¿Hay un divorcio entre Ciudad de México y AMLO?

El resultado más sorprendente de las pasadas elecciones intermedias en México fue el aparente divorcio entre Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y el votante de Ciudad de México (ahora rebautizada como CDMX). Más de la mitad de sus divisiones territoriales pasaron a manos de la oposición, pintando un mapa electoral de la ciudad partido en dos: al oeste la oposición, al este el oficialismo. La derrota en la capital del país fue dolorosa para AMLO por dos razones. Primero porque fue ahí donde su carrera política despegó, y segundo porque dejó malparada a su ahijada política y actual alcaldesa Claudia Sheinbaum.

Su reacción fue de incredulidad primero y de negación después. ¿Cómo es posible que la ciudad que piensan de izquierda votó por partidos de derecha? Ello demuestra que no saben dónde están parados: la CDMX no tiene vocación de izquierda sino de oposición.

AMLO se debe a CDMX

Para empezar, hay que señalar la importancia de la CDMX en la carrera política de AMLO. Fue en la capital donde el hoy presidente cursó sus estudios de licenciatura en Ciencia Política, y fue ahí donde llegó de su natal estado de Tabasco con su familia en 1996 a presidir el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), su primer cargo con proyección nacional. Desde esa posición construyó su candidatura a la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal (DF) en 2000, sin contar el requisito de residencia de cinco años, todo hay que decirlo.

Ya instalado en la Jefatura, desde el primer día de su administración utilizó los reflectores y los recursos de la oficina para posicionarse políticamente con miras a la presidencia. Su estrategia fue sencilla: pelearse todos los días con el gobierno federal del derechista Partido Acción Nacional (PAN) encabezado por Vicente Fox (2000-2006), así fuera por nimiedades como por ejemplo el horario de verano.

De esa forma, AMLO transformó la Jefatura de Gobierno del DF en la cabeza de playa de la oposición al gobierno federal. El punto de confrontación más álgido entre los dos niveles de gobierno se dio en 2005 cuando Fox intentó torpemente apear de la carrera presidencial a AMLO. La ciudad entonces arropó a su alcalde y le brindó su apoyo con movilizaciones masivas que obligaron a Fox a dar marcha atrás.

Pero AMLO pagaría con ingratitud. Tras perder las elecciones de 2006 contra Felipe Calderón, acusó fraude y mandó a sus seguidores a bloquear Avenida Reforma como medida de presión para cancelar las elecciones. De la noche a la mañana la avenida más elegante de la capital fue taladrada con mazos y picas para montar tenderetes donde sus partidarios hacían guardias para forzar el quiebre del orden constitucional. Las pérdidas económicas para empresarios, comerciantes, empleados y restauranteros de la zona se calcularon entonces en 7 mil millones de pesos y despido de más de tres mil trabajadores.

Llegarían las elecciones presidenciales de 2012 y la ciudad le perdonó a AMLO el exabrupto de 2006 volviendo a votar masivamente por él. En aquella ocasión venció en la ciudad por dos a uno en votos al candidato triunfador de la elección, Enrique Peña Nieto del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Pero qué creen: AMLO volvió a acusar fraude, aunque esta vez la diferencia en votos no le dio la fuerza para llevar a cabo movilizaciones como en 2006.

La historia de AMLO y la CDMX no terminaría ahí. En 2014 fundó en la capital su propio y personal partido, el Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), con el que arrasó en las elecciones de 2018, no sólo en la ciudad sino en el país entero. Nótese que MORENA es un partido creado en la CDMX, no en Tabasco ni en ningún otro estado de la república.

La pérdida de la CDMX

Todo lo anterior explica porqué fue tan dolorosa la pérdida de espacios en la capital para AMLO, y porqué lleva semanas injuriando a las clases medias capitalinas por darle la espalda. Le mueve no sólo el orgullo herido sino también el cálculo político: la candidata presidencial in pectore de MORENA rumbo a 2024, la alcaldesa Sheinbaum, salió muy perjudicada con los resultados electorales.

Sheinbaum es una política de estilo frío y académico que contrasta con la rijosidad y sangre caliente del presidente, pero quien se ha ganado su afecto por su lealtad absoluta, algo que el presidente valora por encima de todo. Los resultados, sin embargo, mostraron que su delfinato y entronización no son tarea fácil.

El problema de AMLO y Sheinbaum es que se niegan a ver la realidad. Tantos años en el poder les han hecho creer que la ciudad es “de izquierda”. Se equivocan, la CDMX tiene vocación de oposición. AMLO y Sheinbaum confunden una cosa con la otra.

Esta vocación opositora no es nueva, además. Durante la época del autoritarismo del PRI en el siglo veinte, la ciudad siempre fue el bastión de los partidos opositores, tanto de derecha como de izquierda. Ya en el año 1976 durante el apogeo del PRI los votos para la oposición en la CDMX era el triple que la media nacional. Lo mismo se puede decir después de concluida la transición democrática (1976-1996).

Los gobiernos del PRD de Cuauhtémoc Cárdenas (1997-2000), AMLO (2000-2005), Marcelo Ebrard (2006-2012), y Miguel Mancera (2012-2018) fueron siempre vistos como “gobiernos de oposición” (un oxímoron de uso corriente en México). Estos gobiernos contaban con el apoyo de una ciudadanía citadina que veía en ellos un contrapeso saludable al gobierno federal del PAN y más tarde del PRI. ¿Por qué tendrían que ser las cosas distintas ahora?

Con los resultados del pasado junio, la CDMX vuelve a ser el epicentro de la oposición al gobierno federal. Esta nueva realidad ha sido muy difícil de aceptar para AMLO, quien al día de hoy se considera a si mismo un opositor al poder de las élites. Su problema es que la gente, y en especial los capitalinos, cada día le ven menos como un opositor y más como lo que es: una autoridad. Una autoridad, además, dicho sea de paso, que ofrece mucha política, pero pocos resultados.

(*) Artículo originalmente publicado en Latinoamérica21 https://latinoamerica21.com/es/