El Mes de la Hispanidad y los latidienses

Me vengo enterando que octubre es el mes de la hispanidad en Canadá. Para ser exactos se denomina el “Latin American Heritage Month” y fue aprobado por Su Majestad en junio de 2018 al ser octubre “un mes con un significado especial para la comunidad Latinoamericana alrededor del mundo”.

Ciertamente, en este mes que corre cae el Día de la Hispanidad, o Fiesta Nacional de España, en que se conmemora el primer viaje de Cristóbal Colón a América en 1492 —lo que en México se conoce como Día de la Raza y en Estados Unidos es el Columbus Day–. Sea bienvenida esta conmemoración que me lleva a reflexionar ¿en qué consiste ser latino-canadiense (incluyo aquí a nuestros hermanos españoles y portugueses)? O, si se me permite la expresión, ¿qué es ser latidiense en 2020?

Ser latidiense es por principio de cuentas saberse como una gota de agua en un mar salado. Somos muy pocos (apenas el 1.3 por ciento de la población) y estamos desperdigados en esta inmensidad de país. Tampoco es que seamos un grupo homogéneo. Más allá de nuestras diferentes nacionalidades, quizá la mayor diferencia entre nosotros sea la intensidad con que sentimos nuestra latinidad: generalmente más fuerte en los que nos mudamos a este país de adultos, y menor en aquellos que lo hicieron de jóvenes o niños.

Pero si la distancia y los años de residencia nos separan, ¿qué nos une a los latidienses? Dos cosas: el idioma y los fuertes lazos con nuestras familias de origen.

La lengua española y la portuguesa son vehículos que permiten construir casi sin esfuerzo comunidades y amistades. Los que nunca han vivido fuera de su país no se imaginan lo que es escuchar una voz amable en el idioma de uno. Gracias a nuestro idioma común los latidienses, por pocos que seamos, nos reconocemos de inmediato. Para muchos de nosotros, la patria resultó ser efectivamente la lengua.

El otro punto en común que tenemos son los fuertes lazos afectivos que conservamos con nuestros países de origen. La experiencia vital de los latidienses es en muchos casos la distancia, la ausencia, y la nostalgia. Un sentimiento de destierro que es común a todos, pero con diferente intensidad en cada uno. Para ser muy claros, hay quien se adapta y hay quien no. Yo conocí a una pareja de colombianos con veinte años en Canadá en que ella se había adaptado perfectamente (ni acento tenía) y él parecía que acababa de llegar del aeropuerto procedente de Barranquilla.

En este mes de octubre, donde también se celebra el Día de Acción de Gracias (bella palabra que hay que repetir constantemente), felicito a todos los latidienses que he conocido a lo largo de los años. Chilenos, colombianos, costarricenses, uruguayos, brasileños, hondureños, cubanos, españoles, portugueses, ecuatorianos, peruanos, venezolanos, dominicanos, argentinos, y a los que el viento trajo de otros lugares de Latinoamérica, y por supuesto a mi gente mexicana del norte, el sur, y el centro.

Todos ellos me han ayudado de mil formas en este país: abriéndome oportunidades educativas y profesionales, compartiendo alegrías y tristezas, y permitiéndome expresar en nuestro idioma mi propia circunstancia como migrante. Gracias y felicidades a todos nosotros los latidienses en nuestro mes.