Seis grados de separación

La primera vez que escuché sobre esta teoría fue en los labios del poeta David Monge. Andábamos en su Fiat azul por la carretera que asciende al Volcán Poás. Íbamos o veníamos, no logro recordar, de su casa escondida en el frío boscoso de Fraijanes. Aquella noche abierta y ventosa se colaba por las ventanillas y el paisaje del Gran Área Metropolitana se acostaba en su cama de luces. Ante aquella iluminada selva de concreto, surgió en la conversación la pregunta de con cuántas personas estamos secretamente conectados, el viejo chiste de que en esta microscópica Costa Rica todo el mundo se conoce.

David, que además de poeta es contador, agregó:

–Aunque no me lo crea, papito, esa es una idea matemática: estamos conectados a cualquier persona en el mundo por una red de seis intermediarios.

–¿Es al chile, mae?

–Eso he leído… y básicamente se utiliza en la actualidad en marketing, redes sociales y análisis de datos.

–Yo pensaba que solo era un dato pintoresco para introducir el puro chisme.

Una sonrisa se dibujó en la cara de David y dijo:

–Hay algo milagroso en esto de pensar que, sin importar dónde y cuándo, vamos a encontrar a alguien que, de alguna manera, ya sabía de nosotros.

Por cierta melancolía que me invade de madrugada, conecto este recuerdo con algunas notas de septiembre  de 2022 que encontré en mi diario de Quebec:

 «¡Estoy feliz, como quien dice heureux, porque comencé mis clases de francés! Ya no voy a andar tan perdido entre nasales y vocales. Además, me di cuenta de que hay jóvenes animadores que organizan actividades en el Departamento de Francés como Lengua Segunda, pasan por cada clase con su presentación de Power Point para anunciar los eventos de la semana. Me he apuntado a varios paseos que arman y se han vuelto mi agencia de viajes.

»Este mundo es un pañuelo y lo que me pasó hoy lo demuestra.  Fui de excursión con los animadores al Museo de la Civilización que queda en el Viejo Quebec. La guía era Clara-Maude y hablaba bien el español. En lo que esperábamos el autobús, esta me oyó hablar con Doug, un compa salvadoreño, y debió haber notado que usaba palabras como “mae”, “al suave” y “pura vida”, pachucadas muy comunes en mi país. Me preguntó si venía de Costa Rica y le respondí que sí. En mi francés entreverado, le conté que trabajaba como profesor en la Universidad de Costa Rica en Liberia, pero que ahora estudiaba mi posgrado en Quebec. Clara-Maude, asombrada, me contó que su novio era de Liberia y que justamente venía de visitarlo. Se habían conocido en España como estudiantes de intercambio; se habían enamorado y ahora estaban comprometidos. Lo más curioso es que su novio había estudiado en la misma universidad donde yo trabajaba.

»Mientras observábamos una exposición sobre mierda –literalmente este era el nombre y esta la temática–, Clara-Maude le escribió a su novio para contarle sobre mí, le dijo cómo me llamaba y él le contestó, en un audio muy vivaz, que yo había sido su profesor de Comunicación y Lenguajes durante el primer año en la universidad. Me enseñó su foto y ahí me cayó el cinco: ¡Esos colochos no se pierden! ¡Es José!

»Me da por pensar que somos personajes cervantinos y que los encuentros de la vida son párrafos de un libro lleno de maravillas; pero si esto es así, la pregunta siempre será: ¿quién está escribiendo la historia?».

 No tengo una respuesta concreta para esta incógnita que se planteó mi Yo recién llegado a Canadá. Haber migrado aquí me ha extendido un mundo de conexiones con el que jamás hubiera soñado. Es verdad que he dejado atrás familia, amigos, conexiones y el carro de David que, en la memoria, sube infinitamente la carretera hacia el volcán; pero solo con este riesgoso juego de viajar es que se ponen a prueba los seis grados de separación hacia el asombro.

Adentrados en el 2024, José y Clara-Maude ya están casados: dos puntos distantes en el mapa han logrado conectarse y yo estoy aquí, dando punto y aparte a este párrafo de la historia.

Sebastián Arce
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Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto