad, admiración o amor adquieren múltiples matices; que memoria puede ser sinónimo de recuerdo o permanencia, pero también de falsificación, mentira, invento… Creo recordar que aquello me pareció absurdo.

Hay presencias fugaces que nos marcan para siempre, personajes que la memoria atesora, pero también difumina, disfraza, corrige… Los recordamos hasta que, sin darnos cuenta, empezamos a recordar su recuerdo, a suplantar el hecho con una representación del hecho. Todo se confunde entonces, se pierde en una bruma cada vez más densa que sólo podemos disipar imaginando.

Ahora que soy viejo –como él era y sigue siendo–, yo también sé que no existió, y sé que si ese hombre magnífico que creo recordar leyera esto, diría que el verbo saber es alegórico; que los hebreos unieron los verbos llegar y ser para simular el futuro que su idioma no conjuga y darle nombre a su dios; que nosotros, devotos de la Ciencia, deberíamos hacer lo mismo con los verbos creer y saber para dotar a ese Dios Nuestro de un mínimo de sentido filosófico. Diría que nada se sabe; que sólo creemos saber. Y aunque no lo haya dicho nunca, aunque tal vez no existió como lo recuerdo, sé que lo diría porque intuyo que los huecos de la memoria se llenan con materia soñada, con ilusiones e ideales; de modo que esos personajes recordados que nos marcaron son, en buena parte, lo que una vez quisimos Llegar a Ser.

Imagino, sueño, intuyo, sé –sinónimos en este caso– que en esos recuerdos reinventados habitan ambiciones pendientes y fracasos cumplidos. Creo –y en la falacia del idioma conjugo aquí los verbos creer y crear al mismo tiempo– mis recuerdos hechos de partes perdidas de mí mismo, de un yo posible malogrado.

Hoy, con el río de Heráclito revuelto, intento juntar esos pedazos en otro muelle, frente al horizonte rojizo del ocaso, con la caña de pescar en una mano y el cigarrillo en la otra. A mi lado, un muchacho aguileño enrolla el sedal en una lata y habla de ser escritor, de su pasión por las letras, de la frustración que lo agobia al sentir que sus textos están tan lejos de los que admira. Me observa fascinado y yo, que ya fracasé en mi intento de inventar la página, el párrafo, la frase que me justifique, apoyo la espalda en una enorme roca, me apiado de él y le digo:

–Las palabras, joven, son signos falaces. No sólo representan conceptos distintos para cada quien, sino que rara vez las repetimos con idéntico significado…

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