La espera

Era miércoles. Quizá jueves. En todo caso un día entre semana de esos con horario y rutina.

Salí temprano a caminar. Pasaron veinticinco minutos y la rodilla comenzó a sufrir. «Un poquito más» le pedí. Me escuchó. Me dejó trotar suave por cinco minutos y caminar por otros quince. Casi completé la hora y con eso me fue suficiente. Al llegar a casa tomé un baño y preparé el desayuno; mientras comía y al disimulo, como si fuera una acción casual, revisé mi correo. Nada. Nada aún. Esperaba la respuesta de una editorial. Me dijeron que les diera un par de días para responderme sobre el manuscrito. Un par es dos. Dos días.

Pero habían pasado dos semanas. Todos los días reviso mi correo y hasta la bandeja de no deseados. Luego le doy al botoncito de “refresh” y también reinicio mi teléfono porque a veces creo que los correos se pueden quedar flotando en algún lugar de la red y la persona que los envía cree que se fueron, pero no.

Hice todo eso como si fuera algo casual.

Terminé el desayuno. Me arreglé, me puse un bonito suéter y hasta aretes, aunque ese día me había dispuesto a pasar en casa escribiendo. Pasaron dos o tres horas y el “tin” de un mensaje sonó en mi celular. Hace millones de años envié un correo a lo que en ese entonces pensé era una buena oportunidad para publicar uno de mis cuentos. Hasta lo había olvidado (mentira). En el email se disculpaban por responder tan tarde y me pedían un par de cuentos. Otra vez un par. Me apresuré y les dije primero lo obvio: que en mi página web pueden encontrar mis publicaciones, les adjunté de nuevo el enlace. Cualquiera que tuviera un mínimo de interés buscaría ahí primero, pero me imaginé que estarían demasiado ocupados; quise ayudarles y les propuse enviar dos cuentos en PDF. Respondieron que sí, que lo hiciera. Otra vez me apresuré y envié tres de mis cuentos. Los que más me gustan.

Me habían pedido dos, envié tres.

Pasaron dos horas o tres. Me preparé un sándwich y en una copa serví jugo de mango. No estaba de ánimo para las ensaladas. De fondo sonaba la canción «No huyas de mí» de Kenny y los eléctricos. Almorzaba y tarareaba la estrofa «Hay quienes te prometen oro, yo te ofrezco el corazón» y a la vez que cantaba, casual muy casual, revisaba mi celular y nada. Pasaron otras dos horas, me preparé un café.

“Tin” sonó de nuevo el celular. Me agradecían por el PDF, pero “de repente” no estaban interesados en publicar cuentos, sino micro cuentos; (Cejas fruncidas). Enseguida respondí: «también tengo micro cuentos». Después pasaron muchas horas. Muchos días. No responden.

Hoy, mientras desayuno con una rodilla adolorida escucho la canción de Kenny y los eléctricos otra vez y canto, «Tengo roto el corazón, desarmada la razón»; casual, muy casual deslizo mi dedo por la pantalla de mi teléfono. Nada, todavía nada.

María Fernanda Rodríguez
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Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto. Nació en Quito, vive en Toronto. Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto y ganadora del premio “Marina Nemat” 2022 otorgado por la misma Universidad. Primer lugar en el XIV concurso de cuentos 2019 “Nuestra Palabra Canadá”. Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias de España, Uruguay y México. Y su trabajo ha sido publicado en varias antologías de cuento.

Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto. Nació en Quito, vive en Toronto. Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto y ganadora del premio “Marina Nemat” 2022 otorgado por la misma Universidad. Primer lugar en el XIV concurso de cuentos 2019 “Nuestra Palabra Canadá”. Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias de España, Uruguay y México. Y su trabajo ha sido publicado en varias antologías de cuento.