Pesadilla americana

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Somos varios ilegales los que vamos escondidos y apretujados en la parte trasera de la camioneta. Una lona de plástico nos cubre. El calor es insufrible. Escucho el clamor de un muchachito que agoniza de inanición.

El conductor dice que nos callemos. No sé el tiempo que ha transcurrido desde nuestra partida, pero parece una eternidad. No soporto más el sofocamiento. Estoy a punto de gritarle al “coyote” que no sea un hijo de puta, que se detenga y que nos dé agua. El vehículo se detiene de un frenazo. Las llantas chirrian sobre la tierra caliza. Enseguida escucho lamentaciones. Los cuerpos sudorosos tratan de salir. Un anciano clava su prominente rodilla en la boca de mi estómago. La señora que va tumbada a mi derecha dice que es patrulla fronteriza. Las personas huyen como animalillos asustados. El sol castiga mis ojos. Un oficial derriba a una mujer diminuta que ni siquiera llega a los cincuenta kilos. Vuelvo la vista al frente, corro rumbo a la meta.

Continúo sin mirar atrás, sin mirar a los que ya han sido atrapados. Un indocumentado me alcanza y murmura con voz agitada: “por el amor de Dios, no te detengas porque esos cabrones ya nos respiran en la nuca”.

Escapo con todas las energías que me quedan. La urbe está cerca, ya entreveo las luces de la prosperidad. No voy a rendirme, le prometí a mamá que le enviaría sus dólares. Se escuchan las aspas de los helicópteros y palabras en inglés provenientes de un altavoz. La arena me aporrea de lleno en la cara. El tipo que va a mi lado dice que es salvadoreño. A mí me importa un carajo su nacionalidad, no me interesan las banderas.

Yo ambiciono llegar a los Estados Unidos y cumplir el sueño americano. Parece que ya los hemos perdido. Estoy pulverizado, decido caminar despacio. Nos ocultamos detrás de unos matorrales. El hombre confiesa que dejó a una esposa y a tres hijos. No contesto porque tengo la boca seca.

El disco amarillo desciende al igual que la temperatura.

Nos tiramos al suelo como perros sedientos mientras las aves de rapiña nos acechan. “Tenemos que dormir aquí”, clama mi compañero. El cielo deja caer su telón negro. Le pido que se levante para continuar. Él balbucea que no puede, alega que su hora llegó.  Lo tomo de los hombros, lo agito, le doy una bofetada y él musita que lo deje en paz, que me vaya. Ya no respira. Sus ojos quedan abiertos.

De su boca emerge una energía traslúcida que se disipa en el aire. Saco una credencial de su billetera y le prometo que les daré aviso a sus familiares. No sé qué pasa, las fuerzas volvieron. No tengo sed ni hambre, bueno solo un poco de sed. Cerca de un cactus atisbo una botella de agua. ¡Mi salvación! La abro y bebo un sorbito.Sigo marchando. A lo lejos distingo las luminarias de la ciudad y oigo los ruidos de los coches.

Cruzo una calle e ignoro los bocinazos. Enfrente de mí hay un hotel con un letrero que señala que solicitan empleados de limpieza. Al ingresar a ese edificio, una señorita rubísima y de ojos azules dice, en un español mocho, que me dará un empleo y la oportunidad de quedarme en un cuarto, y que además puedo tomar comida del refrigerador y ropa del closet.

 En la habitación hay aire acondicionado y sábanas blancas. Después de darme un baño, me pongo un pijama que cogí de uno de los cajones. La comida es deliciosa. De verdad no logro entender la suerte que tengo. Observo la fotografía de la credencial y descubro que el difunto se parecía mucho a mí. En el fondo siento tristeza por ese fulano.

Decido dormir. Sorpresivamente un frío espantoso congela mis entrañas. Una mano callosa metira el brazo.Es el centroamericano. ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Me siguió?

El individuo asegura que me mordió una serpiente coralillo mientras dormía. Froto mi cara para desperezarme. Noto que estoy tendido en la vastedad del desierto. Estoy en el limbo. Las aves flotan en el cielo como si fueran papalotes negros.  “No te puedo cargar, lo siento”, el tipo se lamenta, alza los hombros y toma la credencial que había quedado aprisionada entre mis dedos.

 Me abandona en la frontera que parte al cielo y al infierno de un hachazo. Intento moverme, no lo consigo. No le temo a la muerte, le temo al sufrimiento de mamá. En la tierra percibo la sombra alargada de mi acompañante que se aleja. Un cóndor se posa encima de mi pecho y lanza el primer picotazo contra mis labios. Ya no hay fuerzas para luchar. Bajo los párpados. Me arrojo al precipicio y regreso a casa.

Escritor mexicano, ganador del II Concurso Internacional de Cuentos online “Oscar Wilde”, organizado por Boukker. Primera entrega de una serie de cuentos y microrrelatos de autores independientes iberoamericanos que Correo Canadiense publicará semanalmente.