Revelación

Durante algunas semanas pasé delante del espejo de cuerpo entero que hay en mi cuarto  y cada vez que lo miraba me decía: ¡uh, tengo que limpiar este espejo! Pero como siempre estaba haciendo otra cosa, los días pasaron.

Ayer lo recordé en un buen momento, de modo que puse manos a la obra. Entonces noté, un poco debajo de la mitad y levemente hacia un costado, como una fisura. La froté creída que era suciedad, pero cuanto más lo hacía más se ensanchaba, pasé la mano por ella y mis dedos se introdujeron en lo que ya comenzaba a ser un hueco, asustada la retiré y retrocedí instintivamente.

Al hacerlo me choqué con una silla, la misma que me sirvió para sentarme mientras me decía en voz alta: esto no puede estar pasando, esto no es ficción, no es un cuento, está sucediendo de verdad.

Cuando el agujero llegó a un tamaño como de la pantalla de una notebook dejó de agrandarse y por él comenzaron a desfilar imágenes, pero no cualquier imagen, no, no, eran todas las que el espejo reflejó desde que lo compramos al mudarnos a esta casa,  no eran imágenes fijas, eran tal y como ocurrieron cada vez que alguien o algo se había reflejado en él.

Casi como hipnotizada me quedé observando.

Yo vistiéndome, los niños pequeños mirándose con asombro, la  perra pasando indiferente por detrás de alguno de nosotros, él y yo sonriendo medio desnudos con el cuarto en penumbra preparándonos para un encuentro amoroso.

Ambos, en distintos momentos reflejados con un aura de amor.

Los hijos probando guardapolvos, después adolescentes arreglándose para ir a bailar y pidiendo nuestra opinión, ellos saliendo de nuestra habitación y él guiñándome un ojo cómplice.

Yo, unos años después, me visto para ir a trabajar, no sonrío.

Me desvisto cansada, desanimada, ya no hay un aura amorosa flotando frente al espejo, él entra, busca algo y sale del cuarto, no nos miramos ni nos hablamos.

La perra, intuitiva, me sigue a todos lados, aparece detrás de mí en cada imagen, pero hay una en que ella no está: él y yo discutimos, violentamente, pareciera que hasta con odio.

Él pega un puñetazo en la puerta del placard.

No necesitaría que el espejo me mostrara esa imagen, conservo ese placard con la hendidura de sus nudillos.

Un abrazo de reconciliación, sin mucho convencimiento.

Más discusiones, más peleas. Fin de imágenes de él.

Después, solo yo. Saco muebles, pinto el cuarto, sonrío de nuevo.

Cerré los ojos y me quedé quieta, los recuerdos habían quedado agitados como si el espejo hubiera sido una batidora. Esperé que se fueran disolviendo sin poder decidir qué hacer con ese espejo, casi monstruo, casi álbum familiar.

No sé cuánto tiempo me mantuve así, pero cuando los abrí, el espejo no tenía ninguna fisura ni hueco ni absolutamente nada, solo me reflejaba a mí  y a unas cuantas botellas vacías tiradas.

Creo que llegó la hora de ir a Alcohólicos Anónimos.

Edith Vulijscher
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Buenos Aires, Argentina, psicóloga retirada, finalista del Concurso de Microrrelatos "Sagitario", organizado por Boukker, correctora y co-editora de la revista literaria Cuentos en Red (cuentosenred.com) y editora personal de autores de renombre.

6 COMENTARIOS

  1. Este cuento es delicado y hermoso. Posee un final que, aunque nos puede sacar una sonrisa, nos invita a reflexionar.

  2. Excelente cuento, sumamente emocional. Las imagenes que evoca nos pueden hacer vivir el drama de la protagonista.

    Gracias Edith!

  3. Me encantó Edith: Pero yo lo hubiera terminado en las botellas. Al nombrar A.A , se perdió el encanto. Es mi opinión y nada más. Por lo demàs , muy bueno, me fue llevando de la mano y el final fue abrupto. Buenísimo. Un abrazo.Rosy

  4. Querida Edith:
    Un cuento muy doloroso, maravilloso y con un interesante final. Gracias

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