Ilíada

— Libros…

De pronto la frase se vio interrumpida con un profundo suspiro y con la misma dulce devoción, continuó cepillando el cabello de la niña que permanecía impasible, sentada delante de él.

—Se ha dicho tanto de los libros… Que son grandes tesoros donde se guarda el conocimiento y la historia de la humanidad. También que son místicas puertas que al atravesarlas nos transportan a otros mundos. Mundos distantes, tan distantes que se puede llegar a lugares inexistentes tan solo pasar de una página a otra y a otra. Podemos ir y venir de un lado al otro sin siquiera movernos.

—¡¿Sin movernos?!—Exclamó la pequeña tras dirigirle una inocente mirada inquisidora, al escuchar aquella frase, después de haber sido extraída de la tranquilidad en la que se encontraba absorta.

—Así es querida.

Noah, sin ápice de sorpresa, continuó pasando el cepillo suavemente por el largo cabello negro. Color que enmarcaba perfectamente el hermoso rostro y acentuaba su complexión delgada y menuda.

Y sin embargo, qué es el movimiento sino quizás simplemente el resultado de una curiosa ilusión. Pensó solo para sí mismo esta vez,en tanto se apresuraba a terminar aquel ritual enternecedor de desenredar el lacio cabello a tan linda criatura. Ritual que llevaban a cabo siempre acercándose la hora de ir a dormir.

—Pero, Noah, aún no tengo sueño. Cuéntame más sobre los libros, quiero saber todo de ellos.

Noah miró con dulzura la carita de su interrogadora, quien lo miraba con grandes ojos avispados y con una resignada sonrisa prosiguió:

—¿Sabías que en la antigüedad los libros vivían todos juntos en grandes bibliotecas? Valga decirlo, eran cuidados por bibliotecarios que dedicaban su pródiga vida a limpiarlos, ordenarlos y acomodarlos cuidadosamente en grandes y limpios estantes. Cada uno en su correspondiente sección de acuerdo a los tipos de textos que en ellos se tratase, bien podían hablar de historia, filosofía e incluso poesía.

Si alguno se llegaba a maltratar, ellos rápidamente iniciaban la meticulosa y delicada tarea de restauración. Y si esta se tornaba muy difícil o casi imposible, optaban por reescribir la obra completa con mucha dedicación y paciencia.

—¿Los libros se dañaban fácilmente, Noah?

—Lamentablemente sí… Así era. Un famoso escritor francés afirmó alguna vez que los libros tenían los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.

 —En tiempos de guerra en los antiguos imperios… — Noah hizo una breve pausa mientras levantaba la vista, como rememorando algún doloroso recuerdo que aún le dormitaba en las entrañas y entonces prosiguió— en aquellos tiempos llegaron a ocurrir terribles tragedias, además de incontables pérdidas humanas, también sucedió la lastimosa desaparición de prodigiosas bibliotecas enteras. Bibliotecas que exhibían sus libros como preciosas joyas de las cuales se vanagloriaban los gobernantes que las poseían.

—¿De qué estaban hechos los libros, Noah?

Hace muchos años atrás eran fabricados con papel y tinta. Los trazos que con ella se hacían daban representación a un número finito de símbolos. Estos símbolos podían mezclarse de innumerables maneras para obtener los más maravillosos escritos. Irónicamente estos incontables retratos de lo infinito duraban apenas algunos cuantos años contenidos de este modo tan efímero en aquellos libros.

De pronto,la niña llevó su pequeña mano a los ojitos en un ademán involuntario que indicaba cómo el sueño poco a poco estaba haciendo presa de ella.

—Anda, vamos que te arropo ya para que descanses.

Le tomó de la mano para que bajara cuidadosamente del banco, donde se había encontrado atenta escuchando aquellas viejas historias apenas unos minutos antes. Ambos se dirigieron a la puerta, él al ser más alto tuvo que caminar despacio para que los cortos pasitos que iban a su lado no se cansaran.

De camino por un angosto pasillo, hicieron una breve pausa y en silencio contemplaron durante algunos instantes la espléndida vista de una de las ventanillas. A través de estas, se podía apreciar a lo lejos una de las nebulosas cercanas a la trayectoria de la nave.

Enseguida continuaron sus pasos dando algunas vueltas a la derecha y luego a la izquierda, la nave emulaba una especie de laberinto de compartimentos hexagonales que Noah conocía de memoria como la palma de su mano.

Pronto se encontraron frente a la entrada del habitáculo donde ella descansaría, solo entonces soltó la mano que la guiaba y se metió, de un pequeño salto, debajo de las sábanas de la cama. Él le acomodó la almohada en la cabecera, le dio un beso de buenas noches en la frente y al dar media vuelta, cerró la puerta de la habitación. En esta, había un letrero donde se podía leer el nombre de lo que cuidadosamente había dejado acomodado unos segundos atrás… “Ilíada”.

Eréndira Corona
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Nació el 29 de octubre de 1984 en Veracruz (México). Recientemente obtuvo una mención especial en el II Concurso Internacional de cuentos on-line “Oscar Wilde”, con su escrito “El vuelo de la Mariposa”.