El matador

La multitud se puso de pie en las gradas de la plaza. ¡Viva! ¡Esto es arte! El toro resoplaba, mientras que de su hocico manaba una mezcolanza de baba, sangre y agonía. Las banderillas clavadas en el lomo le menguaban las fuerzas; lo torturaban.

El demonio vestido de luces, elevó la espada, corrió hacia el astado y lo atravesó.

La afición quería sacar a hombros al matador. No se fijaron que un cuerno se había ensartado en el pecho del torero. El dolor de ambos era indescriptible.

El hombre no quería morir. El animal tampoco.

Los dos sucumbieron con el corazón destrozado.