Mejor, no meterse.

¿Que levante la mano quien esté dispuesto a jugársela por el prójimo? y aquí no me refiero a un familiar ni a un amigo, pues en ambos casos, creo yo, que nos la jugaríamos sin pensarlo. El prójimo al que me refiero es un desconocido; un anónimo que irrumpe en nuestra cotidianidad dejándonos mucho más que su estela al pasar.   

Es lunes, siete de la mañana. Entras en la cafetería de siempre por tu “latte” mañanero. La fila no es tan larga, con un conteo rápido ves cinco o quizá siete personas, «no está tan mal», piensas y te formas. Cruzas los brazos y observas la sonrisa del cajero, la diestra del barista y a los clientes: unos que esperan y otros que salen satisfechos con su orden. El ambiente, con aroma a café, reproduce una vez más otra mañana igual a las anteriores, pero de repente tu ojo capta algo que te obliga a voltear. Haces “zoom” y tus retinas reciben imágenes que, en un principio, no comprendes. Un hombre sentado en una mesa contando dinero, pero no un billete ni dos, sino cientos. No puedes creer lo que ven tus ojos: un montón de billetes de cien. El tipo los cuenta con cuidado y los ha colocado en orden sobre la mesa.  

Él, te parece de la edad de tus padres, entonces piensas en ellos, aunque no deberías hacerlo. El cabello completamente blanco, la barba descuidada, la piel quemada por el sol, se nota porque él es de raza blanca, un gringo, dirías tú. Lleva una camiseta amarilla, vieja y sucia que le queda grande, está rota en el cuello y las mangas. Los pantalones no son distintos al estado de la camiseta. Junto a él un andador del que cuelga un bolso, rasgado y a medio abrir, de donde sólo se puede ver bolsas plásticas desordenadas. Aquello del bolso podría ser todo su patrimonio, pero eso no es lo que llamó tu atención en un principio. Regresas la vista hacia la mesa y el dinero, ordenado en bloques como si se tratara de un juego. Tu ojo capta ocho o quizá diez grupos de billetes, todos de cien, y en cada grupo, crees, habrá seis billetes: tus cuentas rápidas te dicen que, sobre esa mesa, hay más de cinco mil dólares. «¡Cinco mil dólares!», piensas; te avergüenzas de lo que haces: calcular el dinero. Para qué querrías tú saber la cantidad. No hay una razón monetaria, lo que tienes es miedo. Miedo por él, aunque sea un desconocido lo percibes indefenso y te preocupa. Si fuera un amigo o un familiar, te acercas y le dices que no haga eso; contar el dinero en un lugar público puede ser muy peligroso, entonces le ayudarías a recoger todo y lo llevarías a un lugar seguro. ¿Te la jugarías por él, cierto?, pero éste no es el caso.

Llega tu turno de pedir el “latte”, mientras el cajero registra la orden, vuelves la mirada, aún incrédula, hacia el tipo de la mesa de los cinco mil dólares, y en el trayecto adviertes que alguien más ya lo ha notado. Alguien más lo mira con ojos suculentos. El barista te espera, retiras el café y emprendes la salida. En menos de un minuto pretendes decirle al tipo del dinero que se cuide, que no haga eso, que la gente lo mira, pero una vocecita interna te dice que no, que es mejor no meterse. Caminas junto a él, casi rozas su mesa y, justo antes de cruzar el umbral, echas un último vistazo a esa que es tu cafetería de todos los días y te das cuenta de que se ha convertido en un lugar lleno de cuervos carroñeros que, adviertes, están listos para el banquete.