Competencia desleal

La tan esperada competencia no había defraudado a los asistentes. Desde el momento de la partida la emoción fue en aumento. En los tramos finales, la cerrada pugna por cruzar la línea de sentencia en el primer puesto hizo delirar a quienes presenciaban el espectáculo. Al terminar la carrera no pocas personas fueron atendidas por los servicios de emergencia, debido al nivel de euforia alcanzado.

La espera por la fotografía que develaría el ganador mantuvo en tensión a los presentes, pues seis de los siete competidores estaban comprometidos en el ajustado final.

Un único grito, que brotó de miles de gargantas, acompañó la publicación del orden de llegada: Pegaso había obtenido el triunfo por mínima ventaja.

Minutos después se anunció por los parlantes que los jueces de la prueba, abierta a competidores de todo el mundo y dotada de un premio fabuloso, habían descalificado a varios participantes: al que traspasó la meta en ganancia por tener alas, que plegó estratégicamente y disimuló debajo de la gualdrapa. A Sleipner, el potro gris que lo escoltó, por poseer ocho patas, que disfrazó uniéndolas a pares pero que no dejó de utilizar durante la justa. A Lampo y Faetón por descargar durante la carrera un humo negro y espeso a través de sus fosas nasales, lo que perjudicó ostensiblemente a sus rivales. Y por último a Janto y Balio, que ocuparon la quinta y sexta posición, por descubrirse en el análisis hematológico que tenían el don de la inmortalidad.

Luego de aclararse la confusa situación, el vencedor oficial fue un ejemplar de poca alzada y triste apariencia. Su nombre: Rocinante. El gran premio fue a alimentar los sueños de su propietario… por allá… por algún lugar de La Mancha.

Enamorado

—-¿Me olvidarás? —le pregunto.

—¡Jamás! —exclama.

—¿Me lo juras? —insisto.

—¿Por qué te iba a mentir? —contesta; dejando escapar a continuación una risa que me parece fuera de lugar.

—Pues, porque no te creo. No tengo suerte en el amor. Pero te confieso que aunque nos estamos conociendo, ya estoy enamorado de ti como un tonto.

—¿Y a qué viene esa falta de seguridad y ese pesimismo? Tú también me has impresionado. ¿No piensas que puedo sentir lo mismo que sientes por mí? —dice con voz melosa.

Me siento estremecer. Como por arte de magia mi insoportable timidez hace acto de presencia y los nervios que permanentemente la acompañan atenazan mi lengua. El tiempo pasa y la aprehensión, que aumenta con el silencio,  bloquea mi mente e impide que surjan nuevos temas de conversación. Tomo una decisión.

—Bueno, es hora de despedirnos, tengo cosas que hacer. Chao —digo apresurado y cuelgo la bocina.

Paso varios minutos con los ojos cerrados, respirando agitadamente… intentando recuperar la perdida compostura. Al lograrlo, tomo la revista que reposa sobre mis piernas y me deleito con las fotografías de las espléndidas mujeres que se muestran con escasa o ninguna ropa. Una opulenta rubia enciende mi imaginación. Comienzo a marcar el número telefónico que promociona… doy inicio a una nueva aventura.

Renacer

Enigmas, jeroglíficos, caos flotante… indescifrable.

El embeleso ante la danza del humo que emana del hornillo de su pipa, lo transporta a un mundo de ensueño que visita a diario, después de la cena.

Aquel olor achocolatado, dulce, exquisito, que proviene de la mezcla de picaduras cuya combinación tardó años en depurar, cala su ser.

Momento que no tiene parangón. Lo máximo.

Es el tiempo del disfrute, del placer… siempre tan corto; como los momentos remanentes de su existencia.

Está decidido a hacerlo; no sólo por los problemas financieros que enfrenta, sino también por el trauma familiar que atraviesa: la reciente muerte de su compañera por más de treinta años, la lejanía de sus hijos, que partieron en la búsqueda de un mejor porvenir,  y por la soledad, la peor de las enfermedades.

Muy despacio toma la pipa con la mano izquierda; agarra el arma en la diestra y la coloca en posición, apuntando a su sien.

Una corriente de aire insignificante, bondadosa, dirigida por la providencia. Un aroma envuelto en humo que procede de la pipa y acaricia las terminaciones nerviosas de su nariz. Una sacudida emocional; una reacción a tiempo… “no estoy solo: mis hijos aún están, mi pipa está, mi placer diario es una realidad”.

Cierra los ojos, baja el arma. Sigue viviendo.

Luis Gutiérrez González
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Luis Enrique Gutiérrez González, venezolano, nacido en Caracas el 18 de enero de 1952. Licenciado en Computación, Universidad Central de Venezuela. Escribió la novela “Venganza por cuotas”, y algo más de sesenta relatos.