La manda

Cuando yo era niño, Evangelina Barros, mi abuela, una mujer de baja estatura, de huesos simples y tan resabiada como la más terca de sus mulas, en aquel trueque celestial entre creyentes y dioses, hizo un trato con el arcángel Rafael, donde le prometía, que si nos salvaba (a mi hermano y a mí) de una intoxicación por un simple jugo de papaya que estaba a punto de matarnos, ella compraba una estatua de él, la colocaba en la casa y le agradecería aquel favor recibido, iluminando su efigie con una vela encendida todos los días de su vida.

   Pero a pesar de la seguridad del voto de aquella abuela inquebrantable, el médico que vino a vernos en la urgencia de nuestra agonía, le recomendó a todos nuestros familiares que era hora de ocuparse de lo pertinente porque como profesional, no daba ninguna esperanza, entonces, Luz María, mi mamá, una mujer de maneras cordiales y devota hasta el tuétano, con un llanto inconsolable que le desgarraba la vida en tirajos de dolor y que desconocía el negocio entre Evangelina y aquel arcángel, autorizó a uno de sus hermanos para que fuera y consiguiera las dos pequeñas urnas que nos guardarían para siempre.

   Sin embargo, cuando mi tío llegó con los dos pequeños cajones, mi abuela no los dejó entrar a la casa para que la muerte no se sintiera bienvenida y sin un ápice de cordialidad, comenzó a espantar a todos los curiosos que habían llegado a darle el pésame a Luz María por los dos hijos que aún no se habían muerto.

   Fuera de querer sumar un dolor más, mi mamá no contradijo la voluntad de Evangelina y sin mucho alboroto, empezó a buscar entre nuestras ropitas de gala, las que guardaba en su chifonier, las prendas más acordes para nuestra entrevista con San Pedro, pero ante la imagen de sus hijos muertos, se desplomó de rodillas en el piso y se fue deshaciendo en un lamento que puso en duda hasta las más fuertes de sus convicciones; fue cuando mi hermano la sorprendió por la espalda y le preguntó, que por qué estaba llorando, Luz María, con la impresión de que estaba viendo a un espanto, lo tocó, lo palpó y lo abrazó para sentir su calor, luego volteó hacia la cama donde hacía un momento yo estaba agonizando, y me miró entre sus mocos, los ojos hechos aguas y su alivio indescriptible mientras yo la miraba extrañado a punto de un reclamo:

 —Si ¿ves? tú lo quieres más a él.

   Mi mamá se levantó enseguida y llegó hasta donde yo estaba, cargando a mi hermano, se tiró en la cama para desgastarnos con besos repartidos y nos aclaró que nos amaba a los dos por igual. En ese momento mi abuela, al escuchar las risas, abrió la cortina de la habitación, se le escurrió una lágrima de alegría y le recordó a mi mamá:

—Te lo dije.  Hoy en esta casa no vamos a enterrar a nadie.

   Con los días, después del alboroto que causó en el caserío nuestra recuperación milagrosa, según mi abuela por la intervención divina de San Rafael Arcángel, Evangelina llegó a la casa con una figura en yeso casi de nuestro tamaño infantil, de aquel angelical intercesor y la puso sobre un pequeño altar que había armado en el corredor que daba a las habitaciones y la iluminó con la luz de una enorme veladora como lo había prometido.

   Al pasar el tiempo, mi abuela comenzó a notar que alguien estaba dejando, por desorden o por descuido, un vaso donde reposaba la imagen del ángel, entonces, nos llamó la atención para que no se nos olvidara, que ella estaba pagando una manda y que había que respetar aquel monumento, pero mi hermano le aclaró que era él quien estaba dejando el vaso en el altar, no por irrespeto sino por susto, porque le daba miedo ver cómo aquella imagen de yeso, seguramente por el calor de la veladora, todas las noches caminaba desde el altar hasta el tinajero para beber agua, entonces, para evitarse el sobresalto, él le dejaba un vaso lleno al lado de su sagrario para que el ángel no tuviera que moverse.

   Todos nos quedamos en silencio, Evangelina lo miró, le creyó y no le dijo una sola palabra. Y desde entonces, todos, agradecidos, nos hemos encargado de que aquella imagen nunca sienta sed.

2 COMENTARIOS

  1. Otro delicioso cuento de este escritor colombiano a quien admiro, finalista y ganador del “Premio de los lectores” del II Concurso Oscar Wilde de cuento organizado por Boukker, en ese sitio se pueden leer muchas de sus historias, todas para el disfrute.

  2. Me parece q es relato sencillo q te involucra, te pone en escena y compartes la vivencia de los personajes, te transporta en el tiempo donde los seres humanos dependíamos más de nuestra fe q de la ciencia y tecnología, nos evoca al amor de madre, abuela madre, es un escrito genial, mis felicitaciones

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