Tramas

Las manos mueven rítmicamente dos agujas de tejer y muestran los surcos de un tiempo implacable que nunca se detiene. El resto del cuerpo de la tejedora parece desafiar al movimiento, e inerte, tieso, amalgamado a su asiento, contrasta con la agitación de sus manos y con la danza del ovillo que golpea las superficies al culminar cada salto. No se parece a Penélope porque nunca se ha revelado la silueta de un amor en el árido desierto de su vida. Tiene un rostro sin tiempo y una mirada que refleja una vacuidad tal, que sería más tolerable si esos ojos destilaran tristeza, al menos serían testigos de una vivencia. Solo muestran retazos de caminos sin huella y de días sin textura.

De sus agujas cae una urdimbre de lana, que en unas horas más será una bufanda. La noche llega lenta y habla de soledades porque aunque la trama siempre esté en sus manos, ella, jamás tejerá una historia.