Argentina está en cuartos de final. Llegar hasta aquí significó un acto de resistencia, un alarde de saber sudar la camiseta y un acto de resurrección.
Aunque a algunos pudiera parecer un acto de fe confiar en su capacidad de continuar buscando el camino en la adversidad, es resiliencia y determinación, y hasta le caben otros adjetivos que se dicen más fácilmente cuando la cerveza seduce a la conciencia o cuando el delirio desborda al más ecuánime y reservado.
Por eso Argentina queda en muchos lugares, y el fútbol tiene esa capacidad de destilar el chovinismo y hacer que gente de cualquier parte bese su bandera, y arrancan suspiros y lágrimas sin importar que apellido adorne el 10 de la camiseta: si Messi o Maradona.
Su paso por la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha sido como por un lodazal cualquiera en Villa Fiorito, mojado como una tarde de pesca del Trinche Carlovich que prefería el arrebol que el doble caño, roto como la camiseta de Messi de tanto jalón de los rivales: no hacen falta alfombras para soñar.
Primero Cabo Verde, un pequeño país que llegó a su primera Copa del Mundo con el hambre de los que no tienen nada que perder. Y vaya si la hicieron sufrir.
El gol de Messi a la media hora hacía pensar a muchos que sería cuestión de tiempo el trámite y resultó un ejercicio de pundonor, en el que Argentina, como casi siempre hacen los grandes, sobrevivió.
Y por eso tantos lugares se convierten en Argentina cuando juega la selección, por esa capacidad de perseverar y sobrevivir.
Y esa devoción que despierta la Albiceleste no entiende de fronteras. Llega a los rincones más insospechados del planeta. Y uno de ellos, tal vez el más inesperado, está en el Caribe: La Habana.
Muy lejos del sur, incluso lejos de las canchas estadounidenses, las camisetas albicelestes llenaron The Origen, un restaurante argentino recién inaugurado en el exclusivo barrio de Miramar, en la calle 3ra entre 24 y 26. Allí, cubanos y argentinos se fundieron en un solo grito, igualando diferencias con la mítica de un deporte que es mucho más que eso.
En la terraza, el frenesí del partido se vivió entre el aroma inconfundible del asado argentino, que se mezclaba con la brisa tropical y se celebró la victoria en sus salones con las notas de un vino Concreto, destilado de la uva Malbec que encontró en Mendoza su mejor casa y allí consiguió la delicadeza de Legrotaglie para cobrar de tiro libre, la contundencia de Artime para marcar un gol y la solidez de Funes Mori para hacer campeón a River.
The Origen se convirtió en el Obelisco antes de que bajaran las pasiones, luego en un sitio de reposado disfrute, que duró poco, porque cuando Argentina juega no hay sociego sino zozobra y furor.
Quedó evidenciado en el partido de octavos de final ante Egipto, con otro guión no apto para ecuánimes, Argentina volvió a hacer su acto de prestidigitación que encanta al final y provoca una turba de sentimientos saliendo de golpe, sin orden ni compostura.
La tarde se nubló para sus parciales con los goles de Egipto, llegaron la angustia y el vértigo con el penal errado por Messi y el equipo volcado ataque, sin cuidado de la retaguardia, sin argumentos para acusar la más mínima ausencia del denuedo. Argentina perdía y el mundo se derrumbaba.
Pero no hace falta mucho más de diez minutos para la resurrección, no si tienes a Messi de tu lado, que convierte en récord cada balón que golpea hacia la red, sabe que allí vive la inmortalidad, y en una Copa del Mundo, o en dos, o en cuatro.
Y se hizo el milagro: Cristian “Cuti” Romero descontó, Leo, como en las películas, consiguió el empate -que es la vida-, y Enzo Fernández desató la locura con el gol de la remontada. En muchos sitios seguirán apasionándose con Argentina que se multiplica por el mundo cuando juega, en un restaurante, en un bar o en una plaza; con Argentina que está en cuartos; con Argentina, que está viva.












