Vida Errante

El público estaba expectante en la sala colmada. No me venían a ver a mí, sino a la primera bailarina a quien yo secundaba. De todas formas cumplía bien mi papel porque acompañaba con estilo sus movimientos, en una réplica bastante aproximada.

Estuvimos haciendo giros en el escenario y mientras el reflector principal la encerraba en una burbuja de luz, mi presencia lograba estilizar aún más su figura que parecía continuar más allá de su corporeidad. Así de amalgamadas.

Luego de la presentación me desprendí de ella hasta la próxima vez.

Salí al encuentro de la noche que me devoró lentamente hasta que no quedó ningún rastro de mí.

A veces no logro discernir si es el mundo el que se desvanece, o soy yo.

De algún modo al día siguiente vuelvo a nacer y hoy decidí ir al parque, que en su fiesta primaveral lucía con orgullo su corona de flores multicolores. El sol desnudo repartía su luz por todos los rincones.

Por allí correteaba un niño a quien me ligué, para sudar su carrera. A veces me pisa con sus zapatillas inmaculadas, a veces me esquiva, aunque en verdad  parece no verme.

Luego decidí desprenderme de él y conectarme con una mujer que hablaba por teléfono y mientras sollozaba le suplicaba a su pareja que no la dejara. Parece que no le hizo caso porque la pobre se desplomó en un banco que aguantaba su peso pero no su dolor. Yo sí soportaba su angustia, pero creo que responde a una necesidad mía de aferrarme a alguien que me otorgue un destello de identidad prestada por un rato para no sentirme tan sola, o tan inacabada.

¿Qué me sucede que me siento condenada a una invisibilidad casi absoluta? ¿Cuál es el secreto que custodio?

Me sumergí en el llanto de la mujer y terminé bebiendo su sufrimiento y sus lágrimas.

De repente divisé un hombre en el costado de la plaza que pedía ayuda, solo con una mirada celeste que se destacaba del mapa arrugado de su rostro, para brindarle algo de comida a un cuerpo tan delgado como el trazo de mi existencia.

Me fui con él, sentí con intensidad su desdicha y me impregné de su falta de interés en un mundo plagado de simulacros y ostentaciones. Pero estaba condenado a seguir viviendo, como yo. Me senté a su lado y compartimos la soledad.

En general me quedo mucho más con el que sufre y solo pequeños momentos con quien tiene una vida sin grandes apremios y solo como un pasatiempo para distraerme de la vacuidad de mi vida.

No soy nadie y soy todos.

Puedo danzar con la bailarina o despacio en los senderos, esperando encontrar un alma gemela que me libere de una eternidad errante. Si tan solo encontrara un lugar propio en vez de pedir monedas como ese buen hombre (que en mi caso son migajas de una realidad que no es mía) podría dejar de deambular por los pasillos del mundo.

Me fui a dormir con mi compañero de la plaza  dispuesta a ser su abrigo en esa fría noche pero como siempre ocurre, me desvanecí junto al telón oscuro del cielo.

Me hundí en una atmósfera extraña y me desperté en un lugar desconocido. No recordaba haber estado allí nunca.

Estaba todo muy oscuro y al cabo de un rato, logré discernir que estaba dentro del sarcófago de un faraón egipcio ¡Vaya lugar! Y al instante supe que me extinguiría para siempre, ya no podría salir de allí. Lejos de estar triste, me invadió una profunda calma ¡Al fin los dioses me habían escuchado!

En la plaza, mi compañero se despertó con los primeros rayos de sol, sus pies vestidos solo con el rocío matinal, abrió su firmamento celeste y comenzó a observar no sin asombro, que su silueta no proyectaba ninguna sombra.

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