Don’t judge me if I don’t like your dog.

Sí, me gustan los perros, pero prefiero verlos en una fotografía o en un video: de lejos, desde donde no me puedan asustar.
El fin de semana que paseábamos por el parque, mi esposo acarició a cada perro que pasó junto a nosotros. “Ven, acarícialo”, me dijo en varias ocasiones. Se esforzó mucho en atraerme hacia ellos; pero nada funcionó. Quiere que tengamos un perro. Extraña al Yaqui, su perro de la infancia; dice que el perro es el mejor amigo del hombre. Yo nunca tuve un perro y no sé si estoy lista para tenerlo.
La única experiencia con un canino sucedió en mi infancia: yo tenía diez años y mi hermanito siete. Nos habíamos adueñado de la calle, transformándola en una cancha de fútbol. Pateábamos la pelota muy fuerte, tanto que terminaba golpeando la puerta de la vecina. Ella nos advertía que no jugáramos en la calle. “No pateen la puerta”, gritaba desde su balcón, mientras su perro también nos ladraba quizá diciendo lo mismo “no pateen la puerta”. Sí, eso pasó más de una vez. Pero dos niños, después de un largo día de escuela, con una pelota en la calle ¿Qué se puede esperar?
No recuerdo haber notado cuando las puertas de la casa de la vecina se abrieron, solo recuerdo haber visto al pastor alemán ladrando y corriendo hacia nosotros. Ahora sé, que era un pastor alemán, pero a mis diez años ese perro era un lobo. Un lobo feroz de colmillos grandes y agresivos. Mientras él se acercaba yo solo alcancé a gritar “Súbete” y mi hermanito comenzó su escalada en la primera puerta de barrotes horizontales que había detrás de nosotros. Trepamos como si fuéramos expertos escaladores: con seguridad, con rapidez. Trepamos hasta casi la cima; trepamos a la velocidad que solo el miedo procura, trepamos mirando al cielo porque abajo unos colmillos furiosos nos perseguían.
Mi miedo a los perros comenzó en ese preciso momento: sosteniéndome de esos barrotes con mis manitas infantiles, mientras los fuertes ladridos del “German Sheppard” se convertían en la banda sonora de unos de los momentos más aterradores de mi infancia.
Esa fue, hasta ahora, mi única experiencia cercana con el mejor amigo del hombre. La banda sonora de ladridos, que ha quedado grabada en mi cabeza, es la que escucho cada vez que tengo cerca al mejor amigo del hombre. So, please don’t judge me, if I don’t like your dog.

Nació en Quito, vive en Toronto. Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto y ganadora del premio “Marina Nemat” 2022 otorgado por la misma Universidad. Primer lugar en el XIV concurso de cuentos 2019 “Nuestra Palabra Canadá”. Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias de España, Uruguay y México. Y su trabajo ha sido publicado en varias antologías de cuento.

4 COMENTARIOS

  1. Me encantó tú historia, me hiciste recordar cuando era niño, mi primo y yo solíamos pasar todos los días por una casa de la zona donde vivíamos y molestabamos a un Rottweiler que estaba en la azotea, nos ladraba ese perro que creo que ya hasta nos reconocía. Bueno, ese día paso lo que tarde o temprano iba a ocurrir, aquel animal, salto de la azotea, corrimos como si nos hubiera perseguido el mismísimo demonio, cuando mire hacia atrás a ver a mi primo, sus ojos parecían salirse de su cara….lo demás es historia…

  2. Wuaoh, a veces nos prejuiciamos con las personas que no quieren a los animales, y nunca preguntamos el porqué. Esto es importante, porque es lo que nos permite relacionarnos o no. En mi caso es con los gatos. Tenía una tía que experimentaba con la santería y tenía un gato negro, desde entonces, mi relación con ellos es lejana y casi de una interferencia con mi mano, dibujándole la señal de la cruz, ja, ja, ja. En cuanto a los perros, crecí con un Golden retriver, y los amo. Así que entiendo tu terror. Que este post nos ayude hacer más empáticos y menos jueces con aquellos que no comparten el amor por los caninos, porque algo debió haber pasado en el ese crecer. ¡Muy atinado texto!

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