Carnitas

El pueblo era pobre y los alimentos de calidad estaban escaseando, así que la gente obesa estaba desapareciendo por falta de nutrientes, pero había un sitio donde vendían carne barata.

—Deme un kilo, por favor —dije.

—Un momento, señor —respondió el carnicero.

Entró a la bodega. Luego escuché que le murmuraba a alguien:

—El tipo que acaba de llegar por lo menos pesa ciento cincuenta kilos.

—¿Sí?

—Imagina lo que le podemos sacar.

—Hazte cargo de él, usa el cuchillo.

—¡Ustedes están asesinando a los gorditos! —grité—. ¡Por eso están desapareciendo del pueblo! ¡Los denunciaré!

Escapé del establecimiento, pero mi sobrepeso me hizo caer de panza sobre la acera.

—Será más fácil de lo que pensé —dijo el carnicero detrás de mí.

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