Los indicadores de mortalidad infantil de Cuba están retrocediendo a las estadísticas de más de treinta años atrás. A inicios de la década de 1990 fallecían en el país alrededor de 10 niños cada un millar. Antes que iniciara un nuevo siglo, el índice se redujo a seis defunciones, año tras año, en medio de una crisis económica que pasó a la historia como Periodo Especial. En los primeros dos decenios de esta centuria se registró una estabilidad que hacía oscilar el sentimiento de pérdida tan solo entre cuatro o cinco familias de mil que veían crecer una nueva generación en su hogar.
Sin embargo, en el último quinquenio el aumento es sostenido, más allá incluso de los años de crisis sanitaria de Covid19. En reciente entrevista, el presidente Miguel Díaz Canel Bermúdez fijó el número “en niveles de décimas por encima de nueve” y señaló “el impacto criminal del bloqueo” que arrecia Estados Unidos contra Cuba como la causa. Una política que hasta en cifras parece más mortífera que una pandemia.
Los números, aunque grafican una alarmante realidad, distan mucho de expresar el dolor de una pérdida cuando apenas la vida comienza.
Pero hay otros datos. Naciones Unidas los ha subrayado con preocupación: 12.000 intervenciones pediátricas están retrasadas y las tasas de supervivencia de los niños con cáncer han caído del 85 al 65 por ciento.
Aunque los programas de atención a niños con cáncer que Cuba aplica pueden considerarse como efectivos, hoy están debilitados por la carencia de medicamentos y otros insumos y, por lo tanto, la sobrevida de esos pequeños, disminuye.
Al mismo tiempo, también es la población menor de 16 años la que padece con mayor crudeza los efectos sobre la salud mental. De acuerdo con análisis del organismo internacional, la privación prolongada —sin electricidad, sin agua y sin seguridad alimentaria— genera angustia psicológica y agotamiento, especialmente entre los niños, los ancianos y las personas cuidadoras.
En una comparecencia televisada esta semana en cadena nacional, la viceministra de Salud Pública, Dra. Carilda Peña García, comentó que entre marzo de 2024 y febrero de 2025 las pérdidas económicas del sector superaron los 288 millones de dólares.
Entre los múltiples impactos, la funcionaria alertó sobre los riesgos que enfrenta el programa nacional de inmunización, considerado uno de los principales logros de la salud pública cubana.
A través de la vacunación sistemática que comienza poco después de nacer, el país logró eliminar o mantener bajo control numerosas enfermedades transmisibles. Ahora las restricciones derivadas del bloqueo dificultan cada vez más la adquisición de materias primas, equipamiento y recursos financieros necesarios para sostener la producción nacional de los inmunógenos.
“Para producir en Cuba hay que tener materia prima. Para producir en Cuba la industria tiene que tener energía, tiene que tener agua y tiene que tener trabajadores”, señaló.
A la par se obstaculizan las vías para realizar pagos internacionales y se refuerzan las presiones sobre proveedores y entidades financieras que intervienen en el proceso para la adquisición de insumos.
Las limitaciones económicas también impactan en la red de instituciones sociales bajo responsabilidad del Ministerio de Salud Pública para asegurar el nacimiento y crecimiento sano de los bebés y el bienestar de las madres. En los llamados hogares maternos, donde son atendidas día y noche y en muchos casos por largos periodos de tiempo, las mujeres embarazadas, existen dificultades para garantizar los requerimientos nutricionales de las gestantes, comentó Peña García.
De otra parte, cuenta además el peso de este escenario sobre los profesionales de la salud. Con claridad lo describió al medio español elDiario.es el mandatario cubano.
“Nuestros médicos, nuestro personal de enfermería, nuestro personal paramédico llega por las mañanas a cumplir con su deber humanitario ante sus pacientes, tal vez habiendo tenido una noche de muy mal dormir por los apagones o porque si por la madrugada en sus casas hubo energía era el momento que tenían que aprovechar para hacer todo lo que tienen acumulado en la casa; que les cuesta trabajo moverse en transporte, porque también el transporte público está limitado por la falta de combustible.”
Esta situación humanitaria en un país que por décadas mostró indicadores de salud del llamado “primer mundo”, ha encontrado ecos de denuncia hasta en medios de prensa que usualmente mantienen una línea de contenido crítica hacia el gobierno cubano.
El canciller del país caribeño, Bruno Rodríguez, lo resumió en su perfil de redes sociales: “Las niñas y niños cubanos son víctimas directas de la codicia, la asfixia económica y la agresión estadounidense. El cerco petrolero y el recrudecimiento extremo del bloqueo que EE.UU. aplica contra Cuba constituyen un cruel e indiscriminado castigo colectivo que provoca muertes en nuestro país, principalmente de infantes”.
“Dejen a los niños cubanos vivir y crecer en paz”, exigió el diplomático en medio de las constantes amenazas de intervención de la administración de Estados Unidos que insiste en señalar solo al gobierno cubano como diana de sus sanciones.
















