El costo de ser mexicano: las víctimas colaterales de una agenda de odio

A couple embrace at the makeshift memorial for the victims of Saturday mass shooting at a shopping complex in El Paso, Texas, Sunday, Aug. 4, 2019. (AP Photo/Andres Leighton)

No conozco la ciudad de El Paso, Texas, pero sí Allen, lugar donde residía el asesino que terminó con la vida de 22 personas el pasado 3 de agosto dentro de un establecimiento comercial.

La mayoría de las víctimas llevaba en vida apellidos de origen hispano, y hoy se sabe con certeza que ocho de ellas tenían ciudadanía mexicana.

Según declaraciones recientes, el autor de este ataque habría viajado a la ciudad fronteriza exclusivamente para asesinar al mayor número posible de mexicanos. ¿Por qué? Simplemente porque para este individuo, del cual prefiero omitir su nombre como se hizo con el asesino de la mezquita de Nueva Zelanda, la vida de un mexicano no vale nada. Sobra decir que la casa de los estadounidenses no es la casa de los mexicanos.

Y es que desde que el entonces candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de América se atreviera a tildar a los habitantes de los Estados Unidos Mexicanos como violadores y “bad hombres” en plena campaña presidencial, mi reputación y la de más de 120 millones de compatriotas, y por extensión la de los inmigrantes en general, se impregnó de una mancha de discriminación que desgraciadamente será difícil de borrar.

Debido a estas declaraciones, muchos estadounidenses comenzaron a ver a los inmigrantes como el enemigo principal de su sociedad nativista*, que se rehúsa a aceptar el cambio demográfico, pero sobre todo, las contribuciones positivas de los que por décadas han hecho de los Estados Unidos un país próspero. De manera particular, y debido a la cercanía geográfica, los mexicanos hemos sufrido los mayores embates de la ambición política de Trump y de su agenda de odio, cuyo propósito principal radica en dividir a las personas como forma de ejercer el poder.

No es nada nuevo que desde hace mucho tiempo México sea considerado el patio trasero de los Estados Unidos.
Desde el amanecer de aquel fatídico día donde se declarara a Trump como el ganador de las elecciones presidenciales del 2016, todos hemos sido testigos del quiebre social de un mundo que jamás volverá a ser el mismo. De la noche a la mañana, un nuevo orden social se instaló en la Casa Blanca para recordarnos la fragilidad de la vida y el protagonismo de la eterna lucha entre el bien y el mal.

Desde entonces, hemos sido testigos de familias de inmigrantes separadas en la frontera que divide a México y Estados Unidos, de niños encerrados en centros de detención bajo condiciones infrahumanas, y de padres ahogados en el Río Bravo abrazados de sus pequeños. Y la pregunta es, ¿hasta cuándo?

El trágico evento de la matanza de El Paso, Texas, marca nuevamente la escalada de violencia en un país donde adquirir armas es prácticamente tan fácil como comprar alimentos en un supermercado. Las jugosas ganancias generadas por la compra y venta de armamento son, y continuarán siendo, la principal razón por la cual los legisladores estadounidenses prefieren hacer caso omiso a una epidemia de violencia que desgraciadamente seguirá cobrando víctimas inocentes.

En este caso sus dimensiones trágicas tienen características que la equiparan a un acto de terrorismo en contra de ciudadanos mexicanos, como lo señalara el canciller Marcelo Ebrard. Sin embargo, auguro que esas palabras quedarán en el olvido, pues ni el propio gobierno mexicano se ha atrevido a contraponerse a las acciones de su homólogo estadounidense. Peña Nieto invitó a Trump a México poco después de que nos tildara de violadores, y a su yerno Jared Kushner le entregó la más alta distinción otorgada a los extranjeros, la Condecoración de la Orden Mexicana del Águila Azteca. Por su parte, Andrés Manuel López Obrador ha querido evitar cualquier confrontación directa con Trump como manera de salvaguardar el bienestar de la economía nacional. Pareciera que la amenaza de imponer tarifas comerciales se ha convertido en el AK47 de Trump.

Y mientras tanto, que políticos de ambos lados de la frontera sigan haciendo su festín, que al fin y al cabo pareciera que la vida de los mexicanos no vale nada.

“Nativism”, palabra que designa en inglés a la corriente que propugna proteger los derechos de las personas nacidas en un país sobre los derechos de los inmigrantes, aún no tiene una traducción precisa al español, pero el uso de “nativista” parece estar popularizándose de modo creciente.

Juan Carlos Rocha Osornio es originario de Querétaro, México. Pasó parte de su adolescencia en Estados Unidos (Texas) y vino a Canadá en 2009 a estudiar un doctorado en estudios hispánicos en la universidad de Western Ontario (London), donde se especializó en literatura mexicana de temática homosexual masculina. Actualmente trabajaba como profesor en el departamento de español y portugués de la universidad de Toronto, y está a cargo de la coordinación de los cursos de lengua en español. Contribuye regularmente para Correo Canadiense con artículos sobre inmigración, educación, diversidad sexual, y experiencias personales, entre otros.