
Ninguno de los dos quería jugar ese, lo dijeron sin pudor a la prensa y lo enseñaron luego en el campo: un duelo de gigantes con resaca, en el que el peso de las expectativas aplastaba más que la propia gloria. Ganar el tercer lugar significaba apenas consuelo.
Se notó en los banquillos, donde los directores técnicos, Tuchel y Deschamps, dejaron a varios de sus principales estandartes en la banca, como si ambos hubieran firmado un pacto tácito para dosificar el orgullo y evitar el desgaste mediático. Pero el fútbol, caprichoso y salvaje, no entiende de pactos.
Francia salió notablemente afectada. El golpe psicológico de España le recordó su fragilidad a una selección hecha para ganar todo. Enfrente, Inglaterra también tenía apremios; el decepcionante performance ante Argentina les quemaba en la piel, y necesitaban mostrar una mejor cara o devorarían su propia presión.
Y vaya si la mostraron. Los ingleses sorprendieron a una selección francesa aturdida, que parecía jugar en cámara lenta. Al descanso, la pizarra reflejaba un inapelable 4-0. Quizá el marcador más desconcertante y embarazoso que los galos hayan sufrido jamás en una cita mundialista.
Al regresar del vestuario, el técnico francés metió cuatro cambios con el orgullo herido. Porque no querer jugar un partido no justifica permitirse una humillación. Les Bleus salieron a hacer la hombrada. En poco menos de lo que cualquiera imagina, habían conseguido tres goles que electrizaban el partido. Un doblete de Mbappé, que con esas dianas se convertía en el máximo anotador en la historia de los mundiales, encabezaba la rebelión.
Y pudo marcar varios más Francia, pero la mala puntería de Olise les dejaba cortos en el marcador; aunque, eso sí, le sobraba visión y creatividad para asistir, convirtiéndose en el máximo asistidor del torneo.
Los cambios transformaron a Francia, devolviéndoles la dignidad. Sin embargo, Deschamps cometió el error de mantener en el campo a Malo Gusto, que quedó en evidencia durante los 90 minutos de juego. No estaba a la altura. Y coronó su mala actuación con un penal cometido cuando su equipo soñaba, en su mejor momento. Ese latigazo apagó la ilusión de los suyos y sirvió para que Bukayo Saka marcara su tercer gol de la noche, el quinto para los ingleses.
Inmediatamente llegó el gol de Dembélé, el cuarto para Francia, una prueba de que se podía que ya no devolvía la esperanza, porque no existen los hubiese y ya el daño era irreversible.
Ante la impotencia de los franceses, que veían cómo se les escapaba la remontada, se inspiró Bellingham. El inglés se mandó un golazo imparable, el sexto, que puso el 6-4 definitivo en el marcador. Un partido que nadie quería jugar terminó en una avalancha de goles y más divertido de lo que algunos se atrevían a esperar.









