Políticamente correcto hasta el final

El maquillista pasó el lápiz delineador por la ceja del hombre y dibujó un arco perfecto.

—Coloca más polvo en mis mejillas.

—Lo que usted diga.

—¡Maravilloso! —dijo el cliente, sosteniendo el espejo—. No se percibe el agujero de bala en mi frente.

—Es un honor trabajar para el presidente de la nación.

—Ya dejé de ser presidente.

—Oh, cierto.

—¿No me tienes miedo?

—No, señor. Llevo más de veinte años preparando cadáveres y de vez en cuando converso con uno que otro.

—Endereza mi nariz, muchacho. No quiero que mis enemigos políticos me vean derrotado dentro de mi ataúd.