El silencio

Tal como Usted seguramente ya lo habrá percibido, resulta sencillo detectar con sus diferentes morfologías sobre toda la superficie de nuestro planeta una nutrida y diversa cantidad de acciones, lugares, decisiones, inmuebles, reuniones, gestos, inventos, opiniones, manifestaciones y un sinfín de cuestiones más que cuentan con un total ausentismo de fundamentos con sentido alguno. Cuando hablo de “falta de sentido” aquí no necesariamente me estoy refiriendo a los profundos sentidos existenciales de un ser como pueden ser el amor, las pasiones, las creencias, entre otras, sino por lo menos a un “tener sentido” siquiera superficial y cotidiano, a que aquel determinado elemento o acción posea alguna mínima utilidad o cumpla la más minúscula de las funciones.  Muchos de ellos, ni siquiera cuentan con el más ínfimo fin estético, lo que claramente por consecuencia terminaría teniendo también beneficios funcionales.  

Ahora bien, modelos y paradigmas de sin sentidos hay a millones, y en todas las latitudes, pero personalmente me preocupan de sobremanera, aquellos que son reducidos y frecuentes, y tan pequeños y tan presentes en la cotidianidad que pasan desapercibidos con sus vestimentas camufladas, y uno los termina no solo aceptándolos sino que incorporando como propios, y eso más que preocuparme me asusta.  Por mencionar solo uno de estos diminutos mensajeros del no sentido,  aquí tengo a varios de ellos extremadamente cerca de mí en este preciso momento, a pocos centímetros de mis dedos, y que hace ya un tiempo que particularmente estoy teniendo un problema personal con estos, o mejor dicho con estas: las letras h, en mi querida  lengua española.  

Hoy en día, y ya hace un tiempo muy considerable, el grafema h no tiene valor fonético, no representando ningún fonema, y se lo continúa utilizando solo por razones etimológicas o históricas.  Claro que combinada con la C, como dígrafo “CH” cobra sentido, pero bien esta podría ser una letra por sí misma.  Por lo que el símbolo h, como letra, resulta definitivamente innecesaria.

Seguramente Usted como conocedor del lenguaje, me pasará a explicar sobre las raíces y orígenes de nuestra riquísima (y por cierto lo es) lengua española, donde se convertían las h en jotas, que se usaba como una aspiración (la cual poco a poco fue degradándose), que ocupaba el lugar donde había una F en latín, que se usaba junto a la “P” para sonar como F, de que en Andalucía o zonas rurales de la ribera caribeña hasta hace un tiempo seguía representando un sonido en algunas palabras, que en los inicios de la imprenta se le agregaba a palabras como “huevo” porque se escribía “vevo” y traía problemas de comprensión, etc, etc, pudiendo así estar horas justificándome la existencia de esta letra.

Todo eso es cierto, pero fue parte del pasado.  Llega un momento en la historia de todas las cosas, como también en la de las lenguas, de que ciertas funciones, costumbres, tradiciones, hábitos, reglas, pierden su objetivo, su valor, su función, y peor aún, comienzan a generar problemas, pérdidas de energía, de tiempo, generando entorpecimientos, comenzando a jugar claramente para el equipo de las desventajas que de los beneficios, entonces permítanme refutarles sus convicciones a aquellos tradicionalistas defensores de la H a capa y espada.  Creo seriamente que si estos grafemas no fuesen mudos, ellos mismos se convocarían y se pronunciarían con vigor desde lo alto de alguna torre renunciando a la lengua española, para migrar hacia otras lenguas en la que puedan sentirse verdaderamente útiles.

Pienso en un libro cualquiera, lo busco y lo tomo, cuento y tiene 251 hojas, 502 páginas, abro en una página cualquiera, al azar, ahora cuento las h, son 23, hago un ligero cálculo solo a modo de promedios, de baja precisión pero de útil aproximación, bien,  en este libro tendremos alrededor de 11 o 12 mil silenciosas h.  Para la existencia de cada una de ellas se ha utilizado algo de tinta, algo de papel (espacio ocupado), se ha consumido una cierta energía biológica para tipearlas, y energía eléctrica para imprimirlas.  Sucede que al considerar esto para los miles de libros que se editan por año, obtengo resultados siderales de tinta, papel, tiempos de escritura, tiempos de impresión, tiempos de lectura.., cifra suficiente con la que traducida a costos se podría haber construido (por ejemplo) varias escuelas, y tiempos que hubiesen servido para dar decenas de miles de abrazos.  ¿Beneficios?: ¿No olvidar los orígenes y las raíces de nuestro idioma?.  De ser esa su respuesta proponga en su próxima reunión de trabajo de que todos los empleados comiences a trasladase al trabajo en caballo, para así no olvidar y tener presente los orígenes de los medios de transportes.

Pero aquí lo más importante y que va más allá de las cuestiones económicas, de tiempos perdidos, de recursos y de practicidades: el educar, explicar, reglamentar y corregir, dentro de algo tan cotidiano, necesario, y que es la base del pensamiento mismo tal como es el idioma, en la utilización de determinadas normas que carecen de sentido actual alguno y la firme reglamentación de que debe cumplirse, genera e incorpora el concepto de que está bien y de que es lo correcto la utilización de elementos antifuncionales, que no cuentan con ningún tipo de utilidad, realmente para nadie.  Y este supuesto tradicionalismo comienza a fijar, a establecer, de a pequeñas dosis, de que es apropiado adaptarnos y convivir con elementos, acciones y conductas, que no poseen sentido.  Tal vez a Usted le parezca exagerado mi análisis, no a mí, es más, pienso que estoy siendo demasiado breve, ya que son sensiblemente más dañinos y nocivos los minúsculos mensajes aplicados de manera perseverante que los grandes anuncios apocalípticos en pocas cantidades.  Lejos de defender a los sin sentidos mayúsculos, sugiero estar más atentos a estos pequeños que son persistentes multitudes.

Es ora de modificar no sólo una letra, sino unos cuantos viejos conceptos del ombre, actualizando inteligentemente nuestros ábitos como sociedad para el beneficio de todos.

Guillermo Appendino

autor de microcuentos y microensayos argentino. Puede seguirlo a través de su cuenta de Instagram @guillermo.appendino