Los dos tallos de cebollín

Entonces, cuando mi hermano llegó hasta donde mi abuela a darle quejas porque no le había dado refresco, ella me miró desde donde estaba sentada y con un gesto de sus ojos dicientes me llamó. Enseguida, escondí la botella vacía detrás de mi cuerpo infantil y caminé hacia su voz silenciosa con pasos de cachorro arrepentido y en el momento que me tuvo al frente, y sin dejar de mover la aguja en su ritmo sinfónico al coser, me preguntó:

“¿Conoces la historia de la mujer tacaña?”

Giré la cabeza, respondiéndole que no y me acomodé en el piso junto con mi hermano y la botella vacía, porque sabíamos que nos iba a contar una historia.

“Alguna vez, existió una mujer tan tacaña, que su corazón no le permitía compartir nada, ni siquiera con ella misma. Vivía rodeada de tantas cosas, que muchas se perdían en el desuso o en la podredumbre porque prefería eso, antes que repartirlas o regalarlas.

Un día, una señora muy pobre tocó a su puerta para pedirle una limosna y la mezquina mujer, de mala gana, le dio tallos escuálidos de cebolla larga que tenía en la mano y  que dio en caridad porque los cebollines estaban a punto de podrirse.

La humilde señora se fue para su casa y puso a cocinar los tallos para hacerse un caldo y engañar al hambre, pero se intoxicó con el consomé de vástagos podridos y se murió, justo en el preciso momento en el que la tacaña mujer se caía de bruces contra el piso, rompiéndose la existencia, después de tropezarse con unos cachivaches que tenía atravesados en el corredor de su casa. Y sin demora, bajó hasta el purgatorio, desde donde vio ascender entre querubines a la desdichada señora hasta sentarse al lado de Dios, y comenzó a gritarle.

—!Ayúdame¡ !Ayúdame!

Pero la humilde mujer le contestó que no podía.

Airada, la tacaña le replicó:

—Entonces, devuélveme el cebollín que te regalé.

La pobre señora, sin saber qué hacer, miró a Dios y el Santísimo le pasó dos tallos podridos de cebolla larga. La humilde mujer se los alcanzó a la tacaña y esta se sujetó de las hojas alargadas con la intención de subir al cielo, pero se rompieron y la dama mezquina se desplomó en una caída infinita más allá de los infiernos”. Al terminar de escuchar la historia, yo me asusté y comenzaron a llegar a mi cabeza cientos de imágenes dramáticas con un sinfín de condenados que se revolcaban en su miseria, suplicando por la misericordia que los había abandonado y estoy seguro de que mi hermano también se imaginó la misma escena porque sus manos comenzaron a temblar, mientras un llanto repleto de mocos tiernos le bajaba por el rostro, pero aprendimos la lección y por lo menos yo, desde que estoy a cargo de la finca, me esmero para que los tallos de los cebollines que siembro, sean fuertes y resistentes porque uno nunca sabe.