La turista

Ella, después de andar y buscar, por fin había encontrado una playa tranquila, libre de turistas y vendedores necios que la fueran a molestar, extendió la enorme toalla sobre la arena, buscó en su bolsa de tela el bronceador y se lo aplicó en el cuerpo. Se acomodó el bikini, las grandes gafas de sol y recogió su extensa cabellera para que cupiera dentro del anchísimo sombrero. Suspiró su calma y se acostó para asolearse.

Don Carlos, un pescador de la región, coqueto por vocación y mujeriego sin culpa, arrimó su vieja chalupa en la playa, agarró la atarraya vacía porque no hubo pesca y comenzó a caminar y a cantar por la orilla del mar, a pesar de la escasez, hasta que vio a la hermosa mujer descansando, como un elemento más de aquella bella postal, entonces, se acomodó la vestimenta y carraspeó sin consideración. La mujer al darse cuenta de que era observada, se incorporó para ver quién era y el viejo pescador, lanzó su sonrisa presumida y le comenzó a cantar un vallenato:

“Mírame fijamente hasta cegarme.

Mírame con amor o con enojo.

Pero no dejes nunca de mirarme.

Porque quiero morir bajo tus ojos…”

Entonces, la turista, dejó ver sus ojos brillantes y su extensa cabellera, que se retorcía y que se movía con vida propia, y miró al pescador, que con su sonrisa infantil y la melodía de su canción, poco a poco se fue convirtiendo en piedra.

La mujer suspiró resignada por su maldición, recogió sus cosas y se fue a buscar otra playa.

Colombiano, de Urumita, Mención especial y premio de los lectores (accésit por más "me gusta") en el II Concurso Internacional de Cuento Oscar Wilde, organizado por Boukker en el 2020 y parte del equipo de la revista literaria cuentosrenred.com

1 COMENTARIO

  1. Original, me gustó mucho la culminación, pues desde irrupción del viejo pescador uno es inducido a imaginar un final totalmente distinto. En mi caso pensé una hipótesis obvia, algo parecido al amor. Por lo tanto, la grata lectura ha dejado satisfecho. Un saludo cordial.

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