La Mano Derecha del Candidato

Servando Clemens (*)

El candidato a la alcaldía por el Partido Independiente Democrático ya tenía ganadas las elecciones, ya nadie podría alcanzarlo faltando tan sólo dos meses para las votaciones. Así que decidió ir en solitario a su casa de campo (tal como se lo recomendó su coordinador de campaña) a beber una copa, fumar un poco de hierba y dormir en una hamaca a la luz de la luna para relajar la mente y el cuerpo. Se puso ropa deportiva holgada, abrió la ventana para que ingresara el aire fresco que cruzaba los pinos, expulsó el humo lentamente y tomó un trago de vino tinto. Mientras admiraba las vacas que comían pasto, notó que una figurilla rechoncha salía del pozo.

—¿Qué carajos es eso? —dijo, escupiendo el vino por la ventana.

Aquel extraño ente se sentó en la orilla del pozo, cruzó las piernas y saludó con su pequeña mano al próximo presidente de la ciudad. El joven candidato dejó caer el porro al piso de madera, aplastó la brasa con la suela del zapato deportivo y se restregó los ojos con fuerza para desaparecer aquellas alucinaciones.

—¡Ah, caray, es un mapache!

El animal saltó del bordillo, puso las manos detrás de sus caderas, caminó a paso decidido hacia la casa y tocó la puerta.

—Esto no puede estar pasando.

El candidato tomó un cuchillo de la mesa y echó un ojo por la mirilla, pero claro, no pudo ver a nadie.

—¿No piensa abrir la puerta? —preguntó el mapache con voz chillona—. Tengo algo muy importante que comunicarle, es de vida o muerte.

—No debí fumar esa maldita cosa que me regaló Jaime.

—Vamos, déjeme entrar —dijo el cuadrúpedo, mirando un reloj de pulsera—. Tenemos poco tiempo.

—¿Qué deseas?

—Salvarle la vida y algo más.

—¿Cómo sé que puedo confiar en ti?

—Sé de buena fuente que el señor Jaime Aspe planea matarlo. De hecho, ya viene en camino un asesino.

El candidato abrió la puerta, el mapache se sacudió las patas en el felpudo, entró al recinto y se acomodó en uno de los sillones de la sala.

—Jaime Aspe es mi coordinador de campaña —dijo, escondiendo el cuchillo—. ¿Cómo puedo creerte?

—Revise su alacena, por favor. Ah, y guarde ese utensilio de cocina, podría cortarse un dedo.

—Oh, perdón.

El político se subió a un banco, buscó al fondo de la alacena y encontró varias bolsas que contenían polvo blanco e imaginó que era cocaína.

—¿Qué es esto?

—Le sembraron la evidencia, amigo mío, lo matarán a sangre fría, dirán que usted tenía nexos con la mafia local y su honorabilidad saldrá embarrada.

—¿Por qué harían algo así? Yo no tengo enemigos, todos me quieren, incluso mis adversarios políticos.

—Usted es un tipo carismático y preparado, eso nadie lo duda, pero peca de ingenuo y confiado.

—¿Quién querría hacerme daño?

—Su coordinador de campaña ya pactó con la gente del Partido Popular Revolucionario; a Jaime le ofrecieron un buen puesto en el ayuntamiento, un automóvil último modelo y mucho dinero por su cabeza.

El candidato sacó un par de cervezas del refrigerador y las destapó con un encendedor.

—¿Quieres una?

—Sí —dijo el mapache, tomando la botella con las dos manos.

—¿Y cómo sé que lo que me dices es verdad?

El mapache tomó un trago de cerveza, hizo un gesto de desespero y se arrellanó en el sillón.

—No lo sabrá hasta que el matón que contrató su coordinador entre por la puerta trasera que usted nunca arregló y le llene el cuerpo de plomo.

—Sé defenderme de los delincuentes, he tomado cursos de defensa personal.

—No se haga tonto —dijo el mapache—, no sabe pelear, no tiene armas y aunque las tuviera, no sabría cómo usarlas contra un profesional.

—No lo puedo creer —dijo, dándose un par de bofetadas.

—¿No puede creer que Jaime lo haya traicionado?

—No puede creer que un mapache me esté hablando.

El mapache volvió a verificar la hora.

—Ese asesino ya debe estar llegando. La información que le estoy ofreciendo es fidedigna, yo mismo he estado investigando a ese traidor. Yo nunca confié en ese lameculos.

—Yo creo que estoy alucinando por el cansancio y…

Una camioneta con las luces apagadas entró al estacionamiento.

—Enciérrese en el baño, ponga seguro y no salga a menos que yo se lo indique.

—Pero…

El mapache tomó el cuchillo que había dejado el candidato encima de la mesa, apagó las luces y se escondió detrás de un jarrón.

—¡Hágame caso si quiere seguir con vida!

Al político no le quedó otra opción y se metió al baño.

—Señor —dijo el matón, cortando cartucho—, tengo un mensaje que darle por parte del señor Jaime Aspe.

Se escuchó un grito de horror, quejidos y luego el sonido de un bulto pesado al caer.

—Ya puede salir de su escondite —dijo el mapache mientras se lavaba las manos y el cuchillo con el agua del grifo.

El político salió, encendió un foco y vio a un robusto hombre de cabeza rapada que yacía en el suelo con varias cuchilladas en las piernas y en el tórax.

—¿Qué hiciste con ese hombre?

El mapache bajó del lavatrastos, secó sus manos con una toalla y dijo:

—Le quité una piedra del camino.

—Gracias, pero ¿por qué me ayudas?

—Porque quiero que usted sea alcalde y que me apoye en algo.

—Dime, ¿qué deseas?

—Deseo que me deje vivir en esta casa de manera formal y que todos los fines de semana me traiga mucha comida, cigarrillos y bebida para mí y para mis amigos. Ya me harté de vivir en las profundidades del pozo y de comer basura de la calle.

El hombre miró los pelos de mapache que estaban pegados a los sillones y al tapete de oso.

—Por lo que veo, ya tienes tiempo viviendo en esta casa y consumiendo mis alimentos.

—Correcto, señor, pero ya no pretendo esconderme de nadie y mucho menos buscar sobras en el refrigerador.

El mapache tomó la pistola que estaba en la mano del asesino y la inspeccionó.

—Oye, ¿qué haces con eso?

—El trabajo aún no termina aquí, señor candidato. Tenemos que acabar con su coordinador de campaña y con sus demás enemigos.

—¿Harías eso por mí?

—En efecto —dijo el mapache—. Yo le puedo ser de mucha utilidad. Nadie sospechará de un inocente y escurridizo animalito. Yo poseo habilidades especiales: puedo entrar a todas partes, soy rápido, puedo escuchar todo, soy inteligente, soy un gran peleador y sé usar todo tipo de armas. Yo quiero ser su colaborador de confianza y el jefe de su cuerpo de seguridad.

—Creo que es justo y necesario. Te lo ganaste a pulso, camarada.

—Pero también quiero un sueldo fijo, prestaciones por encima de la ley y quiero acompañarlo a todas partes; por supuesto, sólo será con el objetivo de protegerlo y de aconsejarlo en todo momento.

El candidato se sentó en el suelo, sacó un cigarrillo y se lo colocó en la boca.

—Tenga, jefe —el mapache le ofreció una caja de cerillos.

—Gracias —lo encendió y dio una larga calada—. Ahora tendremos que desaparecer ese cadáver.

—No se preocupe, jefe —dijo el mapache, chifló y cinco mapaches entraron por una ventana—. Mis colegas se harán cargo de ese asunto.

—Esto es una locura.

El candidato le pasó el cigarro a su nuevo colaborador.

—Vaya a su casa con su familia y descanse —sugirió el mapache, dando una fumada—, aquí mis amigos tienen que limpiar toda esa sangre y sepultar un enorme cadáver.

—¿Seguro?

—Sí, jefe —dijo, levantando la pistola—. Yo me haré cargo de Jaime Aspe… Todos pensarán que fue un asalto y ese Judas será el nuevo mártir de su campaña política.

—De ahora en adelante serás mi hombre… o animal de confianza —dijo el candidato, estrechando la mano del mapache—. Te lo ganaste a pulso.

—Ahora váyase y duerma.

—Sí, iré a casa. Necesito el cariño sincero de mi amada esposa.

—Vaya tranquilo, después hablaremos de esa mujer…

—¿Qué? Dímelo ahora.

—Lo siento, jefe, no puedo revelar los secretos íntimos de su señora en este momento, sólo le puedo decir que usted estará más feliz cuando se entere de la trágica muerte de Jaime Aspe.

—Maldita perra… Con mi mejor amigo.

—Tranquilo, guarde la compostura. Por lo pronto necesitará a una primera dama, después nos encargaremos de ella y haremos que todo parezca un lamentable accidente. Yo mismo le ayudaré a buscar una nueva compañera.

—Pero…

—Usted confíe en mí y llegaremos lejos.

—Gracias por todo.

El candidato salió de la casa mientras los cinco mapaches sacaban el cadáver de la casa de campo.

—Usted y yo nos encargaremos de limpiar esta putrefacta ciudad, ¿verdad que sí, jefe? —lo dijo casi como una orden.

—Así es, trataremos de hacer un buen trabajo —respondió el candidato como un niño regañado.

(*) Escritor mexicano, ganador del II Concurso Internacional de Cuentos online “Oscar Wilde”, organizado por Boukker. Primera entrega de una serie de cuentos y microrrelatos de autores independientes iberoamericanos que Correo Canadiense publicará semanalmente.