A mis escasos 17 años cumplidos llegué, junto con mi madre y una hermana, a lo que serían ocho años de cautiverio en un país donde no contar con un estatus legal todavía no había adquirido las proporciones inhumanas de hoy en día. No tener “papeles” en Estados Unidos, a principios de este siglo, no ameritaba mayor inconveniente, pues tan solo bastaba con comprar una identificación falsa para pasar desapercibido y vivir “casi en paz”. De esta manera, fue como comencé a laborar en una tienda de recargo de combustible para camiones, es decir, una truckstop. Mi tarea consistía en mantener el establecimiento lo más limpio posible y contestar a las preguntas de los clientes que, en muchas ocasiones y sobre todo al principio, no podía descifrar debido a lo difícil y extraño que me parecía su acento sureño. Después me acostumbré y hasta lo pude imitar; ya en Canadá me costó quitármelo, “pero esa es otra historia”, frase célebre de la nana Goya, personaje interpretado por la actriz Dolores Novarro Ronquillo al participar en comerciales para un reconocido banco de la época en México. Gracias a que en dicho país, el cual viene a ser también mi país de origen, yo ya había estudiado inglés, la lengua inglesa nunca representó demasiado inconveniente para mí –salvo por el acento-, mas no así para mi madre, quien en innumerables ocasiones se quedó, literalmente, sin palabras.

Y fue así como intenté conquistar el sueño americano. Me fui acostumbrando a lo duro de un trabajo que jamás en mi vida había desempeñado. Tenía que aguantar jornadas muy largas bajo el sol infernal del desierto texano y recoger pesados botes de basura, cuyos deshechos con botellas de orina de los conductores, a menudo terminaban explotándome en la cara. La poca atención hacia los que desempeñábamos este tipo de labores, y en la mayoría de los casos inmigrantes ilegales, impidió que en esta época cruzara por mi mente que el no tener papeles fuese algo negativo e inclusive vergonzoso…  hasta que ocurrieron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, fecha que me atrevo a llamar como el principio del fin del sueño americano.

A partir de entonces, todo cambió y de la noche a la mañana comenzaron las campañas de desprestigio en contra de los que no contábamos con documentos en regla que nos permitiera acreditar nuestra “estadía legal en el país”. Una vez en el aeropuerto de Dallas me interrogaron de tal manera que pensé me iban a deportar. El ambiente se hizo cada vez más tenso y en muchos lugares comenzaron a despedir a la gente de sus trabajos; yo por fortuna me libré. Sin embargo, de lo que no pude librarme fue del rechazo y del desprecio de una retórica en contra de todo lo que tuviera que ver con el idioma español, y en general, del modo de vivir de la población “latina” o “hispana”, como ese país nos ha catalogado desde 1970. Desde el momento en que se sabía que mi nombre era “Juan Carlos” (una especie de pronunciación que yo entendía como ‘One Car-loos’), sentía cómo automáticamente se me etiquetaba como una persona carente de los valores de la población mayoritaria y que, por consecuencia, me impedía pertenecer a ella. Comencé a ser excluido de círculos de amistades, a presenciar burlas de lo mexicano con el famoso “ándale” del caricaturesco Speedy Gonzáles, y a escuchar el uso del término “ilegal” hasta en las conversaciones más vanas, solo por mencionar algunos ejemplos. Todo esto derivó para mí en un conflicto de identidad personal.

En un intento por borrar la mancha de la vergüenza, de desprenderme de mi estatus ilegal, decidí que ya no quería ser mexicano. Así pues, opté por apropiarme de un acento peninsular y a todo aquel que me preguntara de donde era, le contestaba que de un pueblo de Cataluña sumido en los pirineos. Para hacer más convincente mi historia, también aprendí “una mica de català”. Lo paradójico de esta situación es que hoy muchos centroamericanos intentan imitar el acento mexicano para no ser deportados a sus países. Ser español me permitía desenvolverme con más libertad, pues percibía una actitud positiva cada vez que mencionaba ser del otro lado del Atlántico. De esta manera, muchos estadounidenses querían establecer contacto conmigo, sobre todo las chicas; pero esa es otra historia –insiste la frase de la nana Goya-, porque en ese momento yo ya sabía que mi interés sexual estaba orientado hacia las personas de mi propio sexo… Es otra historia.

Mi lugar de refugio fue la universidad donde afortunadamente pude estudiar, sin que mi estatus legal fuera un impedimento. Debido a que en ese momento algunos representantes de la legislatura del estado habían hecho posible que personas como yo, los famosos dreamers, pudiéramos pagar la matricula como residentes, me fijé la meta de estudiar una carrera que me permitiera dar a conocer la riqueza cultural del mundo hispano. Elegí estudiar una licenciatura y una maestría en lengua y literatura que me sirvió para hacer frente a mi conflicto identitario. No estaba en mis planes dejar a mi familia, pero tuve que hacerlo la noche en que el Dream Act no fue aprobado en el año 2009. Esta ley hubiera permitido que personas como yo, obtuviéramos el derecho a permanecer legalmente en el país y eventualmente accediéramos a la ciudadanía. (Des)afortunadamente esto no ocurrió, y fue así como decidí probar suerte en el país del norte. A Canadá llegué una noche de verano de hace diez años, y desde el momento en que el oficial de inmigración me dio la bienvenida, sentí una especie de toque eléctrico que me decía que aquí sí iba poder ser libre. Canadá me despertaba de una pesadilla y me daba la oportunidad de no seguir soñando.

Hoy en día me desempeño como profesor de español en la universidad con mayor prestigio del país, la universidad de Toronto. Mi filosofía de enseñanza no solamente se apoya en los aspectos formales de la lengua, sino y principalmente, en el diálogo intercultural. Estoy profundamente convencido que, para preparar a las personas en el dominio de cualquier lengua, es de suma importancia un acercamiento que les provea la oportunidad de entender la cultura del otro, de ponerse en sus zapatos, y no simplemente de un aparato de reglas gramaticales que, en el caso del español, siempre termina por frustrar a muchos por la cantidad de excepciones que hay. Para fortuna mía y de los miles de inmigrantes de origen latino que vivimos aquí, Toronto es una ciudad que nos ha abierto sus puertas. Desde la acera de lo profesional, y en lo particular, a mí me ha permitido forjar vínculos con varias organizaciones comunitarias que me han ayudado a ligar lo académico con la práctica. De que mis estudiantes conozcan la realidad de una comunidad en la diáspora que se resiste a perder sus costumbres y tradiciones.

Esta es la primera vez que me atrevo a hablar de un tema tan personal como lo es de mi experiencia como inmigrante ilegal, sobre todo en un medio público. Tal vez algo de mi trauma identitario continúa en mí, pero lo bueno de todo es que “la migra” de Estados Unidos ya no me puede deportar. Tampoco la canadiense, porque hace un par de semanas tomé el examen de ciudadanía. Sin embargo, no se me olvida que por cada historia con final feliz como la mía, existen muchas más con desenlaces tristes. Deseo que este artículo sirva como ejemplo y reflexión sobre un tema que nos atañe a todos los seres humanos, porque en este mundo nadie tiene derecho a decidir el estatus migratorio de nadie. Que no nos quedemos con las manos cruzadas hasta ver cómo políticos desalmados imponen su agenda de odio y buscan dividirnos. No bajemos la guardia pese a la fama de Canadá como un país que siempre le da la bienvenida a los inmigrantes, porque ya ven lo que está pasando no muy lejos de aquí.

Juan Carlos Rocha Osornio es profesor y coordinador de los cursos de lengua en español de la universidad de Toronto.

VIAlatin@sentoronto
FuenteCUÉNTAME.2
Juan Carlos Rocha Osornio es originario de Querétaro, México. Pasó parte de su adolescencia en Estados Unidos (Texas) y vino a Canadá en 2009 a estudiar un doctorado en estudios hispánicos en la universidad de Western Ontario (London), donde se especializó en literatura mexicana de temática homosexual masculina. Actualmente trabajaba como profesor en el departamento de español y portugués de la universidad de Toronto, y está a cargo de la coordinación de los cursos de lengua en español. Contribuye regularmente para Correo Canadiense con artículos sobre inmigración, educación, diversidad sexual, y experiencias personales, entre otros.