Pecado de omisión

Un fatídico día del año 1633 llegó a un pequeño pueblo cercano a la ciudad de Londres un vendedor ambulante. Acomodó su carromato junto a la plaza principal y comenzó a exponer y publicitar con un altavoz sus productos:

—¡Atención, atención! Aquí les traigo ungüentos, bebidas energizantes, hierbas famosas con efectos anhelados por hombres y esperados por las mujeres —anunciaba con guiños cómplices— les garantizo una vida plena y feliz, todos son productos maravillosos y de última generación. También traigo libros nuevos y otros clásicos y la última edición de la Biblia que no puede faltar en ningún hogar.

El hombre pensaba quedarse dos semanas, pero lo hizo por más tiempo pues fue tanta la demanda que tuvo de la Biblia, que debió encargar otra remesa a la editorial y esperar por ella.

Parecía que la edición de Barker y Lucas, editada dos años antes, obraba el milagro de hacer más devota a la gente de ese lugar.

Sucesos extraños comenzaron a ocurrir al poco tiempo y continuaron  después de la partida del vendedor.

Los habitantes, religiosos y muy apegados a sus costumbres, se fueron transformando poco a poco. Mujeres y hombres casados, miraban con ojos ardientes de deseo, a otros del sexo opuesto. Se los podía ver en la calle, en los negocios, en el parque, conversando con naturalidad, apartados del resto, y a la vista de todos, sin cuestionarse ni sentir culpa. La intimidad avanzó, al mismo tiempo que los adulterios que no fueron incluidos en las confesiones porque se integraron al transcurrir natural de los matrimonios.

Al cabo de unos meses, un grupo de longevas, profesionales del chisme, graduadas con honores en pueblo chico, comenzaron a inquietarse, no se sabe si porque quedaban fuera de los sucesos o si por verdadera preocupación, pero sus dichos llegaron a oídos del párroco, que, espantado, no daba crédito a lo que escuchaba.

Con varios rosarios en las manos y velas nuevas encendidas al pie de cada santo, organizó un encuentro privado con algunos matrimonios involucrados, para esclarecer qué estaba sucediendo.

Esa reunión terminó en escándalo, las mujeres desmayadas, los hombres mudos como si hubieran visto aparecidos y el cura con un ataque al corazón. Paulatinamente las familias fueron vendiendo todo y mudándose, el pueblo comenzó a quedar semidesierto; el sacerdote, retirado por cuestiones de salud. La parroquia abandonada, y en lo que terminó siendo un pueblo inexistente solo quedaron volando al viento hojas sueltas de la Biblia, en la que por un error de impresión podía leerse en el Sexto Mandamiento: “Cometerás adulterio”.