Democracia por serendipia

El que busca encuentra, pero también es verdad que en ocasiones se encuentra sin buscar. Serendipia le llaman: “hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”. En este mundo meritocrático gobernado por algoritmos una proposición de este tipo resulta improbable. Pero lo cierto es que la vida no se atiene a reglas. Menos aún la vida social que va más bien punteada de accidentes que al final configuran un resultado. Ese es el caso de la transición democrática mexicana (1977-1996). Una transición sui géneris que inició inadvertidamente, se desarrolló de forma discontinua e incierta, y se completó sin ceremonia alguna, casi desapercibidamente. Esto es al punto de que es difícil hablar de un esfuerzo consciente y continuo para democratizar al país, y por ello es que sólo en retrospectiva se alcanza ver el perfil de una transición que efectivamente transformó al país de arriba a abajo. Pareciera pues que el país dio con una democracia por serendipia. Pero vayamos por partes.

La transición democrática mexicana empieza en 1977 con la aprobación de la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LOPPE). Esta ley fue diseñada y aprobada por el entonces hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), e incluía una disposición clave: la adopción de un sistema mixto de representación que permitió el arribo de diputados de oposición al Congreso por la vía de representación proporcional. ¿Por qué el PRI optó por semejante estrategia? ¿Qué ganaba con abrir la puerta del Congreso a la oposición? Respuesta: dotarse de una careta democrática para ocultar su rostro autoritario en un momento en que los vientos democráticos soplaban fuerte en el espacio iberoamericano. El responsable de coordinar la aprobación de la LOPPE fue el entonces Secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles. Su encomienda no fue iniciar una transición democrática, por el contrario su objetivo era afianzar la hegemonía del PRI para las siguientes décadas de forma sutil y de acuerdo a los nuevos tiempos. En gran medida lo logró al adoptar el sistema mixto de representación alemán con un añadido: si en Alemania la Bundestag se integra por 50 por ciento de diputados por la vía distrital y 50 por ciento por la vía de representación proporcional, en México esas cifras serían 75 y 25 respectivamente, asegurándose así al PRI una cómoda mayoría en el Congreso.

Ese fue el inicio de la transición, lo que siguió fue una serie de reformas que avanzaron a trompicones para dotar de autonomía a las autoridades electorales. Estas reformas nunca tuvieron un hilo conductor, ni tampoco fueron ordenadas. Respondieron siempre a coyunturas específicas en las que el PRI y la oposición se veían en la necesidad de sentarse a negociar. Eran reformas pro democráticas pero que avanzaban sin un mapa de ruta claro, fueron más bien concesiones políticas en el marco del quehacer parlamentario, un ítem más en el orden del día. Así se sucedieron las reformas de 1986, 1989–1990, 1993, 1994. Si prestamos atención, veremos que cada una de ellas responde a una crisis del sistema. La de 1986 a la aguda crisis económica que atravesó el país en la década de los ochentas; la de 1989-1990 a la “caída del sistema” en las cuestionadas elecciones de 1988; la de 1993 a la necesidad del gobierno de Carlos Salinas de ganar oxígeno político; y la de 1994 a la rebelión zapatista.

Así llegamos al año de 1996 en que finalmente se logró a cabalidad el gran objetivo de las reformas de los ochentas e inicios de los noventas: organismos electorales autónomos del poder ejecutivo. La reforma electoral de 1996 estuvo enmarcada otra vez en una crisis: el “error de diciembre” y la consecuente devaluación del peso. De esta forma, y sin ningún tipo de fanfarrias, nacía la democracia mexicana con la autonomía otorgada al Instituto Federal Electoral (IFE) y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Culminaba así un largo proceso iniciado en 1977 por una reforma política que intentó con éxito afianzar la hegemonía del PRI, pero que al mismo tiempo funcionó como una liberalización política que accidentalmente inició una transición democrática. 

Por todo lo anterior es que digo que la democracia llegó a México por serendipia. Se diría que se coló por la ventana. Desapercibida pero efectiva, y a los hechos me remito. En efecto, el PRI dejó de ser hegemónico y nunca más lo sería; la oposición de entonces es hoy gobierno; el ahijado político de Cuauhtémoc Cárdenas es el presidente; y gobiernos de todos los signos han ido y venido en todos los niveles de gobierno. Lo que permitió estos cambios, no me cansaré de decirlo, fue una transición democrática en forma que ocurrió entre 1977 y 1996. El detalle está en que, como en una prueba de Rorschach, la transición sólo se puede apreciar viendo en el retrovisor y desde cierto ángulo. Si lo hacemos, veremos que dimos con una democracia sin buscarla a las claras. Y quizá por eso es que muchos la desprecian y la ningunean llamándola “incipiente”, “joven”, “frágil”. Eso tienen las serendipias: una cosa es encontrar algo bueno sin buscarlo, y otra saber reconocer su valor y su bondad.

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