Hubiera podido ser campeón del mundo en cualquier otro escenario que no los enfrentara a España. Pero la historia, caprichosa, puso a Francia frente al único rival que sabe cómo ganarle, desnudarle sus carencias y convertir su poderío en una estatua de sal.
En la semifinal del Mundial, la Roja venció (2-0) y dictó una lección de fútbol que dejó a los Bleus a merced de su propio respeto y a la telaraña roja que tejió desde el primer minuto.
Francia respetó demasiado. Esperó a que España jugara, renunció a presionar arriba como hizo con Marruecos, y se replegó en un bloque que pronto se convirtió en jaula.
Rabiot y Tchouameni, los líderes del mediocampo galo, se descolgaron de los de adelante y se juntaron más a los centrales o corrieron una y otra vez a las bandas en auxilio de Digne y Koundé. Nulos en salida.
Enfrente aparecieron Rodri, Dani Olmo y Fabián Ruiz, que se los comieron congelados. El trivote español no solo les ganó en la pelea, sino en la cabeza: cada balón recuperado era un pase al espacio que invitaba a la cautela del rival. Rodri se multiplicó quitando balones en la medular, ganando duelos y repartiendo el juego: hizo los méritos para ganar ese Balón de Oro que ya tiene en su vitrina.
A los 20 minutos, un penal infantil de Digne a Lamine Yamal –el jovencito del Barcelona lo fabricó con astucia, adelantándose para recibir la patada flagrante– coronó la insistencia de la Roja. Lo transformó Oyarzabal con una ejecución perfecta.
El 1-0 pudo tornarse punto de partida para la reacción francesa, pero en el camino encontró otro infortunio, la lesión de Saliba, que afortunadamente no tuvo mayor repercusión gracias al buen trabajo de su sustituto Lacroix. La pauta no cambió el guion: España ya había tomado el control con el toque, la pausa y la movilidad, un manual de su escuela que es un lastre para los contrarios.
Los que esperaban el despertar de Francia debieron conformarse con el vértigo de Mbappé, que enseñó más ganas que recursos ante la defensa roja. Olise desapareció, Dembelé –que alterna partidos excelentes con otros erráticos– estuvo a medio camino de lo segundo, aunque se apuntó en la corta lista de los salvables de su equipo.
La polémica de la titularidad de Barcola sobre Doué se diluyó, porque al segundo le tocó sustituir al primero y al final nadie notó el cambio. Cuando se esperaba que Barcola diera profundidad, se pegó a la banda donde Pedro Porro se lo comió.
¡Y qué partido de Porro! Y de Cucurella: si Francia parecía jugar con uno menos, era porque los laterales españoles encontraron una autopista para correr. Porro remató la excelencia con un gol de diez: toque de primeras de ese mago que es Dani Olmo y definición con frialdad, ajustada al poste para celebrar el 2-0 que hundió a Les Bleus en la desesperación a falta de media hora por jugar.
La Roja no se escondió. En lugar de pensar en cuidar la ventaja, las cuentas le dieron a su DT, Luis de la Fuente, que donde caben dos, quizá quepan tres. Pero el VAR, por centímetros, anuló el gol de Lamine que ya desplomaba a los franceses.
De los perdedores, lo esperado: Mbappé lo intentó con más determinación que acierto, mas la defensa española cerró filas de manera impecable, con la sexta ocasión de portería en cero para Unai Simón y la graduación de Pau Cubarsí como un grande a sus 19 años. España mandó a la poderosa Francia a jugar el partido de consolación, y se plantó como el primer finalista.
España espera con el mejor fútbol que se ha visto en este torneo, difícilmente puedan mejorar ese juego. ¡Qué maravilla!










