España ganó la final de la Copa Mundial de la FIFA casi sin oposición, pero sí con angustia y, sobre todo, muchísima brega sobre el césped del estadio de Nueva Jersey ante más de 80 mil espectadores.
La selección de Argentina no presentó oposición y ahí mismo decantó el destino de un equipo del que se esperaba mucho más, aunque el rival le permitiera mucho menos. Los hasta ese momento campeones del mundo no jugaron la final, quisieron destruirla y la sufrieron, se atrincheraron en su cancha como quien se refugia en una fortaleza que sabe inexpugnable, y olvidó que las fortalezas, cuando no tienen salidas, se convierten en cárceles.
El empate en 90 minutos no relató la superioridad sobre la cancha de uno frente al sometimiento del otro, y como este deporte va de goles hizo falta jugar más tiempo porque los españoles, que no dejaron de insistir, marcaron los mismos que los argentinos sin un solo disparo a puerta: ninguno.
Messi aparecía anunciado en la nómina titular, pero no se le veía en el campo, andaba por el césped, desconectado de un equipo rácano y rocoso, que no sabía qué hacer con la pelota, ni la quería. Y era predecible, porque un poeta deja de escribir versos si se le pide que cabe un túnel.
Argentina cayó en la telaraña de España, se enredó y se asfixió esperando acaso un milagro. Con la seda que sobró, la Roja se bordó otra estrella en la camiseta.
También se esperaba la reacción de Scaloni, pero el hecho de que Argentina pareciera una banda de cancheros derivaba de una propuesta más que de un argumento circunstancial, no era una obligación del contexto, sino la orden. La encomienda de anular secuestró el acto de proponer.
Por eso los parciales de la Albiceleste acusaron desesperación en ausencia de un tirón anímico y futbolístico después de la pausa de hidratación, y algo peor: el equipo parecía conforme cuando se fue al descanso sin saber cómo iba vestido el portero español.
Nada cambió en la segunda mitad, porque retomaron todo donde y como lo dejaron. Nadie se hubiera enterado de que el partido paró si no por el espectáculo kitsch del medio tiempo que se inventaron como el enésimo intento de agringar al fútbol y porque hasta desesperó que el performance hortero y superficial durara casi media hora, el doble del tiempo máximo estipulado para el descanso.
España salió otra vez a lo suyo, cercar por los flancos y tirar por el frente, y tuvo de todo en el ataque menos pólvora, y cuando salió algo bueno como en los disparos de Lamine, Ferrán y Cubarsí apareció el portero Emiliano Martínez, quien sostenía a una Argentina que sufrió con los pies y aguantó con sus manos.
Los suramericanos hubieran celebrado la llegada de la prórroga si no fuera porque a Enzo Fernández le sobraron gramos de adrenalina y fue expulsado por doble amarilla en el agregado del segundo período. La entrada a destiempo guardaba a partes iguales dosis de desesperación y ese intento de colarle anexos al reglamento para hacer del juego físico un aliado. No le salió bien, como a MacAllister y a Paredes, sobre todo porque el jovencito Cubarsí no se asustó con la entrada, como no lo hizo cuando tuvo que marcar a Messi y a Julián Álvarez.
Y en los tiempos extras más de lo mismo, hasta que Ferrán aprovechó el viaje a ninguna parte del Dibu en un centro pasado de Pedro Porro que devolvió Nico Williams al área de cabeza. El extremo del Athletic Club de Bilbao la dejó picando para el delantero del Barcelona ante Martínez, que nunca decidió si ir por el balón en el aire o quedarse bajo palos a cuidar la puerta y no hizo ninguna de las dos, y en su ausencia el Tiburón soltó un zurdazo violento que desató la algarabía.
La celebración destiló la angustia de 106 minutos de intentar y no poder, y entonces Argentina quiso resolver con épica lo que no buscó en partido y medio con fútbol, pero no le alcanzó con el único disparo de todo el encuentro, en el agregado de los 120, de Giuliano Simeone, que había dejado su puesto en el once titular a Rodrigo de Poul, quien alcanzó a ver el partido desde el césped, y nada más.
Hubiera sido el empate más injusto del fútbol, sobre todo porque Argentina pagaría lo mismo para llegar a los penales que España por evitarlos, y con tan poco no alcanzó para retener la corona de campeones.
España se llevó el premio gordo y unos cuantos de los pequeños, porque Rodri ganó el galardón a mejor jugador del mundial; Unai Simón, el Guante de Oro como mejor portero, con un solo gol permitido en todo el torneo; Cubarsí, el mejor jugador joven. Casi monopolizan los reconocimientos sino por la Bota de Oro que ganó Mbappé con 10 goles.
La Roja cocinó el título como había hecho con sus rivales uno tras otro: inobjetablemente. A nadie se le ocurriría decir que es un honor perder así, porque la derrota no debe conformar. Sin embargo, los argentinos merecen todo el mérito de llegar y estar. Aunque no encuentren consuelo, perdieron ante la España más eficaz de la historia. La España campeona del mundo.

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